domingo, 3 de agosto de 2014

DE LA PROXIMIDAD DEL OSCURANTISMO

“No tenemos que ver la obra: esta existe si creemos en lo que ya han escrito sobre ella.” 
Avelina Lésper
     
La palabra es poder y ese poder puede ser para ilustrar o para engañar. Cuando es para engañar, la palabra se manifiesta en discursos que contradicen la naturaleza misma del objeto o la situación a la cual se refieren. Es paradójico, pero en lo que va del siglo XXI, el siglo de la informática y del mayor desarrollo científico de la historia humana, la demagogia está ganando campo a punta de peroratas que reniegan de los hechos y de la obvia evidencia.
Y eso es un problema. No sólo es un atentado contra la ciencia, también lo es contra el arte. ¿Por qué? Porque, bajo estos parámetros, la obra de arte es definida y esquematizada, no por sus logros estéticos, sino por preconceptos ideológicos o, peor, caprichosos de quienes ostentan el poder que la palabra les dio. A ratos pienso que incluso es un atentado contra la democracia, dado que definir algo arbitrariamente, aspirando a no permitir otros significados, es evitar los cuestionamientos, la disensión. Y eso me suena a fascismo.
La obra que no puede serlo sin la verborrea del discursante autoproclamado dictador del arte, no es más que un objeto disfrazado de lucidez, pero vacío de creatividad. El autor de dicha obra rehuirá al pensador crítico y únicamente aceptará que su obra sea interpretada por iniciados capaces de comprender su mensaje. El autor de una obra así, podrá gozar de las mieles del éxito, pero pobre de él sino no comprende a tiempo que su arte no es su arte, sino el arte de quien es experto en convertir la confusión en verdad indiscutible. La criatura, en este caso el supuesto creador de la obra artística, le pertenece a su creador, el dictador del arte.
¿Estaremos viviendo tiempos donde la obra de arte existe para sostener dogmas y no para el arte mismo? Si es así. ¿Estaremos viviendo tiempos de oscurantismo?
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