jueves, 10 de diciembre de 2009

¿DÓNDE ESTÁS QUERIDA ESPERANZA?

“No hay que morirse para conocer el infierno, sólo basta esperar de brazos cruzados…”

Víctor Paz


Hoy vengo ha hablarte de un nombre de mujer. No, no es Margarita ese nombre. Es esperanza. En 1978 cuando Karol Józef Wojtyla asumió el papado gritó al mundo: No teman. Y en continentes diferentes y alentados por ideales mucho más diferentes, el sindicato SOLIDARIDAD en Polonia y el FRENTE SANDINISTA en Nicaragua demostraron cuanto se puede cabalgar cuando se está libre del desasosiego y del miedo. Hoy, treinta años más tarde, el mundo está cubierto por la muy perniciosa maleza de la desconfianza. Y en praderas temerosas no crece la esperanza.


Ese tema, por razones de mi profesión docente, me es muy especial. ¿Sin esperanza tiene sentido dedicarse a educar muchachos y muchachas que no esperan nada? La respuesta a la que siempre arribo es un rotundo no. Lo que me conduce a la siguiente pregunta: ¿qué hacer? Y la respuesta persistente y permanente es: buscarse problemas. Porque en una sociedad idólatra como la nuestra hablar de esperanza es incómodo e incomodador.


La esperanza no se encuentra en la euforia que despiertan los íconos iluminados por el título de PANAMEÑO CON ÉXITO EN EL EXTRANJERO, mucho menos en las promesas hechas al fragor de una campaña política. Vivir con la esperanza de que la clase política va a cambiar de hábitos y que pronto pondrá punto final al despotismo y a la corrupción, no sólo es ilusorio, también doloroso. Igual ocurre con todas las demás fuentes de supuesta esperanza que hay en esta patria; desde el gordo de la lotería, hasta las ventas multi-nivel de pastillas para adelgazar. De repente, se me acaba de ocurrir que, la esperanza de la que quiero hablar tiene apellido. Sí, voy a hablar de la esperanza realista.


Ella es fruto de la responsabilidad, nace del convencimiento de que los padrinos mágicos no existen y que eso nos obliga, a ti y a mí, a trabajar, a exigir y a buscarnos problemas con todos aquellos que siembran en nuestras almas la semilla del pánico. Para vivir la esperanza realista hay que incomodar e incomodarse, y eso vale la pena. Vale la pena incomodarse por la niñez y la juventud de este país. Si la mitad de la mala fama que le han dado los medios de comunicación a los jóvenes fuese cierta, ya habrían dado un golpe de estado, porque permíteme recordarte que la seguridad de este país no es muy buena que digamos. Vale la pena buscarse problemas por las mujeres. Haz la prueba, convoca a una reunión en tu barrio para remediar cualquier problema y la mayoría de las asistentes serán ellas. ¿Acaso les sobra el tiempo? No. Si son amas de casa, los platos nunca dejan de ensuciarse y si son trabajadoras tienen que cumplir las mismas horas de trabajo del hombre que no va a la reunión a la que se le convoca. Vale la pena buscarse problemas por los padrastros. La disfuncionalidad de las parejas alcanza cifras espantosas y un alto porcentaje de nuestra población termina siendo criada por padrastros y madrastras. Si no cumpliesen con su papel de atender niños y niñas que no son de su sangre, la familia panameña ya hubiese desaparecido. O por lo menos los manicomios estuviesen más llenos. Y lo más importante, vale la pena buscarse problemas por ti. Hablo de ti, de tu persona. Tu corazón se merece algo más que el miedo, tu alma merece rebozar de esperanza. Tu rostro merece despertar cada mañana con ganas de sonreír y tus pies con ganas de bailar. Así lo creo. Y porque lo creo te pido disculpas por la pereza de la poetada panameña. Perdónanos a nosotros los poetas panameños por estar, a veces, más interesados en vernos el ombligo que en prestar atención a tu cara ajada por una mueca de dolor. Por eso, termino invitándote a que te atrevas a dejar atrás los días de la lástima. ¡No pidas más limosnas! ¡Deja de creer ilusamente que será un cacique o una hechicera quien remediará tus problemas! Ya es tiempo que siembres en tu vida personal, en tu familia y en cada vereda que recorras de esta patria, semillas de esperanza realista; recuerda, esperanza realista es aquella que nace de tu responsabilidad.

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