domingo, 25 de mayo de 2008

LA INTELIGENCIA INTELIGIBLE


“La selva metafórica de que hablo es siempre una claudicación de la inteligencia”.
José Antonio Marina
Mucho hablamos sobre la inteligencia. Y partimos del supuesto de que nosotros somos inteligentes. Siempre son los otros los faltos de ella. Pero en realidad, ¿qué tanto conocemos del comportamiento inteligente?
¿Quiénes son los inteligentes? En las escuelas, al educando que lleva la nota máxima de arriba abajo lo consideramos inteligente. ¿En verdad lo será? No necesariamente. De acuerdo a algunos autores especialistas, la persona con inteligencia ve más allá de lo inmediato, considera varios aspectos de la realidad al mismo tiempo y es capaz de ahondar en sus experiencias y descubrirle su sentido. Es decir, tiene una profunda y sana relación con su realidad. Y sólo conociéndola se le puede transformar.
Alguien con calificaciones sobresalientes (y sus equivalentes en la vida adulta) puede que sólo tenga una gran memoria, pero nada de una cualidad que de verdad resuelve problemas. Hablo de la creatividad, que es la capacidad de hacer surgir algo de la nada. Los altos créditos escolares y universitarios obtendrán su verdadera validación al momento de convertirse en actos creativos.
Aquí, en este punto, podría interpretarse que la inteligencia es algo que se tiene y punto. Pero no es así. Mozart fue un virtuoso de la composición musical, no sólo por sus potencias y capacidades, sino además, porque tenía la posibilidad de acercarse a los instrumentos musicales. ¿Pudo crear la Novena Sinfonía sin conocer los instrumentos musicales? No lo creo. Mozart pudo ser Mozart, porque no era un niño campesino ignorante de la magia de los violines y el piano. Creció en un ambiente que le permitió desarrollar la totalidad de su talento. Su realidad, la música, pudo conocerla a profundidad.
Entonces, la pobreza es un atentado contra la inteligencia. ¿Cuántos genios no son asesinados por el trabajo infantil? La selva, ya no metafórica, es no permitir el desarrollo de las capacidades. La selva es ahogar el espíritu, para que repita de una generación a otra, la maldición de la pobreza.
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