domingo, 20 de diciembre de 2009

ME ALEGRO DE VERTE VIVO




I
Recuerdo que mi hermana Dallys me despertó muy nerviosa, hizo que saliera al patio y me preguntó: ¿David, qué pasa? En el cielo no vimos nada, pero escuchamos un zumbido ronco y sobre el aeropuerto de Tocumen, las nubes reflejaban destellos rojos y amarillos. No llovía, pero se escuchaban truenos opacos. Mi madre encendió la radio y comprobamos lo sospechado: la patria estaba en guerra.



II
Vivo en la calle 9 de la Ciudad Radial, en el corregimiento de Juan Díaz; en la esquina hay una panadería que pertenece a la familia Pinto. Cuando desperté la mañana del 20, vi a mis vecinos dirigirse apresuradamente hacía la panadería y comprar grandes cantidades de pan. De allí en adelante, los Pinto hicieron guardia armados con rifles de bajo calibre.



III
Había un gran desfile de gentes cargando mercancías, esencialmente víveres. Salí a la José Agustín Arango y vi hombres armados que a tiros abrían los comercios; tienda abierta, tienda saqueada.
Caminé hasta el depósito de la Nestlé y un mundo de personas cargaban cajetas; hombres con armas de fuego bebían licor en los alrededores.
Regresé al parque de Juan Díaz y encontré a José en el atrio de la iglesia, desde allí escuchamos como con soplete y mazo, abrieron la caja fuerte de la sucursal del Banco Nacional.



IV
El barrio en las noches era patrullado por las tropas estadounidenses; con sus cascos forrados de retazos y los binoculares infrarrojos, verdaderamente parecían extraterrestres. Una de esas noches ocurrió un accidente automovilístico y no demoró un hummer en llegar a atender el caso. Los gringos eran acompañados por un indígena kuna de la Fuerza Pública, este último lucía una tira blanca alrededor del brazo. Recuerdo que el gringo no entendía español ni de accidentes de tránsito.



V
Eran alrededor de las 6:30 de la tarde cuando corrió el rumor de que los batalloneros iban a atacar las residencias. Ciudad Radial tiene dos vías rectas intersecadas por 21 calles. En cada esquina, los radialeños construyeron una barricada, la cual era vigilada durante toda la noche. En los retenes se bebía, decían chistes y se les impedía el paso a los transeúntes que se dirigían a sus hogares.
Ninguna barricada fue atacada por los batalloneros.



VI
Por fin me atreví a salir de los límites de Juan Díaz; rodé con una bicicleta hasta Tocumen. Casi en la entrada del aeropuerto, estaban unos soldados echados bajo la sombra de los árboles de la isleta de la avenida. Uno me apuntó con su fusil, obligándome a saltar de la bicicleta andando, subirme la camiseta más allá del ombligo y levantar bien alto las manos. Al cerciorarse de que no poseía arma alguna me permitieron pasar, no sin antes recomendarme que me cuidara; cumplí al pie de la letra el consejo, no volví ha acercarme a ningún soldado invasor.
Seguí mi camino y a la altura del sector Sur, me percaté de que los soldados bloquearon el camino; un niño se acercó y le arrojaron una bomba lacrimógena.
Por suerte hallé a Gardenia. Ella me condujo por una serie de caminitos hasta salir a la corregiduría, donde un grupo de gente arremolinada fue desarremolinada con gases lacrimógenos, disparados desde la entrada de la base de la FAP.
Días más tarde me enteré que el mismo día de mi excursión en bicicleta, el marido de Meregilda salió en su moto. Lo encontraron tirado en la calle, la moto jamás la hallaron.



VIICuando el transporte público se normalizó, en bus me dirigí al centro de la ciudad; durante el trayecto nos topamos con caravanas de soldados, que saludaban desde los hummers. Me recordaron a las reinas de los carnavales.
En la central no vi una vitrina sana y entera.
Caminé hasta la plaza Amador donde escuché el saludo de Omar: me alegro de verte vivo. Seguí hasta las ruinas del cuartel central, allí había un gringo trepado en un camión militar, rodeado por un tropel de hombres. Supe que buscaban trabajo. El gringo en español ofrecía trabajo en los campamentos, pagaban con comida. Sólo un tipo aceptó. Y yo pensé: ¿qué pasó con los dólares que traían?
Subí al límite del Chorrillo, con la esperanza de encontrar a Demetrio López, el Indio. Allí me dijeron que no lo iba a encontrar, que ya se habían llevado lo que hallaron de su cuerpo. Tan sólo unos días atrás estuvimos planeando un viaje a San Blas…ahora ni pude despedirme de su cadáver. Bajé hasta la 27 y vi la palabra devastación hecha realidad: hojas de zinc retorcidas, vigas humeantes, edificios derribados; aspiré aquel aire y supe cual era el olor de la muerte.
Días después hallé a Carlos López, hermano de Demetrio. Tenía quemada una pierna desde la cadera hasta el tobillo. El me contó cómo murió Demetrio: cuando comenzó el bombardeo, escapando del fuego y las balas, corrieron hasta la avenida de Los Mártires. Demetrio regresó a buscar ropa y dentro del edificio le cayó encima el techo; quedó atrapado bajo las llamas. Carlos que lo seguía intentó rescatarlo. El fuego no se lo permitió y finalmente, tuvo que tomar la amarga decisión entre salvar su vida o morir con su hermano. Hora: 1:00 a.m. del 20 de diciembre de 1989. Luego diría la televisión, que el fuego del Chorrillo comenzó a las 7:00 a.m. y que lo provocaron los batalloneros.
Esa semana fue triste. A Manuel Becerra los gringos lo ametrallaron en un retén. Era tan enorme que no cabía en la bolsa plástica. Lo enterraron apresuradamente.
Lo más pesaroso fue ver istmeños comprar cerveza de contrabando y brindársela a los agresores. Los aplausos rastreros y el color de la traición hirieron mis sentidos. Comprendí entonces lo completo que había sido el asalto.
Hoy me alegra de estar vivo, así puedo contarles lo que recuerdo y lo que otros me dijeron. Hoy me alegra de que pueda en algo, descompletar la invasión.
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