domingo, 15 de agosto de 2010

POESÍA, TAMBIÉN ERES MÍA

Luis Treville Latouche-Panamá


“Aunque hayas sido de Tobías y otras veces de Chucho, no olvides que tú también eres mía.”
César Julio González Herrera


César lanzó su proclama: la poesía también le pertenece. Mucho se ha dicho de cómo nace un poema. ¡Qué del aliento de una divinidad! ¡Qué de la disciplina! ¿Cuál será la respuesta? ¿Qué sabemos de la inspiración? La vida humana está libre del determinismo biológico; ahora somos más producto de nuestra cultura que de nuestra información genética. Hemos llegado a donde estamos gracias a nuestra capacidad de generar conocimiento y de comunicarnos ese saber unos a los otros. Somos investigadores, educadores y educandos por excelencia. Sin embargo, tal aprendizaje no siempre es conciente.


Todos los seres humanos somos sensibles y dicha sensibilidad nos permite recoger información a través de los sentidos y de la percepción. Todo ocurre sin mayor reflexión, hasta que llegado un momento especial ocurre un desbordamiento de ese conocimiento. Esa es la llamada inspiración. Pero así sólo tenemos un poema en bruto, falto de refinación. El poeta no se puede conformar. Es más, en este punto se parten las aguas. De un lado los escritores y del otro los escribidores. El poema final, la obra de arte en sí, es resultado del oficio de humano, del cultivar palabra por palabra en la página en blanco. El escribidor sólo escribe, el escritor escribe y tacha. ¡Y tacha mucho más de lo que escribe!


César Julio ha declarado que Lisy, la poesía, le pertenece. Él se la ha adueñado a punta de trabajo. Y es que la poesía le pertenece a quien se identifique con el quehacer humano. Con el éxito y el fracaso nacido del trabajo. Escribir, leer, tachar, re-escribir. De entre tales labores germina el poema. Lisy, la poesía, le pertenece a César Julio. Es suya. Él le dedicó trabajo, y se nota. Enhorabuena, la proclama de a quien le pertenece la poesía. Lisy es tuya, mi buen amigo.
Publicar un comentario