jueves, 12 de septiembre de 2013

LA ÉTICA DE LA AURORA


“No se puede encontrar la paz evitando la vida.”
Virginia Wolf
Escucho a muchos amigos decir que la felicidad no existe, que a lo sumo hay instantes de alegría intercalados entre momentos tristes. Pero ¿y si la felicidad es algo más que estar alegre?
La vieja canción del payaso que, a pesar de las risas, vive con el corazón roto resume la vida de muchos mortales. La felicidad parece escasear porque se le reduce a un sentimiento grato que no puede ser permanente de forma natural. Las drogas terminan por convertirse en una prolongada, si es que no es eterna, condenación. La felicidad no es una emoción.
La ética estudia las obligaciones morales del ser humano. ¡Y nuestra sociedad está llena de obligaciones! Tenemos que ser infantes bien portados, buenos estudiantes, profesionales exitosos, magníficos cónyuges, excelentes padres, abuelos bondadosos y, finalmente, cadáveres fáciles de maquillar. Si te fijas, nunca se nos dice que estamos obligados a ser felices, que la sociedad tiene la obligación con nosotros de enseñarnos a buscar, hallar y sostener nuestra felicidad; más bien se nos inculca que hay que comprar un billete de lotería, para ver si le pegamos al gordo y así gozar de la felicidad, por lo menos durante algún tiempo.
Cada día viene con su amanecer. En cada aurora la luz estalla y las sombras huyen. Después de las horas de oscuridad, todo parece renovarse. ¿Y si así funciona la vida? ¿Y si la gracia de todo es vivir en periódica renovación? ¿Y sí lo que ocurre es que desconocemos como hacer estallar los fulgores y espantar a las oscuridades? ¿Y si nuestra gran obligación es aprender a ser feliz y compartir la felicidad? Aprender a ser feliz y compartir la felicidad. Pienso que ese es el fin que debe tener la ética. Lo demás, solamente, es lo demás.
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