domingo, 14 de noviembre de 2010

¡QUÉ AFÁN!

“Las palabras no son inocentes: delatan la manera en que alguien interpreta el mundo…De ahí que desde una cosmovisión «muerta» sólo puedan aflorar palabras igualmente muertas.”



Luis Alvarenga


Si dos personas de edad avanzada se reúnen, se afanan en contarse sus enfermedades y achaques. Si hay un conclave internacional, del tema que sea, sus participantes se apurarán en buscar la ocasión para contar cuán corruptos son sus países de origen. Si un grupo de jóvenes se juntan, no tardarán en competir y el ganador será aquel que fue más maltratado por sus padres.


Por supuesto que estoy exagerando, lamentablemente, no es muy grande mi exageración. Vivimos sumergidos en una eterna olimpiada de la desgracia. ¿Qué estamos en tiempos de crisis? Claro que lo estamos. Pero si nuestra miseria es tan grande, ¿por qué no hay suicidios en masa a diario? De repente, sí estamos anegados por un mar de infortunios, y sí nos estamos suicidando. Hay tantos absurdos a diario, que, tal vez, sí es necesaria la terapia de contarse los infortunios. Sin embargo, ¿es la única terapia?


La cultura de la queja, del llorar sin hacer nada más que derramar lágrimas, no sólo nos deprime como individuos, también nos deprime como sociedad. Tal vez por eso no contemplamos solución posible a la maraña que nos tiene enredados, tal vez por eso cuando algún osado se atreve a proponer una respuesta a algún problema específico, lo miramos con recelo y le hablamos con mucho más recelo. Un no se puede nos tiene atorada la vida.


Cada vez que me preguntan cómo estoy, suelo contestar estoy vivo. Muchos no me captan el mensaje, creen que para estar vivo basta respirar. Pero no es así. Estar vivo es vivir plenamente. Responder con un “estoy vivo” es una declaración pública de rechazo a existir como existen los vegetales. Es dejar atrás la cultura de la queja. Quizás así comencemos a salir de la crisis.
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