domingo, 31 de octubre de 2010

DE LAS COSAS IMPORTANTES

“Salir a pasear con mi perro, es mi excusa para no contestar el teléfono.”

Pat Alvarado


¿Qué? ¿No es una irresponsabilidad no contestar el teléfono? ¿Qué de provechoso puede haber en salir a pasear con una mascota? ¡No hay disculpa para no cumplir con el deber! Pero, ¿de qué obligación estamos hablando?


A veces tengo la impresión de que en nombre de los compromisos, olvidamos el primer compromiso: tener tiempo para uno mismo. Es más, sacar tiempo para uno mismo es hasta visto como pecaminoso egoísmo. Pero ¿la cosa no es amar al otro como a uno mismo?


Definitivo, somos extremistas. O nos olvidamos de los otros, o nos olvidamos de nosotros. ¿Será posible el equilibrio? ¿Cómo lograrlo? La verdad, no tengo idea. Mejor dicho, no estoy del todo seguro del como me resolví el asunto: cuando necesito estar solo, me aíslo; cuando necesito compañía, la busco. Pero, siempre hay un pero, eso significa que cuando el otro necesite estar solo y corra a aislarse, no tengo derecho ni de enojarme ni de recriminarle; que cuando me necesite, debo recibirlo y cuando prefiera simplemente la compañía de otros y no la mía, debo respetarlo. No me es fácil aceptar que los otros también pueden aplicar una estrategia semejante a la mía.


Si uno aprende a no ser extremista, a ser ecuánime, es más sencillo comprender que cada uno debe tener su espacio, sin que ello signifique ser defensor del egoísmo o de la anulación personal. La compañía humana es bella, pero también es hermoso tener tiempo para gozar de la propia compañía. ¡Del ser amigo de uno mismo!


No somos islas, tampoco eslabones de una cadena de hierro. Somos seres humanos. En lo personal pienso que el tiempo es una apreciada riqueza y que él, el tiempo, es más valioso si se cuenta con la mejor amistad, sea la de los compañeros o la de uno mismo, en el momento más conveniente.

domingo, 24 de octubre de 2010

20 AÑOS SON UN MONTÓN DE INSTANTES

Clausura del Festival en el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz

“Busquen en la crítica la solución. No el conflicto.”
Henrie Petrie


Hace más de treinta años (1974), en un salón de clases del colegio donde ahora laboro, atrapado entre la angustia de ser adolescente y las clases de una profesora de español que parecía poseer una férrea vocación de terrorista, tuve el primer aviso de que algún día sería escritor. Para escapar de eso que semejaba ser una celda en la mismísima base de Guantánamo, imaginé la trama de un cuento. Pero lo escribí muchos años después, cuando no tenía duda de lo que soy, un escritor. Pero no todo fue terrorismo, en otras aulas (1978) me topé con Machado cantado por Serrat y escribí mi primer texto. Durante mi vida universitaria (la década de los 80), seguí escribiendo a tientas, como por instinto. En julio de 1990, a pocos meses de la invasión a Panamá, a pocas semanas del retiro de las tropas invasoras de las calles panameñas, mi madre leyó en LA PRENSA que el INAC iba a dictar un SEMINARIO TALLER DE CREACIÓN LITERARIA, supongo que ella sabría que significaría esa actividad en mi vida y por eso me lo comunicó, yo no tenía idea de que era eso de un taller literario, para mí taller era el lugar donde se arreglan carros. Lo que sí supe enseguida, es que ese taller era mi Rubicón. Y lo crucé para nunca más mirar atrás. Allí nací como escritor. Hoy celebro 20 años de ser escritor y soy un hombre feliz. No escribo para cambiar al mundo, sino para evolucionar y ser feliz. No para ser aplaudido, sino para verme y ser feliz. No para llegar a la cima, sino para ser exclusivamente David. Pero no puedo ser feliz y guardar silencio en este mundo que está mal. Y no está bien porque la injusticia reina sobre nosotros, pero es la idiotez la que nos convierte en cómplices de nuestra explotación. Por eso estoy en guerra, y voy a seguir en guerra. Esta guerra me hace muy feliz. Sé que la voy a perder. No me importa.

domingo, 17 de octubre de 2010

DE PERIPECIAS Y DEFINICIONES

Amelia Denis escucha a Magdalena Camargo leer a Chuchu Martínez

“Viajar, o lo que es lo mismo, salir de nuestro entorno, supone dimensionar la realidad, ajustarla a sus proporciones, comprenderla en su diversidad.”
Cristina Castillo Martínez


Durante nueve de los últimos diez años, he dedicado parte de mis vacaciones de verano a recorrer la región centroamericana. Si mis cálculos no fallan he estado sentado en un bus, un auto, taxi, avión o tuc-tuc (taxi motorizado) unas 865 horas, es decir, poquito más de 36 días. Un mes y días de mi vida. He estado entre Ipetí Emberá en Panamá y Tecum Uman en Guatemala. He soportado temperaturas entre menos siete centígrados y cuarenta y uno grados. Si no me equivoco he recorrido unos 51, 900 kilómetros. Mido 1, 87 metros y no estoy hecho de hule, así que tanto trajín no me es muy cómodo que digamos. Después de cada viaje, mis músculos demoran un par de días en regresar a la normalidad, o sea, en desenrollarse. Después de cada viaje, me siento obligado a preguntarme: ¿Y tanto esfuerzo para qué?


Sí, ¿para qué? ¿Para enfermarme de neumonía o de gastroenteritis? ¿Para lidiar con los desamables oficiales de aduanas? Esos que tratan a los escritores como a traficantes de marcianos. Los de migración nada más lo tratan a uno como a marciano. Pues sí, ¿para qué tanto viaje afanado?


En una de esas vueltas, en un festival de poesía, compartí la mesa con Eyra, Moisés, Érica y Marvin. En la conversa a Érica se le ocurrió preguntar que era la poesía para cada uno; respondimos que la poesía era soledad, libertad y hasta angustia. Pero la respuesta de Marvin me quedó dando vueltas en el cerebro: poesía es amistad.


Poesía. Amistad. Al reflexionar la marvelada, fui cayendo en cuenta sobre cual es la razón profunda por la cual soporto el maltrato de un viaje tan…maltratador. No viajo ni por fama ni por fortuna, ni para conocer famosos ni afortunados: viajo para visitar a mis amigos. ¿Puede haber una mejor razón?

domingo, 10 de octubre de 2010

ES MÁS FÁCIL CREER

Los poetas en el Colegio Elena Ch. de Pinate

“No se trata de buscar nuevas soluciones, sino de plantear nuevas preguntas.”
Alberto Einstein


Prefiero vivir que creer. Prefiero vivir en justicia que creer en la justicia, por ejemplo. Eso me ha ayudado a comprender mejor la vida. Y a mis congéneres. Y a mí mismo. Una cosa es la justicia dentro de un discurso y otra, aplicarla. ¿Qué tan sencillo es dar a cada quien lo que corresponde cuando a un hijo no le corresponde nada? No sé. Lo que sí sé es que vivir situaciones específicas donde hay que aplicar la justicia, me ha servido para dejar de ser un tipo rígido y de conceptos cuadrados.


Quizás por esa experiencia es que soy muy sensible al incremento de creencias que está sufriendo la población. Miren que hablo de creencias, no de fe. Cada vez más seguido me encuentro con personas aferradas a credos de todo tipo, credos que constantemente son desmentidos por la realidad y que fuerzan a sus adeptos a convertirse en férreos dogmáticos. ¡Fanáticos limpios!


No sólo he observado el repunte de las tradicionales creencias religiosas y políticas (de izquierdas y derechas), también de otras determinadas por el mercado, por ejemplo, las ventas multinivel que afirman que todo el que se suscriba en tal compañía para vender tal producto, irremediablemente se convertirá en un millonario.


Hay que creer en algo, hay que creer, me dicen muchos amigos, pero ¿por qué? Pienso que cada vez más personas están dispuestas a creer en lo que sea, porque así es más fácil escapar de lo incierto de la vida. Pero ocurre que la vida es incierta. Que no existen las recetas salvadoras. Que cada mañana hay que despertarse, salir de la cama y enfrentar lo que nos trae la nueva jornada.


¿Hay que creer? ¿Para qué? La respuesta es tan antigua como la humanidad: para que los poderosos sigan teniendo poder en la sociedad. Resulta que siempre al final de una creencia, el creyente se somete y alguien se hace más poderoso.


En lo personal, a mí me ha ido muy bien con una vida llena de vivencias y escasa de creencias. Por ejemplo, más que creer en la amistad, convivo y me alegro de convivir con los valientes que osan ser mis amigos. En lo personal, creer me suena a buscar una seguridad donde no se encuentra.

domingo, 3 de octubre de 2010

EN ESTA ESQUINA LA INERCIA…

Los poetas César Zapata (Dominicana) e Isolda Hurtado (Nicaragua) en el Colegio Jeptha Duncan. Visita realizada en el marco del Festival de Poesía Ars Amandi-Panamá

“El verdadero creador es un creador de problemas”.
Antonio Machado


Si recuerdo bien las clases de física del profesor Torres Lanza en el colegio Remón Cantera, inercia es la propiedad de los cuerpos a no cambiar de estado; si se mueven, continúan en movimiento, si están en reposo, siguen quietos. Según el diccionario de la Real Academia, también significa rutina y desidia. Y esto último me suena a muerte en vida.


Mientras más detenidamente observemos a la naturaleza, más fácil nos daremos cuenta de que siempre está en movimiento y cambiando de tipo de movimiento. Hoy el árbol crece, mañana se reproduce, pasado sirve de abono a otros árboles. Me basta ver mi patio y ver la explosión de la vida.


Pero otra cosa es observar la sociedad en que vivimos. Nuestra sociedad, cuando se mueve, parece dirigirse al desastre y cuando no la hace, da la impresión de esperar pasivamente el hacha del verdugo. Por lo menos, esa es la impresión que queda después de ver las noticias en la televisión.


¿Será que todo es una exageración para vender sensacionalismo? Lamentablemente, no es así. La violencia y la corrupción están allí, creciendo, destruyéndonos. Pero la apatía crece y nos destruye tres veces más rápido. Vivimos con el corazón envuelto en un cartucho plástico, impermeable al dolor ajeno. ¡Y cómo sí eso no bastase! Nos comportamos como si nuestra alma estuviera atiborrada de barbitúricos que la anestesian y le impiden reaccionar ante el propio sufrimiento. ¿Cómo puede ocurrir eso? Antes, para explicarme esta situación, me contentaba únicamente con la siguiente afirmación: una sociedad insensible, sólo puede parir personas insensibles. Pero ya no me basta. Es que tantas veces he escuchado la frase: ocurre que no me quiero meter en problemas.


La apatía, la inercia, es cómoda. Pero, ¿cómo dejar crecer el mal social puede ser cómodo? De una enfermiza forma, asido de la mano de un espejismo. Si cierro los ojos, cuando los abra, a lo mejor ya se resolvió el problema. Ser invisible, ser inerte, es cómodo. ¿Y si un día abrimos los ojos y ya no hay problema porque ya no hay país que salvar?