domingo, 21 de junio de 2015

EL CAFÉ DE RUNNELS: UNA PROPUESTA ESTÉTICA

“La justicia dramática y rápida de Runnels ha traído una paz repentina en el istmo como nunca antes se había visto. La mayoría de los cabecillas de los Dennieri han sido eliminados y los viajeros, al menos por ahora pueden cruzar en paz el istmo de Panamá, que ya no es acosado por vulgares salteadores de caminos. Es una gran obra de mérito cívico, e inclusive una manifestación y defensa de la Doctrina Monroe.”

Héctor Aquiles González Angulo

En el siglo XIX nació la famosa Doctrina Monroe y con ella los estadounidenses justificaron sus prácticas colonialistas. En el siglo XX la mayoría de las colonias dejaron de serlo, sea porque se independizaron o bien porque pasaron a formar parte del territorio nacional de la potencia colonizadora. La India se independizó del Reino Unido, Martinica pasó a ser territorio francés y Puerto Rico aún es una colonia estadounidense. Sin embargo, a pesar de que las estructuras coloniales desaparecieron, no ha sido así con su discurso justificador. Ese discurso hoy es denominado por sus estudiosos: colonialidad.
A la literatura le es imposible ser neutral en el dilema entre la colonialidad y el descolonialismo. El lenguaje, en sí mismo, es un elemento básico para el ejercicio del poder, sea para resistirlo o para aplaudirlo. Dadas así las cosas, ¿es posible la neutralidad de una obra literaria que aborda un capítulo histórico entre una ex colonia y su ex colonizador?
La novela El sheriff de Panamá de Héctor Aquiles González Angulo recoge un segmento de la historia panameña poco conocido y mucho menos divulgado. Y eso es un gran mérito. Pero aborda el tema desde el discurso predominante en la sociedad panameña, léase nuevamente la oración final del epígrafe de este escrito y se sabrá a que me refiero. Los asesinatos de Runnels, porque los linchamientos sin juicio previo son homicidios, quedan calificados como obras de mérito cívico y defensas de la Doctrina Monroe.
Podría argumentarse que así era la sociedad panameña en 1850, cierto, pero más cierto es que los lectores de la novela somos nosotros, los ciudadanos del Panamá del siglo XXI. En un país donde parte de su población defiende la mano dura contra la delincuencia, donde esa mano dura significa balas contra los delincuentes comunes y casa por cárcel, en el mejor de los casos, para los delincuentes de cuello blanco, ¿No podría Runnels levantarse como icono redentor a ese flagelo social? A esta altura de mi vida ya estoy tentado a archivar la palabra imposible.
A continuación, un ejemplo de como una obra literaria puede reflejar la estética maniqueísta de la colonialidad. Esa donde el colonizado es negro, feo y bandido y el colonizador es blanco, bello y justiciero.
“El campamento es grande y en ese preciso instante están cocinando y un olor a carne de monte impregna fuertemente el ambiente. A Runnels casi lo hace  vomitar. Puede ser zaino o armadillo. Algunos bandoleros toman grandes pedazos de carne y los mastican con gusto. La grasa les corría por los labios y ellos se los limpian con el brazo o con la camisa, lo que le parece sumamente repugnante.”
Hasta para comer los bandidos son groseros y eso le parece repugnante al justiciero.
“Lo primero que pide Runnels fue un café, que le fue preparado de una vez y como a él le gusta. Desde su época de Ranger tomaba esta infusión para mantenerse despierto, ya que eran muchas las horas de vigilia que había que hacer para cuidar el campamento o para mantenerse alerta de algún ataque de bandidos o indios. Se tomaba hasta cuatro tazas diarias.”
Runnels nunca derrama su café, a él le preparan el café, gracias al café el sheriff está siempre atento. En una sola ocasión Runnels ingiere unos panecillos preparados por su esposa, así que no tiene la necesidad de limpiarse la boca con las mangas. Quien come armadillo asado sí tiene que hacerlo. ¿Tendrá esta presentación de los hechos algún efecto en el lector?  
La colonialidad es un discurso político que tiene su propia estética. El colonizador es bello, el colonizado grotesco. Con las palabras el escritor construye valores estéticos y, una de dos, lo hace con la clara intención de decir lo que está diciendo o es desbordado por los conceptos que la sociedad le ha inculcado a lo largo de su vida. La literatura nunca es inocente.
Pienso que esto último le ocurrió al autor de El sheriff de Panamá. Estamos tamizados por paradigmas sembrados en nuestra alma durante siglo y medio de coloniaje estadounidense. No es cosa fácil descubrir dichos cánones en nuestro medio y mucho menos en nosotros mismos.
Sin embargo, hay algo muy importante que rescatar: Héctor Aquiles González Angulo está hablándonos del olvidado siglo XIX panameño. Vivimos como si nuestra nación hubiese nacido con la llegada a la presidencia de la república del partido político de nuestra preferencia.

Héctor, con esta primera novela, señala que antes del diseño del canal interoceánico ya había panameños. Y al decir que ya existía Panamá durante la construcción del ferrocarril entre 1850 y 1855, desdice que Panamá fue un invento de Teddy Roosevelt en 1903. Al fin y al cabo, de eso tratan las agudezas literarias.  
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