domingo, 5 de julio de 2015

DEL CARIÑO DE RIGOBERTO POR LOS LOCOS

“Voilà, Vincent, comienzo por decirte
Que descreo, si quieres tontamente,
Del afamado retintín de tu locura.
¿O será que los locos tienen que ser así,
Pastores de almas, marchantes, sontos y suicidas?”
Locos. Siempre los han llamado locos. Así los descalifican, a ellos, a los que evitan que el mundo pierda la cordura. A los poetas y pintores, a los músicos y danzarines, a los del teatro y a los del canto. Locos. Dementes. Así los llaman. Así los descalifican. ¿Y por qué? ¿Por qué?
Porque de la fealdad, la vulgaridad y monstruosidad hacen emerger belleza. Les basta la denuncia. Y siempre tienen la palabra correcta para hacerlo. Les basta su sagaz mirada. Esa que escudriña los pliegues del engaño. Por eso, por eso los llaman locos. Por eso los descalifican.
Sólo otro loco, perdón, sólo otro poeta entiende, comprende. Sólo otro poeta asume el compromiso de poner manos a la obra, esa, la de siempre, la de redimir la ternura, la de recordarnos quienes somos, sí, esa misma. La de siempre.
Rigoberto lo entendió. Sí, lo comprendió. Y vivió en el mundo de los locos, allá donde la amistad es posible, entre los orates, los que aún construyen la utopía. Y vivió entre los locos y les extendió su mano y cada vez que pudo, convirtió un apretón de manos en un abrazo cariñoso. Algunos tuvimos esa suerte, al resto, y nosotros también, nos quedan sus poemas.
“¿Loco tú?, ni en el sanatorio Saint-Remy lo daban por cierto;
De otro mundo, decían, sí eras Vincent,

De allá donde locura y pasión ponen obra por vida.”
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