domingo, 5 de diciembre de 2010

DE LA ÉTICA

“No se trata de sufrir cuando se escribe, sino de liberarse escribiendo.”
Mario Roberto Morales


Tengo el gusto y también el disgusto de conocer a algunos poetas. Sí, dije gusto y disgusto. Es que, al fin y al cabo, los poetas son seres humanos y no monedas de oro. A pesar de que algunos se creen dioses, todos son susceptibles de cometer aciertos y desaciertos, como cualquier Homo sapiens sapiens común y corriente.


No por gusto el poeta Saúl Ibargoyen tiene un verso donde declara que los poetas también orinan. Bueno, esa no es la palabra que usa, pero no quiero poner en problemas al señor corrector del periódico. Los pequeños dioses sólo en el Olimpo y ya la modernidad desalojó a sus inquilinos.


A algunos les atormenta y les reconforta escribir. A la vez. Los llamo las paradojas andantes. ¿Sus razones? No las sé. Lo que sí me imagino es que vivir así debe ser una vida muy estresante. Otros son académicos puros, escriben para minorías, y buscan la aprobación de las élites para validarse. Otros son trota festivales. No fallan un congreso y de tantos encuentros, están sumamente encontrados. Los hay quienes viven intensamente y traducen a obras literarias el producto de sus derrames de adrenalina. Estos por lo menos contribuyen con la economía nacional, por lo menos con su industria licorera.


A pesar de que sospecho de algunos plagios, no conozco a ningún poeta o escritor que celebre el haber plagiado alguna obra ajena. Es más, estoy seguro que al plagiador comprobado sólo le esperará el desprecio y la burla de los iguales literatos. Conozco una gran variedad de poetas, sí, con gustos y estilos muy diferentes, pero a todas ellos el plagio les despierta una ira visceral. Plagiar es traicionar. Es besar la obra del colega y entregarla a los legionarios de la falsedad.


Sin embargo, sé de quienes sí aceptan haber tomado una idea y formatearla con su propio estilo. Es más, grandes escritores de la historia lo han hecho. ¿Eso es plagiar?

“El educador mediocre habla; el buen educador explica; el educador superior demuestra; el gran educador inspira”.


William Arthur Ward


¿Cómo anda la educación en Panamá? ¡Adivinen! Voy a dar un rodeo para contestar algo que me imagino ya adivinaron. Me gradué de secundaría en 1978, hace 32 años, y cuando ingresé a la Universidad de Panamá, el profesor de matemáticas nos dijo: Para estar sentados en esta aula deben conocer y dominar el cálculo diferencial y la geometría plana. ¡Jamás en mi vida había escuchado tales palabras! ¡Ah! Por cierto, el acto de mi graduación fue en enero de 1979, ya que fue pospuesta por una huelga de docentes que hubo. Al año siguiente, fue la gran huelga magisterial que culminó con la derogación de la reforma educativa acusada de comunista. Desde entonces hay un vacío en la filosofía, la currícula, y los objetivos de la educación panameña… ¡Y eso es una realidad hasta la fecha!


Así es, la educación panameña anda mal. Ministros y ministras van, ministros y ministras vienen, todos con sus respectivos antagónicos dirigentes magisteriales, y el pantano allí. En lo personal, no creo que un problema que tiene más tres décadas de existencia se pueda resolver en menos de cuatro décadas. Se podría pensar que soy un total pesimista, pero no es así, al contrario. Tengo mis esperanzas cifradas en que poco a poco unos cuantos docentes van a hacer la diferencia. ¿Qué? ¿El problema de 800 mil estudiantes lo pueden resolver menos del centenar de docentes?


Soy un convencido de que si la humanidad ha progresado es debido al tesón de una élite generosa que la ha inspirado a progresar. A ellos, un poeta alemán los llamó: imprescindibles. Los que luchan toda la vida por sus ideales. La educación panameña está sedienta de imprescindibles. Educadores que vinculen la escuela con la vida real y no con un remero de papeles ajados y amarillentos. Aquel que no acepte ser un imprescindible, que les abra paso y los deje trabajar. ¿Verdad?


“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”.


Albert Camus


Hace unos años, en su lecho de muerte, el profesor Ricardo Segura me obsequió estas palabras: “Ve y demuéstrales”. A pocas horas de partir, aún tuvo ánimos para alentarme. Hace un año, me pidieron hablar en el sepelio de un amigo, no pude, las lágrimas no me lo permitieron; a uno de los presentes no le agradó mi reacción al dolor. Como ya conozco al fulano, sé que aunque yo hubiese hablado perfecto, él de todas formas se hubiese enojado.


¿Por qué la diferencia? Simple, Ricardo era mi amigo, el enojado no lo es. Saber la diferencia entre quien es nuestro amigo y quien no lo es, es esencial para la sana convivencia y para la felicidad. La amistad tiene sus condiciones, son las mismas desde hace mucho tiempo.


Estamos en tiempos donde es muy fácil intercambiar información, pero no necesariamente la comunicación ha mejorado. Sigue igual de complicada que hace siglos. ¡Y para ser amigo se necesita de la franca y abierta comunicación! No es el Internet quien complica a la comunicación, es el insistir en tratar al otro como inferior, como ídolo o como cosa. Preferir el cumplimiento de principios ideológicos, por encima del compartir entre iguales.


La comunicación entre amigos implica estar más dispuesto a escuchar que a hablar. Por eso se dice que el amigo nos acepta tal cual somos, pues es capaz de escucharnos sin condenarnos. Esa condición hace que sea posible ser transparente ante los amigos, es decir, honesto. Pero, ser honesto con el amigo hace obligatorio ser honesto con uno mismo. Allí es cuando la puerca tuerce el rabo.


Por último, la comunicación entre amigos conlleva dos cosas: la preocupación por el amigo y la alegría de estar cerca de él. ¿Ya ves por qué el enojado nunca podrá ser mi amigo?
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