domingo, 20 de abril de 2014

REFLEXIONES COMPARTIDAS CON UN COMPADRE

Gato posando

“Una vida equilibrada no es utópica; es una vida de sabiduría, libre de mediocridad.” Ramin Jahanbegloo
Estimado compadre, ante todo, mis saludos fraternos a tu persona, tu familia y en especial, a mi ahijada, la traviesa de la casa. Te escribo para compartirte mis últimas andanzas intelectuales. En estos días estoy sumergido en terribles y maravillosas reflexiones, mis neuronas se han concentrado en resolver ciertos dilemas que tienen años preocupándome. Siento que he llegado a conclusiones valiosas. ¿Qué mejor que compartirlas con un buen amigo? Pienso que por fin entendí como el supuesto éxito dentro de esta sociedad que nos toca vivir y sufrir, convierte al exitoso en un ser dependiente. Por supuesto, también comprendí otro enfoque del triunfo.
Hace un par de años otro amigo me dijo la siguiente frase: Andamos escribiendo nuestras autobiografías. Entonces, en teoría, el éxito y el fracaso deberían estar justificados por aquello que queda registrado en dicha autobiografía. No es así. No, no lo es.
El supuesto éxito social no depende de lo objetivamente registrado en la autobiografía mencionada, más bien, está sujeto a la subjetiva mirada de los auto-erigidos otorgadores del título de ganador, el éxito es lo que ellos puedan leer y apreciar. Y ellos sólo pueden leer aquello que sus anteojos les permiten apreciar. Esos lentes no están hechos de carey, sino de ideas. Y lamentablemente, el objetivo de esas ideas es discriminar al otro. Hacerlo sentir inferior.
¿Cuáles son los criterios que utilizan estos personajes para decidir quién es el triunfador? Ellos tienen muchos discursos que explican lo complicado del asunto; se supone que es tan peliagudo, que más nadie es capaz de llevar adelante dicha misión.
En realidad, la cuestión no es tan enmarañada. Esas eminencias le dan el título de exitosa a la gente semejante a ellos. A quienes comparten su visión del establecimiento social. A los que sirven para reproducir el poder institucionalizado.
El poder encandila y deslumbra, marea y desenmascara. Es atractivo ser bendecido por el poder y es mucho más atractivo descartar a todo aquel que no goce de la aprobación del poder institucionalizado. Los sacerdotes y adoradores del becerro dorado son legión y son implacables con los herejes. El exitoso gozará del triunfo en tanto sea visto por los otorgadores de títulos como afanado defensor irrestricto del poder institucionalizado y eso incluye hacer sentir perdedor al otro. De lo contrario será excluido, marginado, olvidado; el infierno social en vida.
Las religiones, la familia, la educación y los medios de comunicación nos imponen, con los métodos que sean necesarios, usar los anteojos que nos impiden ver otro tipo de éxito. Así las cosas, en nombre del aplauso, se ve de lo más normal asociar el renombre a entregar la vida a los que realmente se benefician del poder institucional.
Pero compadre, te dije que también había comprendido otro enfoque del éxito. Voy a dar un extraño rodeo. Biológicamente hablando, las cucarachas no son menos evolucionadas que los humanos, ellas tienen muchos más millones de años habitando el planeta y, al parecer, aquí seguirán después que hayamos desaparecido incinerados por una conflagración nuclear. Su evolución fue y es exitosa, pudieron y pueden sobrevivir a los cambios ambientales provocados por un cataclismo natural o por la depredación humana. La cucaracha no necesita que alguien le otorgue el título de triunfadora, ella simplemente lo es.
La gracia de la evolución es que los organismos persistan e interactúen en el medio ambiente. ¿Será lo  mismo en la sociedad humana? ¿Será que el éxito de los hombres y de las mujeres consiste en desarrollar su capacidad de adaptarse a los cambios? Y sobre todo, ¿de sobrevivir a las veces que se falla en esa adaptación, para así volver a intentarlo?
Las cucarachas junto al resto de los organismos que cohabitan un ecosistema logran hacerlo gracias a que establecen un equilibrio dinámico entre los factores bióticos y los abióticos, entre los seres vivos y los elementos inanimados del ambiente (luz, agua, suelo, aire). En un equilibrio dinámico hay crestas y valles, subidas y bajadas, ganancias y pérdidas; dicha secuencia es la supervivencia. Un día soleado seguido de otro de lluvias. En dicho equilibrio no hay un espécimen o elemento inanimado más importante que otro, la ausencia de cualquier componente afecta la totalidad del hábitat.
Eso mismo debería ocurrir en una sociedad verdaderamente democrática, pero como las civilizaciones no se fundaron para el bienestar general, sino para el enriquecimiento de las minorías, en las sociedades humanas si hay individuos y sectores de la población desechables. En las sociedades humanas todo está dirigido a beneficiar a las elites, hasta el concepto de éxito.
El enfoque que te menciono es bastante simple, pero no por ello fácil de asumir. Desde esta perspectiva el individuo se adapta a los cambios sociales, a veces para ganar bienestar, a veces para sobrevivir y esperar la siguiente oportunidad, pero nunca para únicamente seguir respirando un aire miserable y esperar el siguiente capricho del poder institucionalizado. Aunque sería tema de otro artículo, aquí cabe la reflexión sobre que es lo utópico: resistir a las elites desde la transformación individual o hacer la revolución social que les arrebate su imperio.
Una sociedad humana dinámicamente equilibrada es saludable. Salud no es sólo ausencia de enfermedad. Un individuo sano no sólo no está enfermo, también está satisfecho. Y lo está por su capacidad de fluir en los vaivenes que conllevan la diaria convivencia. Sabe muy bien que después de toda alegría, tarde o temprano vendrá una tristeza. Lo contrario también vale.
Sabe que su salud individual es directamente proporcional a la salud de su comunidad; así que procura ser parte de la solución y no del problema social. Un individuo sano es un individuo exitoso porque logra persistir en la sociedad e interactúa con ella.

Quien goza de salud no acepta aplausos a cambio de declararse siervo de las minorías. Sus éxitos o fracasos son los registrados en su autobiografía y no lo determinado por los lacayos del poder institucionalizado. Hasta aquí mis reflexiones, se cuida compadre.
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