domingo, 17 de junio de 2018

LO QUE DESCUBRO DE MI PADRE EN MÍ

“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”.
Pablo Neruda
Hoy día del padre me toca confesar, tarde por cierto, todo lo que he descubierto de Calox, mi padre, en mi actual personalidad. Para empezar, recuerdo que él se sentaba en una esquina del balcón de la casa a leer. Por la fuerza de la imitación comencé a leer los libros escolares, principalmente los de cuento. Años más tarde, cuando ya era un adulto, supe que lo que Calox leía era el programa de carrera de caballos. Pero yo ya estaba enganchado con la lectura.
Calox bailaba, cocinaba bailando, le gritaba a los perros bailando, caminaba al baño bailando y me imagino que seguía bailando bajo la ducha. Nunca me dio una lección, pero de tanto verlo bailar camino al baño bailando y sigo bailando bajo la ducha.
Nuestra relación durante décadas fue de lo peor. Por lo general, nuestras discusiones terminaban con este reclamo suyo: tú has pasado por la universidad, pero la universidad no pasó por ti. Hoy, viejo y pellejo, entiendo y comprendo. Y asumo. Los estudios, la cultura, los discursos son nada si no se encarnan en la vida, no la abstracta, sino la concreta, la diaria y cotidiana. La erudición es nada sin las mágicas palabras: por favor y gracias. Lo mínimo.
Guardó silencio sobre su enfermedad. Calló hasta que la tos hizo imposible ocultar su condición. Su mortal condición. Estuvo 28 días hospitalizado, o más bien, de vacaciones. Aprovechó para pedir la comida que le apetecía, para que las enfermeras lo mimasen con baños de esponja y agua tibia. Para decirnos, a mis hermanas y a mí, que si existía la tecnología y que si Dios quería se salvaba y que si no…y se encogía de hombros. Murió en casa. Sin lamentarse de nada. Enseñándonos, a mis hermanas y a mí, lo inútil del temor a la muerte. ¡Feliz día, Calox!