domingo, 14 de agosto de 2011

ENTRE LA MISERIA Y LA SABIDURÍA


Una orquídea aconseja a un cactus (Dece Ereo, Panamá)

"Podemos cambiar rosas por clavos, por espinas; o peor aún, permutar hombres por esbirros."
Aminta Martínez       

La ignorancia es directamente proporcional al conocimiento adquirido. Por ejemplo, si comprendo el concepto célula biológica, descubro que desconozco la definición de procariota y eucariota. Es decir que mientras más conozco, más conozco lo que ignoro.

El ser ignorante no es una catástrofe. Se puede ser cosas peores. Por ejemplo, un idiota que ni siquiera sospecha su propia ignorancia. Si le permitimos crecer a nuestra idiotez, nos convertiremos en necios defensores del analfabetismo funcional. Y si insistimos en ser estúpidos, involucionaremos a lo peor de lo peor: a miserables que no soportan que alguien busque la luz.

Ser ignorantes no es una calamidad. A partir del reconocimiento de nuestra ignorancia, nos convertimos en personas inquietas que buscan el conocimiento. De persistir en nuestra búsqueda, alcanzaremos grados importantes de erudición; nadie podrá echarnos cuentos en aquel tema que hemos estudiado. Con el tiempo, seremos generadores de conocimiento, seremos sabios. Ser sabio es alcanzar la felicidad por medio de la cultura.

Sabiduría y felicidad. Miseria y desdicha. Dos caminos que en un mundo ideal deberíamos poder decidir libremente cual seguir. Una decisión y listo. Pero no es tan fácil el asunto. La constante repetición de que somos pecadores o cosa inútil nos ha ido reduciendo el horizonte y alejándonos del cielo, y hemos aceptado convertirnos en muebles cuyo único destino es cargar con el peso de otros. No hay tiempo para filosofar, tampoco para ser feliz. Tenemos que contentarnos con trabajar y esperar la jubilación. Pero, ¿y sí la vida es algo más? ¿y sí es posible filosofar sin un doctorado universitario? Tal vez la felicidad está más cerca de lo que creemos.
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