domingo, 24 de mayo de 2015

EL ESCLAVO HONORABLE

“¡Pero cuidado! ¿Vais al Congo? Respetad, no digo la propiedad nativa (las grandes compañías belgas podrían confundirlas con una piedra arrojada a su tejado), no digo la libertad de los nativos (los colonos belgas podrían ver en ello propósitos subversivos), no digo la patria congoleña (arriesgándonos a que el gobierno belga tome muy mal la cosa), digo: ¡Vosotros que vais al Congo, respetad la filosofía bantu!
Aimé Cesaire                                      
El sargento camina lleno de orgullo después de haber departido tragos con el capitán, el oficial respetó su honor, le permitió pagar la cuenta, la juerga fue larga, la cuenta fue grande; el salario del capitán triplica al del sargento. La mujer camina oronda hacia la iglesia, no tuvo que pedir permiso a su marido para salir a escuchar la misa, nunca le pide permiso para ir al oficio; es el esposo quien hace los mandados, quien paga las cuentas, quien asiste al colegio y vela por los estudios de los hijos, quien le compra la ropa a ella, así que ella no sale nunca del hogar, salvo para ir a misa y lo hace sin pedir permiso. El obrero camina encendido de honor después de enterarse que va a tener que seguir trabajando más allá de la edad de jubilación, su patrón nunca pagó las cuotas del seguro social; el obrero sospecha que, quizás, va a tener que trabajar hasta el día de su muerte, pero él es moralmente superior a su patrón y no se va a rebajar a mendingar en un tribunal lo que por ley le pertenece; la casa pierde y se ríe, hay un Dios en el cielo.
¿El honor de los oprimidos es una estrategia de explotación? Pues a veces sí que lo es. Cuando por él se renuncia a exigir el cumplimiento de los derechos ganados, cuando sirve para ocultar una situación tiránica, un saqueo. Cuando el honor despierta en el sometido la enajenante sensación de superioridad sobre el déspota y tontamente asume la actitud de esperar que sea el abusador quien rectifique, en ese instante, el honor se convierte en deshonra. 
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