domingo, 21 de noviembre de 2010

20 AÑOS SON UN MONTÓN DE INSTANTES, MEDIO SIGLO TAMBIÉN

“Busquen en la crítica la solución. No el conflicto.”



Henrie Petrie


Hace más de treinta años (en 1974), en un salón de clases del colegio Pinate, donde ahora laboro, atrapado entre la angustia de ser adolescente y las clases de una profesora de español que parecía poseer una férrea vocación de terrorista, tuve el primer aviso de que algún día sería escritor. Para escapar de eso que semejaba ser una celda en la mismísima base de Guantánamo, imaginé la trama de un cuento. Pero lo escribí muchos, muchos años después, cuando no me quedaba ninguna duda de lo que soy, un escritor.


Pero no todo fue terrorismo, en las aulas del Remón Cantera tuve la oportunidad de toparme con dos maravillas de profesoras de español: Margarita Vázquez y Leticia de Pardos. Con la primera conocí a Machado cantado por Serrat y la segunda nos alentó a ser creadores. Hablo en plural, pues de esa camada también son los periodistas James Aparicio y Aquilino Ortega. Fue en las clases de Leticia (en 1978) donde escribí mi primer texto. Durante mi vida universitaria (la década de los 80), seguí escribiendo a tientas, como por instinto. Escribí los poemas más malos y perversos que el papel pudo resistir, y unos cuentos con alguna madera literaria. También fui teatrista. Y gracias a que hice teatro universitario, hoy soy escritor. Es que, por un lado, me di cuenta que el teatro se merecía a alguien con un poco más de talento que yo y por otro, esos años, los años del teatro, fueron años de convivencia con Jarl Ricardo Babot, años donde nunca Jarl me dio algún consejo, donde jamás leyó uno de mis perversos poemas; sólo nos pasamos largas horas hablando de la vida y sobre todo, de la libertad. Entre conversa y conversa, entre cerveza y cerveza, fui entendiendo y comprendiendo que es ese negocio llamado arte. Por eso, siempre voy a considerar a Jarl Ricardo mi maestro. Casi simultáneamente conocí a Herasto Reyes, quien siempre se negó a presentarme al resto del mundillo literario. Aunque nunca acabé de comprender bien sus razones, a la postre fue lo mejor, terminé de forma natural mi período instintivo, sin traumas ni acusaciones de arrimado. Los traumas y las acusaciones de arrimado vinieron después. La casa de Herasto fue mi refugio en los peores tiempos, los de la crisis, Noriega y La invasión.


En julio de 1990, a pocos meses de la invasión a Panamá, a pocas semanas del retiro de las tropas invasoras de las calles panameñas, mi madre leyó en LA PRENSA que el INAC iba a dictar un SEMINARIO TALLER DE CREACIÓN LITERARIA, supongo que ella sabía que significaría esa actividad en mi vida y por eso me lo comunicó, yo no tenía idea de que era eso de taller literario, para mí taller era el lugar donde se arreglaban carros. Lo que sí supe enseguida, es que ese taller era mi Rubicón. Y lo crucé para nunca más mirar atrás. Allí nací como escritor. Durante 4 meses viajé desde mi centro de trabajo en Ocú, hasta el Instituto Panamericano en la ciudad de Panamá. Allí conocí a Enrique Jaramillo Levi y a otros jóvenes escritores que conformaríamos lo que más tarde sería UMBRAL EDITORES. Para esa época también formé parte del COLECTIVO JOSÉ MARTÍ. Ambos, tanto UMBRAL como el JOSÉ MARTÍ, fueron etapas extraordinarias donde se cimentaron en mi persona la amistad con otros escritores y el compromiso ético y estético con el arte.


Los 90 fueron el fin de mi pre-historia como escritor y el inicio de 20 años de búsqueda en la literatura. Ese buscar incluyó lecturas, tachaduras, peleas con otros escritores (algunas de ellas memorables), frágiles alianzas, solidísimas amistades, intensas responsabilidades, viajes, recitales, publicaciones, encuentros, conferencias, festivales, dormir con los demonios, levantarse con los ángeles, preguntar, preguntar, preguntar, preguntar y preguntar. Escribir se me ha convertido en una pregunta. No me siento obligado a dar respuestas. ¿Por qué? Porque la realidad cambia más rápido de lo que me puedo percatar. Es más, últimamente estoy pensando en la conveniencia de decir algo hoy y mañana desdecirlo. ¿Inconstancia? Tal vez. ¿Falta de entusiasmo? ¡Nunca! Primero muerto que abandonar la pasión. Pero ¿Qué tal si Leoncio Obando tiene razón cuando afirmó: Tengo derecho a contradecirme?


En los noventas publiqué mis tres primeros libros: Uno de cuentos, EN LAS COSAS DEL AMOR, otro de micro relatos y poemas, SOLEDADES PARIENDO y el último de poemas eróticos, LA CANCIÓN ATREVIDA. En estas tres búsquedas me comporté como un osado experimentador sin cargo de conciencia. Y a eso me he dedicado, a ser atrevido. Cuando veo las posibilidades que hay en una página en blanco (o pantalla de ordenador, pues), nacen en mí todas las tentaciones del mundo. Soy producto de un barrio donde aún es más fácil comprar cocaína que una aspirina, de la educación panameña que tiene décadas en crisis y de la sociedad panameña que, es preciso decirlo, es una sociedad aplaudidora de la mediocridad. Y aún así, sin mayor formación literaria, la audaz imaginación, que no conoce de prohibiciones, hizo de mí un escritor. Además, tuve la suerte de toparme con personas de alta calidad, que, sin saberlo elles (elles es ellos y ellas), siempre me han señalado por donde está el camino. La lista es larga, no quisiera dejar por fuera a ninguno, mejor no menciono nombres. ¡A qué carajo! Mejor que se me olvide algún nombre, a no hacer justicia: Aurora Orobio de Robinson, Isaac Orobio, Silvana de Toscano, Margarita Vázquez, Leticia de Pardos, Manuel de Jesús Morales, Moisés Solanilla, Meregilda Shaw, José Quesada, María Santamaría, Sebastián Ponce, Nitzia Pérez, Herasto Reyes, Jarl Ricardo Babot, Enrique Jaramillo Levi, Ricardo Segura, Juan Antonio Gómez, Óscar Muñoz, Carlos Fong, Leadimiro González, Héctor Collado, Martín Testa Garibaldo, Déborah Wissel, Alex Mariscal, Lucy Cristina Chau, Consuelo Tomás, Moisés Pascual, Ramón Oviero, Luis Antonio Guardia, Lileana Pinedo, Rafael Ruiloba, Ariel Barría, Manuel Montilla, Jairo Llauradó, Rose Marie Tapia, Ricardo Quiel, Eduardo Soto, María Alejandra Sierra, Marvin García, Javier Romero, Lesbia Domínguez, Gloria Melania Rodríguez, Isabel Herrera de Taylor, Erica Harris, María Carballeda, Roberto Manzano, Henrie Petrie, Inocente Duarte, Rigoberto Aguilera, Gilberto Lee, Mario García Houdson, Salvador Medina, Cesáreo Young, Analissa Williams, Benjamín Ramón, Luis Carlos Jiménez Varela, Alexander Sánchez y hasta Leoncio Obando. La lista es más larga. Mucho más larga. Todos estos seres humanos influyeron en mí persona, en mis concepciones teóricas, en mis técnicas literarias; muchos de ellos ni siquiera se dieron cuenta que los observaba y escuchaba. De ellos aprendí que se debe hacer y como hacerlo. También que no se debe hacer. Un pequeño ejemplo, tengo un sello editorial con el cual me auto publico, se llama Casa de las Orquídeas. Martín Testa, al ver las abundantes flores cultivadas en nuestra casa por mi madre y mi hermana Dallys, me dijo: “Hermano, el nombre de tu editorial tiene que ser CASA DE LAS ORQUÍDEAS, ¿o es qué no has visto bien donde tú vives?


El nuevo siglo me encontró, como siempre, en crisis. Los años pasaban y no veía la fama y el reconocimiento. Pero en esta centuria descubrí, gracias a conversaciones que tuve con Isabel Herrera y Erica Harris, que en realidad la trascendencia no está en los ojos de los otros, sino en los propios. Esto de escribir no es una carrera contra los otros, ni siquiera contra el tiempo. Esto de escribir es una carrera contra la propia obra. El libro ya publicado es un reto al que aún no ha sido concebido, que no puede ser una repetición, que no puede ser la aplicación de una receta exitosa, que debe ser un aporte, que debe ser un nuevo escalón. La trascendencia es la búsqueda. Escribir es buscar en el mundo y en la patria íntima. Por eso los cuatro libros que publiqué en esta última década son totalmente diferentes entre sí. El primero de cuentos, VÉRTIGO (IN EGO VOLANTIS), el segundo de prosemas RESISTENCIAS (MALDICIONES AL DESPARPAJO), el tercero de artículos periodísticos HEURÍSTICAS (DEL INSTINTO AL OFICIO) y el último de poemas CONFESIONES DE UN POETA EN UNA CIUDAD QUE ODIA. Este último no tiene sub-título porque de tenerlo no hubiese quedado espacio para la foto de la portada.


Algo que descubrí en este siglo es que soy heurístico. El más huerístico de los heurísticos. Y todo fue un accidente. Fue por sentirme como vietnamita. Sí, así fue. Cuando vi la película EL SASTRE DE PANAMÁ, me sentí sumamente ofendido. Supe, entendí y comprendí como se sienten los pueblos masacrados por el imperio y que encima tienen que soportar sus películas basura. Escribí mi opinión al respecto y la difundí por el ciber espacio. Y se formó el debate. Y aún sigue. Inicialmente, los cibertículos los difundí a través de mi lista de correos electrónicos; luego fueron al diario DÍA A DÍA y por último a un blog. Me siento obligado a mencionar a tres señores. El primero Ricardo Quiel, el fue quien me sugirió que dejara de firmar los cibertículos con el título de escritor panameño y que lo hiciese con el de heurístico. Por supuesto que yo no sabía que significaba esa palabra, pero cuando leí su significado, me gustó. Me encanta pensar que soy un inventor de ideas. La segunda persona es Eduardo Soto, quien me abrió el espacio para publicar cada viernes en el diario DÍA A DÍA; eso de que me pagaran por algo que yo hacía gratis, me dio un nuevo enfoque, el de escritor profesional. La tercera persona es un lector del periódico, el pintor Inocente Duarte. Me lo encontré en el entierro de un amigo común y me dijo que él leía mis escritos, pero me preguntó: ¿por qué tienes que ser tan ampuloso al escribir? Desde esa conversa me he preocupado por decir lo que tengo que decir de una manera bella, pero sencilla.


Hoy celebro 20 años de ser escritor y medio siglo de vida. Llego a esta altura del partido con el convencimiento de que este negocio de escrivivir no se mide ni por el número de años que se celebren, ni por poseer contactos influyentes, ni con los premios recibidos, ni libros vendidos, ni si eres de izquierda o derecha, ni por el dinero guardado, ni por lo candente de los discursos pajisos dichos en los foros pajisos, ni la fama lograda, ni invitaciones a festivales internacionales, ni conferencias dadas, ni tesis que se escriban en torno a la propia obra. Todo eso no está mal, pero no miden la vida exitosa de un escritor, por lo menos no del escritor que quiero ser. Este negocio de escrivivir se mide con la intensidad de la felicidad que se genera. Escrivivo para ser feliz. No para cambiar al mundo, para evolucionar y ser feliz. No para ser aplaudido, sino para verme y ser feliz. No para llegar a la cima, sino para ser exclusivamente David. Les tengo que confesar algo. Soy el más grande de los pendejos y estoy orgulloso de serlo, porque en un mundo donde se es o aspira a ser un avivato, el pendejo es un ser marginal y por lo tanto, un ser libre, y en mi caso, libertad es sinónimo de felicidad. Las comparaciones son malas, pero hay quienes se hacen acompañar del celular, a mí me acompañan mis estruendosas carcajadas. Pero no puedo reírme si guardo silencio en esta tierra de opresores y oprimidos. Y es así porque la injusticia reina sobre nosotros, pero es la idiotez la que nos convierte en cómplices de nuestra explotación. Por eso estoy en guerra, y voy a seguir en guerra. Esta guerra me hace muy feliz. Sé que es una guerra que voy a perder, pero, pregúntenme si me importa.


Estos últimos 20 años me he dedicado a ser un hombre que ESCRIVIVE; rechazo la idea del poeta como pequeño dios, que de plano es un concepto que busca justificar el elitismo cultural. ¡Como que los poetas no defecaran! Muchas gracias por soportarme todos estos miles de instantes y celebremos la vida, la buena vida, la vida de la libertad y la solidaridad. Y sin ser candidato a puesto público les voy a hacer tres promesas, no, mentira, en realidad, me voy a hacer tres promesas, ojala los diablos rojos y el asma me permitan cumplirlas: me prometo que voy a seguir en guerra, me prometo que voy a seguir riendo con el escándalo de siempre y me prometo que voy a seguir escriviviendo. Así sea.
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