domingo, 19 de diciembre de 2010

LA DEMOCRACIA, LA BELLEZA Y EL CRITICAR

“Mi papel consiste en enseñar a la gente que son mucho más libres de lo que se sienten…Cambiar algo en el espíritu de la gente: ése es el papel del intelectual.”
Michel Foucault


Hay que democratizar a la belleza. Crear una política de la cultura, o más bien una cultura política, donde el ciudadano común y silvestre participe en todas aquellas actividades artísticas que, precisamente, por muchos siglos se le han negado.


¿Y quién hace ese milagro? Dificulto que un gobierno preocupado por implementar la ley Homero Simpson: te convierto en idiota para que ni te des cuenta de que te estoy arruinando la vida, tenga en sus planes llevarle arte al grueso de la población. ¿Entonces quién? Quizás tendrán que ser los mismos artistas, tal vez deberán encabezar movimientos mayúsculos de aficionados al arte. Pero ¿los artistas no tienen fama de tener sus egos inflados?


De repente, hay que cambiar el modo de pensar; no es llevarle arte a la gente, es convertir a la gente en productores de cultura y que abandonen el papel de ser meros consumidores. Puede ser que los jóvenes así ocupados, no tengan tiempo de realizar actos violentos.


¿Y qué? ¿Nos olvidamos de exigirle al gobierno? ¡Qué no! Pero no podemos olvidar que la democracia es más que votar por un gobierno para luego estar pidiéndole favores. Es inventarse como participar en la sociedad; así, como meros civiles; porque si nos ponemos a esperar las respuestas de los políticos, mejor nos sentamos bien cómodos, porque la espera va a ser larga.


Todos los seres humanos somos capaces de crear cultura. Y lo hacemos todos los días. Por ejemplo, nuestras cocinas son centros culturales, ¿o es que un jamaicano usa las mismas especias que un chino? ¿Qué estoy soñando? Pues será mejor que comencemos a preocuparnos por cuidar lo bello de este planeta, porque sino un buen día vamos a despertar en el infierno.

“La cultura, como la historia, es un fenómeno en evolución, ligada a la realidad económica y social del medio.”


Amílcar Cabral


Las mujeres y los hombres dedicados a hacer arte, ¿tienen alguna responsabilidad con las sociedades donde les toca vivir? Y si la tienen, ¿en qué consiste? Pienso que un artista puede tener uno de los siguientes cuatro comportamientos ante la comunidad.


El primero es el de enamorarse de su propia obra y vivir en función de ese enamoramiento. Su compromiso se reduce a resolver el problema estético que implica crear una obra de arte. El compromiso de este artista llega hasta la creación de su obra. Quizás le interese la opinión de otros artistas y de los críticos especializados.


El segundo comportamiento es el de halagar a los poderosos de turno. Este artista, luego de crear su obra, se preocupa por darla a conocer entre la gente con dinero y poder político. También tenemos a los contestatarios, que viven en permanente conflicto con la sociedad.


Por último, tenemos a los artistas interesados en crear estructuras sociales que favorezcan, no sólo el poder apreciar el arte, su arte, sino la sana convivencia del público con el artista. Estos creadores comprenden que el acceso a la cultura no es un problema artístico, es político.


En nuestras sociedades, las supuestas sociedades en desarrollo, hacer arte con la intención de usar la obra como excusa para pensar y dialogar, es una labor revolucionaria. Es comenzar a romper con los procesos subdesarrollantes, con la dependencia cultural y, ¿por qué no?, con la política de enajenación y violencia que nos toca sufrir cada día.


Una obra de arte es una nueva visión del mundo donde se vive, y si esa visión se somete a la discusión, al final el mundo donde vivimos es el sometido al debate. ¿No es eso la democracia?


“Es la poesía la que hace política, no la política la que hace poesía”.


Luís Cardoza y Aragón


¿Qué es un intelectual? Es un ser humano, sea hombre o mujer, preocupado por buscar el entendimiento del mundo. Ese uso de la mente va desde el pensamiento más abstracto (La paradoja de Schrödinger), a reflexiones concretas sobre la violencia juvenil en el istmo centroamericano.


Pienso que la función del intelectual es valorar el mundo y transmitir tal valoración a la población. Los pensadores no nos indican que pensar, nos señalan que el acto de pensar es necesario. A más actividad crítica entre los intelectuales, más pensamiento crítico en la sociedad. El pensamiento crítico es fundamental para el desarrollo de la buena convivencia de los pueblos. Y no hay crítica constructiva o destructiva; la crítica o está bien hecha o mal elaborada.


Pero ocurre que nuestro medio está repleto de seudo-pensadores perezosos que repiten las opiniones ajenas, y encima lo hacen con un discurso pedante, que sólo sirve para defender a la idiotez y a la necedad y, finalmente, termina promoviendo la miseria humana.


¿Por qué ocurre esto? Eso le ocurre a todo individuo que deje de observar el mundo y se dedique únicamente a verse el ombligo. Observar el mundo, no excluye el observarse uno mismo; al fin y al cabo uno es parte del mundo. Sin embargo, el trabajo intelectual necesita tener cerca a la honestidad y alejarse de los narcisismos.


En Panamá hubo un escritor llamado Joaquín beleño, que escribió una magnifica trilogía de novelas: Gamboa Road Gang, Curundú Line y Luna Verde. Estas obras literarias, me imagino, nacieron aupadas por el dolor del autor de saberse ciudadano de un país ocupado por tropas y leyes extranjeras. Observar ese malestar, en este caso, fue observar a Panamá. Estas novelas fueron una crítica que hizo pensar en la patria a todos aquellos que las leímos. ¿No es eso la democracia?
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