domingo, 13 de abril de 2014

UN SABIO ES MÁS QUE UN ERUDITO

Gato arbóreo

“Belleza más piedad: eso es lo más cerca que podemos llegar a una definición de arte. Donde hay belleza hay piedad, por la simple razón de que la belleza debe morir.”
Vladimir Nabokov
Todo sabio tiene erudición, pero no todo erudito posee sabiduría. Alguna vez me he topado con personas que no saben escribir un soneto, ni conocen del Big bang y sin embargo, al abrir su boca de ella salen las palabras que demuestran a saciedad su sabiduría. Otras veces he escuchado a otras gentes que explican muy bien la métrica del soneto y la secuencia de la Gran Explosión, pero cuando terminan su intervención siento que nada ha ocurrido.
Y es que precisamente de eso se trata, en eso estriba la diferencia, cuando se entra en contacto con un sabio algo ocurre y ese algo que ocurre es bueno, y ese algo que ocurre lo convierte a uno en un ser bueno. No voy a entrar a definir quien es el bueno, pero esa es la sensación final que tiene el sabio sobre sus escuchas o lectores. Un erudito puede dejar el asombro de estar frente a una biblioteca andante o la Wikipedia encarnada. El sabio es vida, el erudito solamente es memoria.
Un sabio es una piedra de tropiezo, un provocador; el sabio despierta el miedo. El miedo de quedar al descubierto, de que los otros sepan que mi estilo de vida no tiene nada de extraordinario, o lo peor, que yo lo sepa. También ocurre el fenómeno en dirección contraria, el sabio me convence de lo extraordinario de mi vida.

Un erudito, hasta cierto punto, tranquiliza; con cada derrame de verborrea me admiro, pero es una admiración que no me cuestiona, que no me alienta a crecer. En cualquier sentido que se interpreten las palabras del erudito siempre ha de acontecer lo mismo: nada.
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