domingo, 1 de junio de 2014

EL PRECIO A PAGAR

Bus en ruta a la flor

“Un niño que se niega a ser igual a los demás es señalado con el dedo; se le pide que se sienta culpable y que se arrepienta. Y sin embargo, esas cualidades, la ausencia de culpa, la independencia y el pensamiento libre, son las que ustedes califican de actitudes fructíferas, de actitudes que llevan a la realización personal.”
Wayne Dyer
Ser narcisista en una sociedad narcisista, ¿será el camino más seguro al éxito? ¡Claro que sí! Ser un individualista en una sociedad uniformada, ¿será la mejor forma de garantizarse el rechazo de los próximos y también de los lejanos? ¡Por supuesto que sí! ¡Ah! Entiéndase individualista como alguien independiente. Narcisismo es una enfermedad.
A pesar de los permanentes discursos que hablan de nuevos tiempos, ¿que preferirá la sociedad ególatra: caminar por los mismos caminos trillados o arriesgarse por nuevas rutas? ¡Sin duda alguna los mismos caminos trillados! Los rumbos desconocidos dan miedo y los bravucones son cobardes por naturaleza, al contrario de los generosos que son valientes por propia decisión. ¿Y cuáles son esas vías gastadas? ¿Las costumbres patológicas? La pregunta es retórica.
Una persona sencilla y humilde, entendiendo que la sencillez es la transparencia y la humildad es la verdad, ¿tendrá algún poder de convocatoria para realizar sus proyectos dentro de  una sociedad ególatra? ¡Jajaja! ¡Ninguno! ¡Qué se prepare para la solitariedad!
¿Cómo hace una persona autónoma, espontánea y cordial para no frustrarse en una sociedad egoísta que le niega el bien ganado reconocimiento?  ¡Y esa es la pregunta! ¡La gran  pregunta! Aunque, para ser francos, no debería ser la gran pregunta. ¿No? ¡No!
Las reglas sociales están claras, se pertenece al rebaño o se es un marginado. La independencia tiene un precio y la manada siempre lo cobra. La persona liberada tiene que tener muy, muy, muy, muy claro, que nada es gratis, mucho menos la emancipación. ¡La libertad!
Ahora bien, si la persona autónoma, espontánea y cordial alimenta su creatividad, el precio se hace soportable. Esa persona no tiene poder de convocatoria sobre aquellos que no son autónomos, espontáneos y cordiales y estos últimos lo van a repeler, aislar, atacar. ¿Por qué? Por miedo. ¿Qué queda? Ser creativos. La persona autónoma, espontánea y cordial está obligada a crear un discurso fascinante y sostenerlo con su vida ejemplar. Ser genial o no serlo, he ahí el dilema. ¿Y sí no se es un genio? Entonces, hay que asumir la verdad: si no soy un magnífico creador, la gente no tiene porque tratarme como tal. Es más, hasta siendo un gran innovador, una sociedad mediocre y deficiente no tiene las herramientas necesarias para reconocer tal talento; sólo un auténtico estúpido se alegra si una sociedad estúpida comienza a aplaudirlo.
Para no caer en las redes de la vulgaridad colectiva es importantísimo que la persona autónoma, espontánea y cordial cuide su autoestima. Le está prohibido revolcarse en el lodo y desde allí gritar: Torpes ustedes que no se dejan alumbrar por mi luz. En lugar de perder el tiempo en despreciar al otro, debe preocuparse y ocuparse en ella misma. Debe permitir que otros se preocupen y ocupen de ella. Debe preocuparse por los otros y ocuparse con ellos. La persona autónoma, espontánea y cordial está obligada a vivir en el amor.
Una persona autónoma, espontánea y cordial, para no frustrarse en una sociedad egoísta que le niega el bien ganado reconocimiento, debe no tomarse tan en serio eso del bien ganado reconocimiento. ¿Cuántas estatuas hay por las avenidas dedicadas a virtuales desconocidos, cuya única virtud fue tener parientes con influencias suficientes para dedicarles monumentos a sus virtuales descocidos ancestros?
Quien se dedica a aquello que lo hace feliz, por lo general, tiene poco conflictos con eso de los elogios no recibidos. Pero debe entender que la posibilidad de ser injuriado es parte del paquete. ¡Hay cada miserable suelto que resiente el bienestar ajeno y lo hace gratuitamente!

Los miserables no le temen a las jerarquías, al contrario, obedecer y estar sometido a un jefe les da la seguridad que necesitan para deambular en la selva de sus malandanzas. Así su actuar mezquino es por la obediencia debida, dicen ellos. Nunca son responsables de su ruindad.
Les irrita que alguien cuestione a las jerarquías o lo peor, que no desee ser jerarca. Ellos, los miserables interesados en acumular poder o en idolatrar a los poderosos, sufren estar frente a un fulano desinteresado en eso de inventarse reinos e imperios. Les revienta el hígado aquel que no aspira ser un reyezuelo de una esquina del pantano. Y una persona autónoma, espontánea y cordial, que cuida de su autoestima, que no resiente el no recibir el reconocimiento de los mediocres, es una persona con autoridad, con mucha autoridad. Y si encima es un genio…pobre hígado de los miserables.
Ser una persona autónoma, espontánea y cordial sí tiene un alto precio: lidiar con los miserables del mundo, seres estos dispuestos a lo que sea con tal de mantenerse enlodados y en la oscuridad; seres dispuestos a enlodar a todo aquel que puedan y a sumergirlo en la oscuridad. Sí, los seres autónomos, espontáneos y cordiales tienen un alto precio que pagar.
Sin embargo, ese riesgo es en sí mismo un halago, un aplauso. Si un roñoso te grita improperios, eso significa que tú eres todo lo contrario; y si te odia, quizás, tal vez, podría indicar que en realidad te admira y que teme imitarte…pobre hígado de los miserables
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