sábado, 9 de junio de 2012

DE LOS CÓDIGOS Y LA ALQUIMIA


Detalle mural de Camilo Ravey
 
“¿Qué es cultura si no es lo que un colectivo ha heredado de su pasado y que quiere utilizar para transformar el futuro?”
Marco A. Gandásegui
Hace unas semanas vi como una niñita de tres años manejaba sin ningún problema un teléfono inteligente. Yo no soy capaz de manejar tal instrumento con la maestría de aquella bebé. Simplemente no entiendo sus códigos y la infante sí. ¿Y qué tiene que ver el arte de escribir cuentos con el manejo de un teléfono inteligente por parte de una nena? La respuesta es simple: quien domine los códigos del cuento, dominará su escritura con la misma maestría que la bebita mencionada maneja los íconos del teléfono inteligente. ¿Tan simple y sencillo es el asunto? Así de simple y sencillo, pero simple y sencillo no quiere decir fácil y suave.
Un código es un sistema de signos y de reglas que permite formular y comprender un mensaje. La literatura es un conjunto de códigos, por ende, los talleres literarios son para conocer y dominar esos famosos códigos. Pero esa no es su única función, por lo menos mi visión muy personal de ellos incluye otros quehaceres.
El oficio de escritor consiste en buscar, hallar y volver a buscar esos significantes y significados que permitieron, por ejemplo, a Pedro Rivera retratar la vida cotidiana de un barrio popular de Panamá y a Rogelio Sinán fusionar convenientemente la descripción de la biodiversidad marina con el entramado psicológico de una relación de pareja.
Sin duda alguna, Rogelio y Pedro son íconos nacionales. Pero ¿puede cualquier ser humano conocer y manejar a su antojo los códigos mencionados y así poder escribir cuentos o este arte es exclusividad de unos pocos iluminados por la gracia de quien sabe que espíritu? ¿La posesión de tal talento estará determinada por los genes? O por el contrario, ¿podrá un taller literario lograr que sus asistentes logren, en algún grado, el dominio del arte cuentístico?
Se dice que cultura es el conjunto de conocimientos que permite el desarrollo del juicio crítico y éste, a su vez, es la capacidad de comparar dos ideas para conocer y determinar sus relaciones. Entonces, me parece, que siendo el taller literario un espacio cultural, debe ser un espacio donde se fomente el pensamiento crítico entre sus participantes.
Otra definición de cultura afirma que en ella se recoge todo el quehacer humano. Esta definición, por cierto, no es del agrado de aquellos que consideran que las elites y sólo ellas son las cultas. De las masas únicamente brota barbarie, dicen ellos. Si cultura es la faena  humana, toda mujer y todo hombre deberían poder pasar por un taller literario y vincularse de alguna manera a la literatura. Pero si es lo contrario, que solamente las elites tienen la capacidad de ser cultas, el taller literario es para desalentar a quien no alcance el estándar predeterminado. ¿En qué clase de taller literario te gustaría participar: en uno incluyente o en uno excluyente? ¿Qué clase de taller necesita este país?
En el universo biológico, todo organismo transmite a la siguiente generación su información genética. En el cosmos cultural se trata de conocer y transferir lo conocido. ¿Conocer y transferir qué? Conocer lo que se tenga que conocer para mantenernos humanos. Conocer y transferir cultura. La cultura es cultura gracias a una red de imaginarios y códigos que nos diferencian de un hato de vacas. Transferir tal red es trabajo de la educación. La educación en general y los talleres literarios en particular son para que seamos más humanos.
Somos fruto de nuestra educación, tenemos el potencial para aprender lo que sea, para aprender lo que sea que nos sea permitido; por eso la nena del inicio de mi intervención, me gana manejando un teléfono inteligente. Sus padres la pusieron en contacto con tal tecnología; en cambio, para mis progenitores eso era imposible, en mi infancia tales aparatos no existían, lo más cercano era el zapato telefónico del agente Maxwell Smart.
Tanto el fracaso como el éxito en la educación parten del mismo punto: la nutrición emocional e intelectual en la niñez. Me llama la atención que en otros países hay novelistas treintones de reconocida trayectoria internacional. Esos países tienen sistemas educativos preocupados por fomentar la lectura y la creatividad. ¿Cómo andaría la escuela básica panameña si los niños y niñas participasen de talleres literarios? ¿Qué clase de universitarios serían? ¿Qué calidad de escritores y escritoras tendríamos en esta patria nuestra?
Para un taller literario es importante conocer el estado de salud de la educación panameña, así podrá elaborar mejores estrategias de incidencia en los centros educativos nacionales y, por ende, en la República de Panamá. Pienso que los talleres también deben involucrarse en la promoción literaria.
Si de algo tiene que cuidarse el escritor panameño, más el escritor panameño que quiera facilitar un taller literario, es de ser un improvisado incapaz de hablar de algo diferente al juego del yo-yo. El escritor panameño que facilita talleres literarios está obligado a ser una persona culta, y culto no es sólo repetir de memoria algunos textos sabios, culto es quien tiene suficiente criterio para saber porque tales textos son sabios. También debe conocer elementos mínimos de didáctica constructivista, porque si no es así, estará repitiendo el desastre del sistema educativo nacional.
En el siglo pasado, Pedro Correa y Ricardo Segura defendieron la idea de crítica literaria como un pacto de amor con la obra. Para el texto primitivo e insuficiente, no era necesario el ataque, bastaba el silencio. ¿Será que los talleres literarios deben ser un pacto de amor con la gente?
El amor y sus pactos son la razón de ser de los grupos. En el grupo, a diferencia del aglomerado, sus miembros tienen un objetivo en común, alrededor del cual interactúan y se interrelacionan. Cierto que hay un escritor experimentado a cargo del taller, cierto que su papel es esencial, que él es la puerta por donde ingresan al mundo literario los nuevos cuentistas, pero sin participación activa de los asistentes, no es taller, es una aburrida clase más. El taller es un esfuerzo de todas las partes involucradas, en ello radica su eficiencia y éxito. Podemos levantar de sus tumbas a Juan Rulfo y a Jorge Luís Borges para que nos dicten un taller hoy mismo, pero si nosotros no le metemos el pecho y las ganas al asunto, tal resucitación sería infructífera.
En el mundillo literario abundan los mitos: que tengo que obsesionarme con escribir una obra cien por ciento original (a lo sumo escribir es un mero reordenar lo ya dicho miles de veces por otros), que debo sentarme y esperar que la inspiración me asalte (escribir es un oficio y no una lotería), que estoy esperando escribir el cuento que me va a permitir caminar instantáneamente bajo los reflectores y sobre la alfombra roja (la mayoría de los escritores que hoy en día consideramos clásicos de la literatura universal, no conocieron en vida el éxito editorial), por cierto, nuestro gremio no existe en el producto interno bruto. ¿Para qué es el taller literario: para desmentir o para reafirmar los mitos?
Todo trabajo humano consiste en aplicar cierto conocimiento técnico y desarrollar capacidades específicas. Así es tanto para gobernar un país, como para atarse los cordones de los zapatos. En el caso del taller literario, es fácil concluir que su prioridad es resolver el dilema técnico, pero respecto a las capacidades, mejor conocidas como talentos, el asunto no es tan sencillo. Las aptitudes, en su mayoría, se adquieren en la primera infancia, así que es cierto que no todo adulto tiene la inclinación y habilidad para escribir literatura. Entonces, ¿qué hacer con quién no posea tal vocación? ¿Desecharlo? ¿Sumarlo a una actividad afín?
La literatura tiene valores estéticos y también éticos. Si expreso que el cabello rubio es bello, pudiera ser que no dejo espacio para que el cabello negro también lo sea. El roce entre los talleristas ayuda a descubrir los discursos escondidos en los textos. La literatura no está exenta de ideología. Las palabras no son inocentes, construyen o destruyen cosmogonías.
Hace un par de días escuché a una prestigiosa profesora afirmar que si bien no todo arte está comprometido con la sociedad, si es cierto que todo arte tiene efecto en la sociedad. ¿Por qué no discutir esos temas en un taller literario?
Un taller literario amplía el horizonte de sus miembros, allí se percatan de que hay algo más allá de los chismes de las telenoticias y debería ser así, porque ese es uno de los frutos de la  buena literatura. La buena literatura integra fondo y forma, su lectura se convierte en una experiencia rotunda y enriquecedora, hace más culto a quien entra en contacto con ella.
Escribir es construir con palabras. El escritor, por constructor, usa herramientas. Tal como un albañil o un carpintero. La diferencia es que no se pueden tocar con las manos, sino con la mente. Ellas son: la sensibilidad, la capacidad de observar, la imaginación y la cultura. Casualmente, estas herramientas las conocí en un taller facilitado por Héctor Collado.
Escribir, y específicamente, escribir cuentos es una forma especial de narrar historias. Es narrar con fricción. ¿Fricción? Sí, fricción. Es provocar una alteración en el lenguaje comúnmente utilizado y provocar un cambio de ánimo en el lector. Y esa alteración en el lenguaje se logra al friccionar entre sí a los personajes con las acciones y lubricando todo con las descripciones necesarias, solamente las necesarias, teniendo como resultado un conflicto y su resolución. Este concepto es una extrapolación que hice a partir de lo aprendido en un taller poético facilitado por el poeta cubano Roberto Manzano.
Otra extrapolación que hice, luego de comprender como lograr musicalidad en el verso libre, fue escribir textos narrativos que posean algún grado de ritmicidad. También lo aprendí en un taller literario, esta vez facilitado por los poetas Liliana Pinedo y Luís Guardia.
Gracias a Juan Antonio Gómez y Enrique Jaramillo Levi tuve que contestarme ¿Quién es escritor? Varias veces le he dado diferentes respuestas. Hoy, por lo pronto, la respondo así: un escritor, en sus inicios, es un asustado espécimen que no supo resolver por vías más comunes los problemas de la comunicación de todo buen adolescente. Luego se convierte en un rebelde sobreviviente de los campos de uniformización de esta sociedad llena de estereotipos. Por último, es un artista en búsqueda de su propio discurso estético. Este último concepto se lo aprendí a Rafael Ruiloba. Como que algo aprendí en los talleres que asistí.
La sociedad panameña, más que por formular juicios críticos, se caracteriza por  experimentar momentos críticos. Queda poco espacio para reflexionar. En esas condiciones, es probable que el asistente al taller literario busque en él la fórmula mágica que lo convierta rápidamente en escritor y le ahorre el esfuerzo de establecer nuevas conexiones neuronales, de construir conocimiento a partir del desarrollo del pensamiento analítico y sintético, de escribir cuentos con paciencia y oficio. Sin embargo, la premura impuesta por los conflictos sociales acorta el tiempo disponible, por lo menos, esa es la sensación que predomina.
También en las sociedades que viven de crisis en crisis, abundan los redentores; así las cosas, es muy posible, que algún facilitador de algún taller literario, sin tener la capacidad de elaborar juicios críticos, por lo tanto, sin ser idóneo, se lance a la aventura no muy agraciada de predicar recetas de hechizos y así fundar nuevas capillas, y así fundar su capilla.
Por suerte, esa no fue mi experiencia. En el primer quinquenio de la última década del siglo pasado pertenecí a tres talleres. Umbral Editores, José Martí y Amarte. Uno especialista en cuento y los otros dos en poesía. Todos me permitieron crecer a mi propio ritmo y, sobre todo, crecer en mi propio estilo. En ellos viví un ambiente rico en cultura, en desarrollo del pensamiento crítico. Los tres talleres desaparecieron, pero cumplieron su misión: dieron a luz a una nueva generación de escritores.
En la segunda mitad de los 90 florecieron los círculos de lectura y muy pronto se entronaron como el fenómeno literario dominante, incluso, de ellos egresaron nuevos escritores, y es precisamente el indudable éxito, aún vigente hoy, de los círculos de lectura y el apocamiento de los talleres literarios, que me indica que, posiblemente, estos últimos en Panamá tienen una falla de diseño.
Un seminario de creación literaria, con una fecha de inicio y otra de cierre, no es un taller. Un taller aspira a ser un espacio permanente. Son los círculos de lectura quienes se convirtieron en esos espacios permanentes. Y los talleres, ¿dónde están? Al contarlos, sobran los dedos de la mano de un desobediente yakusa. ¿Qué ocurrió? Por un lado, la férrea voluntad del profesor Ricardo Ríos Torres y de otros personajes y organizaciones, convencieron a un sector de la sociedad de la importancia de los círculos de lectura. Por otro lado, como el grueso de los escritores se auto publican, parece ser que ya nadie se siente obligado de convencer a otros, previamente, sobre la calidad de sus escritos. Como que lo más importante es la capacidad de pago a la imprenta y no la opinión de un grupo de colegas deseosos de que el libro publicado sea un sólido aporte a la literatura panameña.
Pero eso no ocurre en mi país ideal. En mi Panamá ideal existen muchos talleres literarios donde se abandona el instinto y se conoce el oficio. Se entiende que escribir por instinto es liberar en catarsis las emociones atrapadas en la psique. En los talleres literarios se aprende a escribir por oficio, a buscar en el mundo exterior y en el mundo interno las palabras que han de convertirse en literatura. En los talleres de mi Panamá ideal se busca, se crea y se vuelve a buscar. Y ese buscar y rebuscar tiene como resultado el manejo maestro de los códigos que les permitirán a los talleristas escribir un cuento, un buen cuento. Y un buen cuento es pensado y sentido por el autor, un buen cuento conmueve al lector y trasciende la cotidianidad. Sin sed de trascendencia, la literatura no es arte, es terapia ocupacional.
En conclusión, el taller literario, por lo menos el tipo de taller que existe en mi Panamá ideal, busca incluir a todos aquellos que se le acerquen, no porque puedan pagar la cuota, sino porque pueden convertirse en escritores o en críticos literarios o en promotores o en amantes de la buena lectura. Así como la bebita inicial de esta intervención tuvo la experiencia de entrar en contacto con un teléfono inteligente y aprendió a manejarlo con maestría, así mismo los talleres que defiendo ponen a sus miembros en contacto con la literatura y allí aprenden, con destreza, de cultura, arte, literatura, vida. En mi Panamá ideal abundan los talleres literarios que tienen un pacto de amor con la gente.
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