domingo, 17 de octubre de 2010

DE PERIPECIAS Y DEFINICIONES

Amelia Denis escucha a Magdalena Camargo leer a Chuchu Martínez

“Viajar, o lo que es lo mismo, salir de nuestro entorno, supone dimensionar la realidad, ajustarla a sus proporciones, comprenderla en su diversidad.”
Cristina Castillo Martínez


Durante nueve de los últimos diez años, he dedicado parte de mis vacaciones de verano a recorrer la región centroamericana. Si mis cálculos no fallan he estado sentado en un bus, un auto, taxi, avión o tuc-tuc (taxi motorizado) unas 865 horas, es decir, poquito más de 36 días. Un mes y días de mi vida. He estado entre Ipetí Emberá en Panamá y Tecum Uman en Guatemala. He soportado temperaturas entre menos siete centígrados y cuarenta y uno grados. Si no me equivoco he recorrido unos 51, 900 kilómetros. Mido 1, 87 metros y no estoy hecho de hule, así que tanto trajín no me es muy cómodo que digamos. Después de cada viaje, mis músculos demoran un par de días en regresar a la normalidad, o sea, en desenrollarse. Después de cada viaje, me siento obligado a preguntarme: ¿Y tanto esfuerzo para qué?


Sí, ¿para qué? ¿Para enfermarme de neumonía o de gastroenteritis? ¿Para lidiar con los desamables oficiales de aduanas? Esos que tratan a los escritores como a traficantes de marcianos. Los de migración nada más lo tratan a uno como a marciano. Pues sí, ¿para qué tanto viaje afanado?


En una de esas vueltas, en un festival de poesía, compartí la mesa con Eyra, Moisés, Érica y Marvin. En la conversa a Érica se le ocurrió preguntar que era la poesía para cada uno; respondimos que la poesía era soledad, libertad y hasta angustia. Pero la respuesta de Marvin me quedó dando vueltas en el cerebro: poesía es amistad.


Poesía. Amistad. Al reflexionar la marvelada, fui cayendo en cuenta sobre cual es la razón profunda por la cual soporto el maltrato de un viaje tan…maltratador. No viajo ni por fama ni por fortuna, ni para conocer famosos ni afortunados: viajo para visitar a mis amigos. ¿Puede haber una mejor razón?
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