domingo, 18 de abril de 2010

ESTARÁN SIEMPRE ENTRE NOSOTROS


“Cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista.”
Helder Cámara


Choco con mis amistades. Cada vez que me preguntan qué hacer para paliar la pobreza nacional y mundial, les contesto: ¡Nada! Y tengo mis motivos. Quizá son las más absurdas de las razones.


Pienso que una sociedad que genera pobreza, no la va a eliminar. Toda acción, me parece, que no incluya una crítica a una economía que enriquece a pocos y empobrece a muchos, es ingenua. Y el camino al infierno es una autopista bien pavimentada por los ingenuos con vocación de redentores que pretenden salvar al mundo, sin tocar a quien tiene sin salvación a la humanidad: el sistema económico.


La segunda es que tengo problemas con la beneficencia. La limosna termina por incapacitar a la gente. Ya está dicho: “Enseña a pescar y no regales el pescado”. Pero enseñar a hacer artesanías que no tienen mercado, sigue siendo una falsa solución. Y volvemos a la primera razón: la economía.


La tercera razón, el creer que se puede acabar con la pobreza sin la participación de los pobres, llevándoles las iniciativas sociales de moda, es decir, las que consiguieron patrocinio de parte de aquellos que se enriquecieron mientras ellos, los pobres, se empobrecieron. Hace muchos años escuché esta anécdota del cardenal católico y brasileño Helder Cámara. Él llegó con los bolsillos llenos de dinero a una favela. Y sometió a discusión democrática el uso que debería dársele a ese capital. Los habitantes de esa comunidad extremadamente pobre eligieron comprar instrumentos musicales para formar una orquesta. No optaron por un acueducto, ni por un programa para prevenir la violencia de las pandillas; tampoco por reparar la deteriorada escuela. Decidieron por una orquesta. Monseñor Cámara aceptó la decisión. Compraron los instrumentos y resulta ser que al reunirse para ensayar, comenzaron a hablar sobre sus problemas y a resolverlos. Durante todo ese ínterin ni la enfermedad ni la violencia detuvieron su flagelo. Pero esos pobres fueron dueños de su destino. ¿Ingenuo? Si pues.
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