viernes, 3 de enero de 2014

RECONOCIMIENTO VERSUS TRASCENDENCIA

"La tontería se coloca siempre en primera fila para ser vista.”
Isabel de Rumania 
A partir del 14 de mayo del 2011 conscientemente, muy conscientemente y adrede, me he estado moviendo, literalmente hablando, hacia el margen del mundillo literario. Esa fue la conclusión casi que obligada de la reflexión de una serie de experiencias vividas a lo largo de los últimos años. Pienso que he entendido y comprendido eso de vanidad de vanidades
Mi formación universitaria es de biólogo y no en literatura; trabajo como docente de ciencias y no de español. Pero constaté que entre ambas ramas del conocimiento no hay incompatibilidad. Las palabras de la profesora Panchita de Sousa lo prueban: La biología estudia la vida, la literatura trata sobre la vida, ¿cómo puede haber contradicción?
Bien, el que no haya contradicción entre biología y literatura no significa que mis esquemas mentales estén entre los promediados en el mundillo literario. En mi horizonte no hay duendes, ni actos mágicos, ni soponcios líricos provocados por las musas, ni  vocecitas etéreas, ni personajes que toman el control y me dicen como va a quedar plasmado finalmente el cuento, mi cuento. En mi horizonte hay mucha, pero mucha observación, lo que no llego a observar, lo imagino; al final, ordeno de forma lógica, coherente, verosímil y bella lo que observé e imaginé. También lo que sentí.
Obviamente, en dicho ordenamiento influyen mis lecturas. En cierta ocasión el escritor Carlos Wynter hizo la diferencia entre lectura extensiva (leer en cantidad) y lectura intensiva (leer estudiando el texto). Soy un lector intensivo, por lo menos así me defino; ojalá esta definición no sea una solapada e inconsciente excusa para la pereza y la vagancia.
Me toma mucho tiempo ir del cabo al rabo de un libro. Cada página leída me despierta un montón de inquietudes que debo resolver antes de continuar. Ergo, mi acumulado de libros leídos no es tan basto como el de otros literatos. ¡Mea culpa! Sin embargo, cada uno de los libros que leo se convierte en parte de mi patrimonio existencial; cada uno de ellos soluciona algo en mi mundo interior.
Eso se lo aprendí al profesor Ricardo Segura. Según él, cada lectura debe resolver algo, claro que, primero tiene que provocar un problema. Por eso la lectura que no me problematiza para luego remediarme, la abandono. Tengo ese derecho, o mejor dicho, deber.
Cero y van dos: no creo en la magia de la inspiración y leo lentamente y reordenando mi cosmos íntimo. Por mi ignorancia aporto muy poco, literariamente hablando, en las conversaciones entre escritores; por mi ignorancia sólo me queda preguntar y preguntar. Pensándolo bien, cero y van tres: soy un incrédulo, soy un lerdo leyendo, soy un preguntón.
En ese proceso de lectura intensa, de lectura que incide en mi mundo interior, lecturas  de dramas humanos que enriquecen mi humanidad; en medio de esas lecturas, comencé a leer a mis demonios y a mis ángeles. Y eso me interesó más que el jueguito siempre trivial y a veces cruel de yo soy el poeta, tú no lo eres, yo soy el más grande cuentista, tú no lo eres.
Ni la religión, ni el deporte, ni las noches de bohemio y crápula, ni los aplausos me han dado la alegría que alcancé al seguir el consejo de Ricardo. Cuando escribo me siento como si fuese Shiva danzando, como un samurai cuya espada no es de acero sino de verbos. A mi voz, las palabras fluyen desde el rincón que habitan en mi alma, hasta la punta de mis dedos y de allí al teclado de la computadora. Cuando escribo termino el ciclo de apoderarme de mis lecturas. Y no sólo leo libros. Porque esa es la otra, leo lo que pasa a mi derredor. ¿Recuerdan que les dije que soy biólogo? Y los biólogos observan, observan mucho.
Al terminar de escribir un libro estoy consciente de todo el proceso ocurrido, al terminar de escribirlo domino o una técnica o una teoría literaria que antes no conocía; bien podría escribir 800 compendios semejantes al recién finalizado. Pero eso sería sumamente aburrido. Ahora, aclaro, eso no significa que lo escrito recibirá el reconocimiento de la crítica y del público. Crear un texto y lo que ocurra luego con dicho texto, son dos temas separados.
¿Cómo se mide comúnmente el éxito de los escritores? Ganando concursos y así  aparecer en la prensa y la televisión, vendiendo muchos libros, recibiendo críticas favorables de los especialistas, dictando conferencias y participando en recitales y otras danzas parecidas, publicando con grandes editoriales, recibiendo invitaciones a festivales y congresos y, por supuesto, asistiendo a ellos, y así codearse con la crema y nata del mundillo literario.
¡Y allí tuerce la puerca el rabo!
Conozco escritores que poseen todos los indicadores del éxito literario que mencioné. Sin embargo, caminan por la vida con una cara de hojaldre asoleado. En sus rostros tienen tatuada una gran letra efe, efe de frustración. Y eso me desencanta y me desencanta más cuando el del tatuaje de la gran efe de frustración soy yo. Vivir en el país de las muchas complicidades con la inequidad es suficiente para amargarle el día a cualquiera, no necesito a la literatura para ello. El teatrista Emilio Mojica decía que el montaje de una obra debía ser reconfortante, sino, ¿para que hacerlo? Trabajar tanto por recibir el reconocimiento anhelado, para no sentirse bien, no me parece sano.
Y esa tensión puede despertar sentimientos insalubres. La envidia y la frustración son gasolina de alto octanaje para las motocicletas de los demonios. Me cuido mucho de esas perjudiciales emociones, no digo que nunca las siento, sino que no permito que decidan por mí. Prefiero que quien decida sea la alegría nacida en mí por los éxitos de mis amigos, es una buena excusa para que se paguen las cervezas.
Hay algo peor, por lo menos para mí, que el  no recibir reconocimiento y es el lauro inmerecido. Personas que me elogiaron sin haber leído nunca una línea o verso de mis escritos. Personas que me prestigiaron para ellos prestigiarse. Hubo quien en público alabó mis novelas y yo nunca he intentado escribir una novela. Eso, definitivamente, no me agrada. Perdónenme la vanidad, pero el ser humano llamado David, es más importante que el escritor conocido como Róbinson. En el mundillo literario es tan grande la preocupación por estar en algo que queda olvidada la búsqueda de la trascendencia. 
Una vez tuve la  misma conversa con dos personas distintas, en momentos diferentes. Fue con dos buenas amigas. Érika Harris e Isabel Herrera de Taylor. Antes pensaba que si yo moría y era leído 20 años después de mi muerte, yo habría trascendido. Después de escuchar a mis amigas comprendí que dicha definición era una definición idiota. ¿Qué le puede importar a un muerto que sus libros sean o no leídos?
Ambas me dieron una definición de trascendencia que en verdad me iluminó el camino: trascender es evolucionar, que cada libro sea un aporte por lo menos a la literatura personal de cada escritor. Un aporte a algo transforma ese algo. Todo quedó muy claro.
Observación exhaustiva más lectura intensiva más exploración del mundo interior es igual a trascendencia. Adiós Apolo, bienvenido Dionisio: el poema no está en las palabras plasmadas en la hoja, sino en la vida del poeta. Ya lo dijo Nietzsche, es el fenómeno estético quien justifica la existencia y el mundo. Una vida vivida bellamente, una vida que es vivida dejando claro que no es lo bello, eso es la trascendencia.
No sé si me habré dado a entender. Voy a acompañar a mis amigos en la búsqueda de editoriales para que nos publiquen, participaré con ellos en concursos y otros certámenes, haremos juntos un que otro evento literario. Hasta voy a ir a los homenajes que alguno se invente a las novelas que nunca he escrito y que probablemente, por cuestiones de gusto personal,  nunca voy a escribir. Voy a acompañar a mis amigos. Simplemente, lo voy a hacer porque la literatura se me convirtió en amistad, conmigo y con ellos. Si dichas gestiones resultan, que bueno; si no resultan, que bueno. Aquí el proceso es lo importante.

Por eso tengo que moverme hacia el margen. La frivolidad de la pasarela es un fardo inútil, no me sirve para evolucionar y dejar clara mi prioridad: escribo para trascenderme y acompañar a los amigos; lo demás solamente es lo demás.