domingo, 7 de septiembre de 2014

DE LA MUERTE AUTOMÁTICA

“Para ellos, lo aceptable es solo lo que se vislumbra dentro del espejismo dogmático-ideológico donde residen. Fuera del mismo, nada es real.”
Rubén Blades
El automatismo, el vivir sin estar conciente de la propia vida, es la gran tentación. Las acciones que hoy nos resuelven los problemas, mañana se aplicarían sin mayor observación ni examen. Pero ese comportamiento, tarde o temprano, termina por bloquear la experiencia de sumergirse en la realidad, por ralentizar la vida. La vida automática, aunque lata el corazón, por ser el atasco de la conciencia y de la iniciativa, es muerte. Muerte ridícula, por cierto.
La dialéctica, la concepción del universo en constante cambio y movimiento, es el gran reto. Significa abandonarse a la incertidumbre y sobrevivir. Aunque esa idea abrume y confunda. Asumir que la realidad cambia, es admitir que lo pensado sobre la realidad debe también cambiar.
La humanidad tiene milenios construyendo conocimiento a través del arte, la religión, la filosofía y la ciencia. Lo ha hecho de forma automática, siguiendo el dictamen de algún dogma que sirve de receta mágica, o dialécticamente, en permanente búsqueda y sin anquilosar el pensar. Pero las ideas pueden superar la rigidez de las rocas. Es cómodo aceptar como absoluto lo ya pensado por otro. Si por el sentirnos cómodos hubiese sido, aún estaríamos, no en las cavernas, sino colgados de algún árbol. En la comodidad, el crecimiento tiende a cero. La humanidad avanzó porque hubo alguien que se incomodó y que estuvo más que dispuesto a incomodar.
Biológicamente hablando, la vida es la transformación de la energía de una forma inútil a una útil para los seres vivos y su transmisión de célula a célula, de ecosistema a ecosistema. Con la cultura ocurre algo parecido, se construye y transmite el conocimiento, a veces como dogma, a veces como hipótesis discutible. Y eso es y será un dilema permanente.
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