domingo, 21 de diciembre de 2014

EL PAISAJE

“¿Pero que es lo que veo? Del aeropuerto de Albrook, ubicado detrás del Cerro Ancón, sale un helicóptero mucho más chico que aquellos que habían estado ametrallando a la población en las calles. La pequeña nave se dirige sin mucha velocidad hacia el área de Amador y estando sobre las exclusivas mansiones de oficiales norteamericanos, gira hacia el Chorrillo y se detiene en lo alto. Inclina su fuselaje y dispara, sin ruido, una delgada estela de luz color lila, que por su ángulo se dirige hacia la hilera de frágiles casas ubicadas en la orilla de la Avenida de Los Poetas y la calle 26 Oeste. Al tocar tierra se produce un pavoroso ruido acompañado de impresionantes llamas de múltiples colores que se expanden rápidamente por todo el sector; el fuego se propaga fácilmente entre las construcciones de maderas viejas. Noto que la pequeña nave, de poderosa capacidad de destrucción incendiaria, regresa sin apuro por la misma vía por la que apareció.”
Américo Alvarado Guadamuz
Estuve frente a ese paisaje. Atónito. Abrumado. Aplastado. Vencido. No podría decir cuantos minutos estuve contemplándolo, ni describirlo con precisión científica, mi memoria prefirió registrar, esencialmente, la sensación que despertó en mí verlo. Fue de descubrimiento. Descubrimiento de mi dolor. De comprensión. Comprensión de mi dolor. Y mi dolor era el dolor  de muchos; me hubiera gustado decir que de la patria, pero ese día había dos patrias, había dos naciones con el mismo nombre y sentimientos opuestos, encontrados.
Esa tarde del 22 de diciembre de 1989 yo estaba contemplando la destrucción que sufrió una de las dos Panamá. Estaba en aquella localidad del barrio de El Chorrillo conocida en ese entonces como El Límite, casi parado sobre el lugar donde me dijeron recogieron las restos de mi amigo Demetrio López; mi mirada estaba dirigida hacia la calle 27, sólo veía en pie el multifamiliar llamado 24  de diciembre y la iglesia de Fátima. Todo lo  demás era humo y escombros. Me contaron que a Demetrio le cayó una inmensa e incendiada viga de madera que lo aprisionó en su propia casa y lo calcinó en vida. Fue a la una de la madrugada.
Cuando inicié mis estudios universitarios vi una película sobre la guerra de Viet Nam, Apocalipsis ya; en una de sus escenas terribles, después de un bombardeo con NAPALM, un alto oficial yanqui olfateaba el aire y afirmaba muy ufano su alegría por sentir el olor de la victoria. 10 años después, aquella tarde del 22 de diciembre de 1989, también sentí un olor, pero era  desagradable, era el olor de miles de libras de carne quemada; carne de perros, de gatos, roedores, el olor a carne quemada de seres humanos, de mujeres y niños, de hombres y ancianos. El olor de la carne quemada de mi amigo Demetrio López.
A pocos kilómetros de mi punto de observación ocurría otro incendio. No era de flamas sino de aplausos tan o más destructivos que el mismo fuego. En calle cincuenta la otra Panamá celebraba la liberación. Nunca me acerqué a calle cincuenta, ni cuando allí se realizaban las manifestaciones de pañuelitos blancos contra la dictadura de Noriega y ni mucho menos en aquel diciembre cuando celebraban la impotencia de no haber sido capaces de zafarse del tirano.

Hace 25 años estuve frente a ese paisaje desolador que fue la destrucción por llamas del barrio de El Chorrillo. Quedé atónito. Abrumado. Aplastado. Vencido. No podría decir cuantos minutos estuve contemplándolo, ni describirlo con precisión científica, mi memoria prefirió registrar, esencialmente, la sensación que despertó en mí verlo. Nunca podré olvidar ese dolor. Aún lo sufro. Tampoco la vergüenza que todavía siento al recordar los aplausos de calle 50.
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