sábado, 10 de noviembre de 2012

DECLARACIÓN EN MIS 52 AÑOS



“A esta edad ya no tengo que demostrar nada. Estoy en paz con la vida. Esa es la libertad.”
Tomás Segovia
Llegué a la edad del mazo de barajas. 52 años. Hace cuarenta, al recibir el certificado de educación primaria, esa cantidad de años me era imposible computarla. Un año era una eternidad. Pero arribé a los 52. Se pasaron volando, aún recuerdo los lodazales que tenía que cruzar para ir a la escuela; sobre los zapatos puestos me calzaba cartuchos plásticos, así de abundante era el lodo.
Llegué a los 52 años. Y pienso que me gané el derecho de dar declaraciones. Después de decirle a mi abuela: tío Pipo pum, pum el 9 de enero de 1964 (el día que los gringos lo asesinaron), de ser evacuado de la ciudad por mi tío Julio en octubre de 1968 (me puso en la cara una toalla empapada con vinagre y aún así sentí los gases lagrimógenos del golpe de estado), después de haber soportado todos los puñetazos de los abusivos del barrio y el colegio, de gritar consignas en la plaza 5 de mayo en septiembre de 1977 mientras esperábamos a Omar y a los tratados del canal, de lanzar piedras contra la guardia, de graduarme tarde de la universidad, de ser testigo del Viernes Negro de 1987 y de la Invasión de 1989, después de conocer el amor y salirle huyendo, luego de que el amor me conociera y saliera huyendo, de comprender que en la vida no hay muchas cosas que entender y hay mucho que vivir. Después de haber hecho todas las tonterías que he hecho, sí, sí me he ganado el derecho a hacer una declaración:
Me declaro pendejo, con tanto practicante del juega vivo, ser un bribón no tiene nada de original. 
Me declaro fracasado, hay tal cantidad de triunfadores infelices caminando por las calles de esta infeliz ciudad, que al verlos sólo puedo pensar que, en realidad, el supuesto éxito es un castigo. 
Me declaro innecesario, no soy mercancía convertida en necesaria por la tele. 
Y, por último y por sobre todo, me declaro anormal, inadaptado, loco; parece que la gracia de ser normal es caminar uniformado y en manada para hostigar al raro.
Llegué a los 52 años vivo, feliz y despierto. ¿Acaso no basta?
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