domingo, 11 de mayo de 2014

UN VISTAZO A LA LITERATURA PANAMEÑA

El guardián

“Escribir no solo requiere un intenso trabajo sino la capacidad de renovación constante, porque es imprescindible ofrecer nuevas formas de ver las mismas cosas para reescribirnos y resignificarnos.”
Tes Nehuén
Debo confesar que este vistazo lo hago como observador ubicado a cierta distancia de los acontecimientos y no como participante activo del mundo literario panameño. Pienso que esa condición es en realidad una ventaja, me gusta creer que un poco de aislamiento voluntario es un bono a favor de mi objetiva neutralidad. Y precisamente, en nombre de esa equidistancia, más que mencionar autores y libros, quiero hablar de los procesos sufridos por la literatura panameña a partir de la Invasión de Panamá de 1989.
¿Por qué a partir de la Invasión del 89? Porque en esa fecha aconteció algo parecido a lo ocurrido con el impacto de un enorme asteroide que recibió nuestro planeta hace 65 millones de años: unas especies desaparecieron y otras florecieron. ¡Adiós dinosaurios! ¡Bienvenidos paquidermos!
Recuerdo que mi primer paso en serio para convertirme en escritor, fue asistir a un taller literario, bueno, en realidad concurrí a un seminario taller y consumado el mismo, los asistentes fundamos un taller literario. Me explico. Un seminario taller es un curso con inicio y final programados; un taller es un espacio que aspira a la permanencia donde sus miembros se perfeccionan en el oficio literario, con o sin la guía de un maestro, con o sin cierta mística propia.
Inmediatamente después del retiro de las tropas invasoras, cuando las calles panameñas quedaron libres de los carros blindados y las tanquetas, una de las primeras manifestaciones del resurgir de nuestro deshecho mundo literario fue el taller literario. En realidad, fueron dos, Umbral Editores y José Martí, el primero de narrativa y el segundo de poesía.
La mayoría de los escritores y las escritoras surgidos a la luz pública en el primer quinquenio de la última década del siglo pasado, eventualmente pasó por alguno de esos talleres. Pero espacios de ese tipo desaparecieron. ¿Qué ocurrió? Pues casi nada. Se impuso el espíritu individualista del panameño promedio.
Sostengo que en Panamá hay tres problemas que dificultan el desarrollo de proyectos culturales. El tercero en magnitud es conseguir recursos económicos; en general, se piensa que la cultura y el arte no ameritan gastos ni inversión. El segundo, es el disponer de logística: salones de reuniones, sistemas de audio y sonido. Pero estos dos problemas son mínimos comparados con el primero en magnitud: el lograr formar equipos de trabajo eficaces y exitosos. En un grupo de tres personas, dos son gobierno y uno es oposición.
Pienso que esa es la razón por la cual los talleres literarios desaparecieron y fueron reemplazados por seminarios talleres que necesitan menos trabajo en equipo. Hoy, además de seminarios talleres, en Panamá hay un par de diplomados a nivel universitario.
En la segunda mitad de la década de los noventas del siglo pasado tomaron auge los círculos de lectura. Uno en particular, el CLEC-USMA (Círculo de lectura de la Universidad Santa María la Antigua), llegó a tener tanto apogeo que la comunidad de escritores panameña se afanaba porque sus obras fuesen leídas y comentadas en sus reuniones. Dichos cometarios eran publicados en un discreto desplegado. Pronto dicho círculo de lectura pasó a presentar en acto público los más recientes libros impresos, tanto los nacionales como los importados. No extrañó para nada que algunos de sus miembros terminasen convertidos en escritores. El CLEC-USMA evolucionó al actual círculo de lectura Guillermo Andreve.
Por su tenacidad, es digno de mención el círculo de lectura Extramuros de la Universidad de Panamá. En este siglo nació el movimiento Siembra de Lectores que es una especie de federación de este tipo de agrupaciones. También el estado panameño, al promulgar una ley que promueve la lectura organizada en colegios y establecimientos públicos, contribuyó a que los círculos de lectura, no los talleres literarios, hoy por hoy, sean las asociaciones literarias más sanas y pujantes de Panamá, un país que a ratos se ufana de ser un país no lector, una nación que a veces dice en voz alta que apenas si osa leer el programa semanal de las carreras de caballo.
Al medio día del 31 de diciembre de 1999 regresó a señorío panameño el territorio que fue conocido como Zona del Canal. En ese mismo instante se cumplió la consigna: Un solo territorio, una sola bandera. Y al cumplirse ya no tuvo más razón de ser.
Un número importante de obras de la literatura panameña del siglo XX tuvo como tema la recuperación de esa parte del terruño nacional; la soberanía era la religión que unía a los panameños, desconozco la existencia de obras literarias, en cualquier género, que defendiesen la permanencia estadounidense en la Zona del Canal, de existir no alcanzaron mayor relevancia.
Pero ya el canal es panameño y para un pueblo acostumbrado a olvidar su historia, no tiene mayor sentido escribir sobre una cerca que dividía al país; sobre niños que no podían cosechar los mangos que se perdían putrefactos, todo porque estaba prohibido a los panameños disfrutar de su sabor. Y con el cumplimiento de la consigna que animó a la literatura del siglo XX, la literatura del siglo XXI perdió el norte y la razón para ser un corpus cohesionado; pasó del discurso colectivo a la razón individual. Y eso no es más que un síntoma que se hace evidente en la literatura, pero que es una enfermedad nacional.
¿Acaso es que no hay problemas? Claro que los hay, lo que no existe es un proyecto de sociedad aupado por las fuerzas vivas de la nación y cuyo discurso sea articulado por los escritores y las escritoras panameñas.
Un connotado comunista panameño afirmó que la democratización de Panamá debía ser la nueva bandera que nos uniera a todos y a todas. Pero quien se impuso en mi patria fue la egocracia y ella es más motivo de descomposición que de unión y arreglo. Y ese síntoma se refleja en el mundillo literario, tanto, que parece imposible organizar un gremio de escritores y escritoras.
Todos nos quejamos de la crisis económica que nos agobia. Que si esto no se puede hacer, es por culpa de la crisis; que si aquello no resultó, es porque la crisis no lo permitió. Pero resulta que la crisis económica tuvo un efecto que podríamos calificar de positivo en la literatura panameña. Las imprentas fueron perdiendo sus mercados tradicionales, lo cual las empujó a bajar los precios de impresión de libros y así apostar al volumen de títulos impresos.
En Panamá escasean las editoriales, pero cualquier escritor se puede auto publicar. Basta con hacer un arreglo de pago. La calidad de la literatura panameña está en mayor parte en manos de los mismos escritores y escritoras. ¿Significa eso menor calidad? No necesariamente. La auto-publicación plantea al escritor y la escritora un problema de ética profesional que, en el caso de Panamá, divide a la comunidad literaria entre quienes se afanan por publicar en cantidad y quienes se preocupan por la calidad. Demasía y excelencia, desierto lleno de espejismos y valle repleto de piedras preciosas. Este aprieto también atañe a los críticos literarios y, por supuesto, al lector.
A partir de aquel diciembre, ese que parece queremos olvidar, los paradigmas que regían la literatura panameña fueron reemplazados por otros. Por ejemplo, la crítica literaria evolucionó desde la glosa cuyo objetivo era desalentar al mal escribidor y alejarlo de las publicaciones, hasta el comentario inclusivo y estimulante que da la bienvenida al nuevo libro. De acuerdo a este último modelo, basta con no comentar el libro que se considera de mala calidad, el silencio es suficiente castigo. El problema de esta estrategia es lo dicho en el famoso refrán: El que calla otorga. Si puede haber imprecaciones innecesarias, también puede haber silencios cómplices.
Por suerte, las falencias en la crítica han mantenido al mundillo literario panameño bastante libre de dictadores sedientos de imponer sus dogmas. Las sectas y capillas, cuando las hay, son canijas y efímeras. Ahora bien, nunca he visto que una crítica adversa aleje a los lectores de los libros, pero sí he visto que la patanería del autor los aparta de las librerías.
Otros paradigmas, también, fueron reemplazados. En pocos años pasamos de depender editorialmente del estado, a la publicación sostenida por la gestión particular; de la necesidad del espaldarazo dado por el escritor consagrado al novel literato, al lanzamiento, audaz y autónomo, a la palestra pública. Y los cambios siguen y se sostienen. A nivel mundial hay un florecimiento de los festivales de poesía y son los nuevos y las nuevas poetas quienes asisten a ellos y sin pedirle permiso a nadie.
No toda la tradición ha sido descartada. Siguen vigentes los mecanismos habituales para lograr algún tipo de reconocimiento: ganar concursos, publicar libros que reciban críticas positivas, asistir a congresos y ferias del libro; pero hoy pesa más que nunca la filosofía del libro mejor vendido. Las ventas en colegios y universidades están muy bien organizadas y, por ende, son exitosas. Eso no significa que un libro muy vendido gracias la obligatoriedad de una nota o calificación, sea un gran libro. Pienso que por eso los premios siguen siendo la joya más brillante de la corona de la consagración. Sobre todo el Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró. Pero ni ventas ni laureles pueden reemplazar al gran magistrado: el tiempo.
En la mitología griega, el titán Cronos tenía la costumbre de engullir a sus hijos. Y así lo hizo hasta que Zeus lo enfrento y lo destronó. Igualmente, quien quiera ganarse el título de escritor o escritora debe imitar al dios rey del Olimpo, debe enfrentar y vencer al tiempo.
Recuerdo que cuando comencé mi caminar en el oficio de escritor, que por cierto lo hice publicando un apresurado conjunto de cuentos a la primera oportunidad que tuve, mi mayor deseo era rozarme con la totalidad de la comunidad literaria de mi país. Hoy en día sé que este oficio no se trata de cuantas amistades tenga en el mundillo literario, se trata de escribir una obra que de la cara por mí y que resista los zarpazos de Cronos.
Además de la calidad, a mi modo de ver, para que una buena obra no desaparezca en el tubo digestivo de Cronos, es oportuno cumplir con otras tres condiciones. La primera de ellas es la resistencia del autor. Este oficio es una maratón, no una carrera de cien metros; no es velocidad, es capacidad de sostener el paso. Se trata de trabajar y no de estar dando excusas.  Persistir en la lectura, en el oficio de escribir y en la disciplina de tachar. Leer, escribir y tachar. Leer, escribir y tachar. Per secula seculorum.
Para cumplir con la segunda condición, es preciso involucrarse en la promoción de la propia obra literaria. Escritores internacionalmente consagrados, con un nombre que los precede, están directamente comprometidos con la promoción de sus obras. No entregar la obra al público convierte al acto creativo en mera terapia ocupacional y no meterse de lleno en dicha entrega es una simple pose esnobista. El Internet ha impuesto nuevas reglas y lo ha hecho exitosamente, ya nadie tiene excusa de no poder involucrarse en la promoción de su propia literatura.
No abundan los escritores que cumplan la última condición, pero aquellos que la asumen le dan decoro al oficio. Y hablo de los que guardan especial lealtad a su pueblo y a los pueblos del mundo, los que van más allá del juego del yo-yo y tocan las profundas fibras de la patria pequeña y de la patria grande. Estos escritores, los escritores comprometidos, no sólo prometen, se meten en la vida. Se solidarizan con ella, se sueldan a su andamiaje.
Panamá es afortunada, tiene un puñado de escritores veteranos y noveles con obras de calidad que cumplen estas tres condiciones. No son todos, sólo unos cuantos, unos cuantos que valen su peso en oro. No llenan un directorio, sí una página trascendental.
¿Qué cómo veo a las letras panameñas desde mi equidistante puesto de vigilancia? Las veo bregar. Bueno, por lo menos a parte de ellas, ya lo dije.
Cada cierto tiempo aparece una nutrida camada de escritores y escritoras, pero no mucho después, el grueso de ese grupo desaparece de la escena literaria. Sin embargo, los tercos y las tercas se quedan a bregar y dejan huellas en la literatura, en la historia de la literatura, en la historia de la patria. Hay promotores literarios panameños que interpretan como positivo la gran cantidad de escritores panameños que cada año salen a la palestra con un nuevo libro, en mi opinión lo positivo consiste que sólo unos cuantos sobreviven el paso del tiempo y que lo hacen con libros que pueden dar la cara por el país en cualquier punto del orbe.
En todas partes debe ser igual. Lo particular de Panamá es que mi patria es tierra de boxeadores y comerciantes, no de literatos. Por esa razón, los escritores tercos, las escritoras tercas de Panamá pertenecen al mejor linaje de Zeus. No mencioné ninguno de sus nombres, pero me imagino que ustedes ya los conocen, y como los conocen lo más probable es que coincidan  conmigo: ellas y ellos no serán ingeridos por el Titán Cronos, ¿verdad? 
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