domingo, 23 de marzo de 2014

EPOKHE

”Educar es educar contra el destino.”
Ramiro Ross
Sin querer opinar, pero opinando de todas formas, diría que el destino es el producto final de nuestras creencias. Un alto porcentaje del acontecer humano está determinado por las presunciones humanas. Conjeturar e inventar prejuicios es un deporte muy popular.
Mis creencias pueden delimitar mis pensamientos y éstos despiertan mis deseos, los cuales exacerban mis sentimientos. Y mis sentimientos enmarcan el estado de mi vida.
Se supone que gracias a mis pensamientos puedo tomar decisiones y ellas dirigen mi actuar. Entonces, mis creencias son el génesis de mis acciones. Y, repito, de lo que pienso, deseo y siento. Mis creencias, ¿mi vida? Pues sí.
Damos por sentado la bondad de nuestras creencias. ¿Y sí no es así? ¿Y sí en realidad son un inconveniente? ¿Qué se puede hacer? Nada. ¿Nada? Sí, nada.
No hacer nada: no decidir, no pensar, no desear, no sentir. Suspender el juicio, alcanzar la ataraxia. En ese estado las ocultas creencias se hacen evidentes, localizables y pueden perder su poder inconmensurable. Pasan del campo de lo inconciente a la región de lo conciente. Así se comprende que lo que se creía escrito en piedra, en realidad no lo está. Así se puede escoger en que creer. Así se puede dejar de creer.
Esto no es fácil, pero es sencillo. Respirar. Concentrarse en la respiración y no en lo corto de la falda de la vecina. Inhalar, exhalar. Observar los pensamientos como quien ve una película. Al respirar así, unos minutos al día, se puede lograr una visualización creativa de la vida. Y al ver, al verse, se pueden ver las propias creencias, desapegarse y liberarse de ellas.
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