domingo, 27 de noviembre de 2011

LAS SOMBRAS

“Un país no se puede considerar una democracia si una gran mayoría de su población está sometida a una comunicación manipulada y a una información fundamentalmente falsa.” Giulietto Chiesa

En la reciente historia panameña hay un lamentable evento que marca un antes y un después en ella. Pero en Panamá, más que usar la fuerza de los ejércitos, se utiliza el poder arrasador de la pérdida de la memoria, por eso se habla poco de ella. Me refiero a la Invasión a Panamá, la mal llamada Operación Causa Justa. Dicha agresión militar fue el antecedente de la política de guerra llevada adelante por la dinastía Bush y el mayor ejército del planeta.

Desde el 11 de octubre de 1968 hasta el 20 de diciembre de 1989, el poder político en Panamá estuvo en mano de militares golpistas. Dicho régimen recibió diferentes calificativos, desde dictadura con cariño, hasta narco dictadura, sin olvidar el título de Proceso Revolucionario Octubrino. Cualquiera que sea el titulo de nuestra preferencia, lo cierto es que, con respecto al tema que nos atañe, la violencia, sería fácil afirmar que ella provenía única y exclusivamente de los acuartelados y de sus allegados. Respuesta excesivamente simplista.

El poder económico nunca dejó de ser poder. Ni siquiera en tiempo de los uniformes verde oliva. Sus dueños fueron y son los mismos desde el nacimiento de la nación. En Panamá, como en el resto del planeta, la acumulación de riqueza en unas pocas manos concluye en empobrecimiento de muchos estómagos. Durante el régimen de los generales, su estilo populista procuraba que un amplio sector de la población recibiese las migajas de su depredación, y cuando eso no era suficiente, usaba la amedrentación. El miedo se sembraba a través de la represión selectiva, casi no era necesaria la represión masiva; salvo en los últimos días, los de la debacle. Por cierto, la ruina llegó cuando los intereses de los militares dejaron de ser los intereses del poder económico.

“¿Las generaciones futuras conocerán la barbarie o la civilización? ¿La neurosis de la competitividad o la ética de la solidaridad? ¿La globocolonización o la globalización del respeto y de la promoción de los derechos humanos?”

Frei Betto      

Dos anécdotas. Vi mi primer muerto de bala a la edad de 9 años, en 1970; fue asesinado por un policía de un tiro en la espalda al intentar huir luego de un asalto. Cinco años más tarde vi a un tipo, herido en el vientre con un arma blanca, recogerse con sus propias manos los intestinos. Ahora un dicho popular que durante mucho tiempo sirvió para evaluar los festejos patronales de los poblados del campo: Si no hubo muerto, no sirvió la fiesta.

La violencia en Panamá no es un invento nuevo. Portar al cinto afilados cuchillos no era cosa de vestuario. Era cosa de machos. Pero un ingrediente agravó la situación. En los últimos años del siglo 20 el crimen organizado se hizo evidente. El gobierno panameño fue acusado de estar asociado a los carteles de la droga. De acuerdo a tal teoría, que con el tiempo parece más bien un hecho comprobado, las Fuerzas de Defensa bajo el mando del General Manuel Antonio Noriega fungían de árbitros y mediadores del tráfico de estupefacientes. Verdaderamente, eran los organizadores de la violencia en la República de Panamá.

La más inédita de las reacciones a la invasión fue el saqueo de la Ciudad de Panamá. Una manifestación de violencia contra la metrópoli, un destape terrible. Libre de los controles militares, la población se lanzó desenfrenada al asalto del comercio y la industria. Pienso que el que se repita dicho evento es un temor permanente y no confesado de parte de las clases dominantes panameñas. Y el miedo de alguna forma siempre es generador de violencia; ahora las medidas de represión se accionan ante la más mínima señal. Ya mencioné que el crimen organizado al final de la centuria pasada dejó de ser una fuerza oculta.

“¿No sería más fácil que el gobierno disuelva al pueblo y elija otro?”

Bertolt Brecht

En los últimos 3 años de la dictadura militar, en medio del bloqueo económico promovido por el gobierno estadounidense de Bush padre, fue innegable que el país se sostuvo a flote gracias a los capitales flotantes de dudosa procedencia. Pero los gobiernos posteriores a la invasión, también han tenido sus escándalos relacionados con el tráfico de estupefacientes. Desde donaciones de grandes sumas de dinero a campañas políticas hasta algo tan curioso como hundir un helicóptero en el mar sin ninguna razón aparente. Pero lo más aterrador ha sido el crecimiento en marejada de las pandillas juveniles. Armadas hasta los dientes, con el estómago de los jaguares y las panteras, en más de una ocasión han demostrado superioridad ante las fuerzas del orden público. Un dato chocante es el siguiente: a pocos meses de la matanza, una de las primeras declaraciones del gobierno del entonces Presidente Endara (que tomó posesión frente a las tropas invasoras) fue que el malecón del barrio de El Chorrillo se podrían convertir en el más grande y lujoso Club de Yates de la región. El barrio de El Chorrillo es llamado Barrio Mártir por obvias razones, fue arrasado por el bombardeo realizado a las instalaciones del Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa. La salida al Pacífico del Canal de Panamá tiene dos riveras, una pertenece al distrito de Arraijan y la otra al distrito capital. Dichos terrenos ahora valen millones de dólares. Igual ocurre con la salida al Mar Caribe. Pues bien, ocurre que precisamente es en esas zonas (Loma Cová en el distrito de Arraijan; Curundú, San Felipe, El Chorrillo y Santa Ana en el distrito de Panamá; y en la Ciudad de Colón en el Caribe) donde aparecen y crecen las pandillas juveniles. ¿Coincidencia?

“En política, como en todas las cosas de la vida, se hace lo que se debe hacer y cuando lo que se puede hacer es malo, mejor no se hace nada.”


Aquilino Ortega

La violencia en Panamá tiene raíces ancestrales que llegan hasta nuestro origen como nación. La cultura del honor lavado con los puños o en, caso extremo, con la sangre es parte de la idiosincrasia del iberoamericano en general y del panameño en particular.

El poder en la colonia estaba jerarquizado por la raza y dicha jerarquía se mantenía con el uso de la fuerza. Los blancos violentaban a sus esclavos y estos, al final, quedaron imitándolos. Los mestizos aprendieron a portar armas y a usarlas contra los indios y negros. Es curioso, en realidad, muy curioso, la República de Panamá se ufana de ser un crisol de razas y sin embargo, la nación panameña es un señorío solapadamente racista.

Las estructuras del poder construidas durante la conquista europea estuvieron basadas en la violencia del opresor contra los oprimidos, y se han mantenido casi íntegras hasta nuestros días. La economía capitalista y la política liberal con su discurso seudo democrático, no han hecho más que erigirse sobre tales fundamentos coloniales.

Pero quien ha demostrado lo “genético” de la codicia que deriva en violencia es el crimen organizado. Como le dijera un asesor a un presidente estadounidense: Nadie soporta un disparo de un millón de dólares directo al pecho.

¿Hasta cuándo será esa situación? Mientras el paradigma que rija la vida económica sea que quien crea la riqueza es el capital y no el trabajo humano, que quien tiene el capital es el dueño de la riqueza y no quien la trabaja, mientras ese sea el norte, lamentablemente, la violencia es inevitable.
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