viernes, 13 de julio de 2007

PALABRAS EN LA PRESENTACIÓN DE MI LIBRO “HEURÍSTICAS”


Una vez me leyeron la mano, fue una traviesa monja católica apostólica romana, y aunque aquello fue meramente un juego, sus palabras las he tomado de excusa para vivir como vivo. Me habló de dos cruces que poseo en ambos lados de una larga línea de una de mis manos y me dijo que una representaba mi buena suerte y la otra mi mala suerte, y dado que así se anulaban la una a la otra, el resultado final de mis empresas siempre dependería de mi esfuerzo personal. Así que, entendí, sé que soy un hombre desafortunado y también sé que soy un tipo afortunado.
Me explico. Muy temprano en la vida entendí que nada nuevo hay bajo el sol y eso, siendo escritor, me hace muy desafortunado; también sé que soy afortunado, pues he comprendido que para que algo se renueve basta arrojarle miradas nuevas. Soy un hombre desafortunado, porque contemplo esta vida de afanes como la inútil persecución de los espejismos, la crema y nata de la vanidad de vanidades; sin embargo, soy afortunado pues sé que hay espejismos que se han convertido en sólidas pirámides que desafían el viento y el tiempo.
Soy desafortunado, trabajo en dos ámbitos (docencia y literatura) donde asumimos como conveniente la extraña costumbre de acartonarnos; soy afortunado, a pesar de mi mismo, sigo siendo de carne y hueso, y me río, y me río muy fuerte, placer del cual se privan voluntariamente los cartones. Soy desafortunado, vivo en un mundo de prohibiciones; soy afortunado, la única prohibición que acepto es aquella que dice está prohibido rendirse. Soy desafortunado, siento que es muy difícil ser feliz, tanto que a veces pienso que la felicidad no existe; soy afortunado, sé que si la felicidad no existe, tampoco existe la infelicidad; sólo basta decidir cada mañana entre la felicidad y la infelicidad. De eso trata este libro, el más autobiográfico de todos, de todas esas leyendas que nos han tejido alrededor de las palabras felicidad e infelicidad. Una vez mi amiga Katia me dijo que para casarse sólo había que decidirse, ¿no será que toda la vida simplemente consiste en eso, en decidirse?
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