domingo, 15 de junio de 2014

¿HABRÁ PERDIDO LA GUERRA EL PENSAMIENTO?

Arte de Rafael Galdames

“Yo creo que vale la pena seguir resistiendo.”
Susan Sontag
Una de las frases que más he escuchado en mi vida es: la crisis educativa. Otra que escuchó igualmente repetida es: la crisis de valores. Y escucho que las mencionan como si no hubiese relación entre ellas y como si educación y ética fuesen tortugas que caminan por las calles libres de los vaivenes políticos y económicos.
¿Por qué? ¿Por qué ocurre ese desatino? Porque, en el fondo, los estamentos con el poder para resolver ambas crisis no tienen ningún interés en resolverlas. Ni siquiera los afectados directamente quieren pagar el precio de resolverlas. Por ejemplo, acabo de escuchar en las noticias que una vendedora de billetes de lotería, de manera autónoma, subió en un 40% los precios de los mismos y que no hay instrucciones en la Lotería Nacional de Beneficencia de la República de Panamá para enfrentar dichos casos. ¿La vendedora es abusiva? ¡Sí! ¿La Lotería Nacional es negligente? ¡Sí! Pero quien dijo que los juegos de azar son un artículo de primera necesidad. ¿Qué pasaría con la vendedora abusiva si los compradores, todos los compradores, comprendieran que no hay ninguna razón para soportarla? Otro ejemplo, todo el mundo se queja de la violencia en la televisión, ¿pero cuántos la apagan? Desde mi punto de vista, tanto la crisis de valores como la crisis en el sistema educativo no son más que consecuencias del modelo político económico que tenemos.
Puedo entender que quienes pelechan de dicho modelo no sólo no hagan nada para resolver la crisis, sino que, además, estén más que dispuestos a utilizar la fuerza bruta para mantener la situación tal como está. Pero no es fácil comprender por qué quien sufre el atropello, simplemente, no resuelve de raíz el problema. Siguiendo nuestros ejemplos sería no comprar lotería y apagar el televisor.
¡Y allí es donde la puerca tuerce el rabo! La conclusión a la que llego, una y otra vez, es que el pensamiento, específicamente el pensamiento crítico, perdió la guerra. Las redes sociales y el Internet están llenos de foros de discusión, pero no hay mayor razonamiento. Los ordenadores han facilitado en un mil por ciento el arte de escribir, nunca como hoy ha habido tanto escritor publicado, sin embargo, nunca como hoy ha habido tanto texto insustancial. Existe poco interés en comprender la realidad, mucho menos en incidir en ella. El faranduleo ganó, el pensar perdió.
Pero si la crítica al mundo es exigua, la autocrítica es casi extinta. Los estereotipos han configurado el comportamiento diario de los individuos hasta tal punto, que ya no se reconoce que es lo fingido y que lo concreto. Vivimos en los tiempos de las confusiones profundas.
Cierto que eso de navegar en aguas profundas siempre ha sido práctica de unos cuantos. La intelectualidad está llamada ha realizar permanentemente esa tarea. ¿Y dónde está ella, la intelectualidad? Me asusta pensar que se encuentre imitando a Homero Simpson.
Los intelectuales lo son porque están comprometidos con la reflexión. La inteligencia es nuestra capacidad de resolver problemas y éstos se resuelven conectando el conocimiento con la realidad del planeta. ¡Involucrándose con ella! El pensamiento comenzó a perder la guerra cuando se le divorció de la pasión. ¿Cómo resolver problemas sin involucrarse completamente? ¿Cómo involucrarse en la solución de un problema con los sentimientos amputados? ¿Cómo querer resolver los  problemas del  planeta sin tener la mínima simpatía por él? ¿Sin amarlo?
El pensamiento  comenzó a perder la guerra cuando el ejercicio reflexivo se convirtió en un engaño defensor del fanatismo. Parece que es más importante sostener los dogmas que entender la realidad. No hace mucho escuché a un supuesto pensador revolucionario hacer diferencia entre la contaminación industrial producida en Estados Unidos de América y la producida en la República Popular China. La primera era responsable de la hecatombe ambiental y la segunda era inocua a nivel planetario. ¿Se puede ser más fanático?
El pensamiento está perdiendo la guerra. Quien se crea pensador debe exponer el producto de su quehacer. Y eso significa que debe escribir. Y no hacerlo en los tiempos del ciberespacio es mera vagancia. Escribir es, en realidad, razonar.
El pensamiento está perdiendo la guerra y es porque dejó de proponer cosas interesantes, estilos de vida que resistan la tropelía a la que estamos sometidos. La vida es resistir, así lo comprueban las cucarachas y las amebas. El pensamiento crítico es la contribución de la intelectualidad a esa resistencia. El pensamiento crítico contribuye a romper el velo que disfraza de inevitable aquello que los poderosos llaman destino, pero que en realidad no es más que la afrentosa consecución y concreción de sus propios intereses.

El pensamiento habrá perdido la guerra cuando renunciemos a nuestra condición de humanos, cuando nos reduzcamos a ser consumidores, a cifras estadísticas del mercado. Ser humano es pensar y no sólo en la academia, también en la cocina, y no sólo sobre el problema del ser, también sobre los problemas y las bellezas de cada día.
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