domingo, 14 de marzo de 2010

EN LA GENEROSIDAD ESTÁ EL TRIUNFO


“La educación hace a la gente fácil de dirigir, pero difícil de manipular; fácil de gobernar, pero imposible de esclavizar”.
Henry Brougham


Todos, en algún momento, hemos escrito pensamientos en un cuaderno o dedicado una tarjeta navideña o de cumpleaños; incluso, algunos han osado escribir un poema. Mundos, pasillos, playas o aldeas brotan de la mente, fluyen por el bolígrafo o el computador hasta el papel o la pantalla del monitor; buscando afanosamente la auténtica y objetiva meta: los lectores, por lo menos, un lector. Un amigo, la novia o el psiquiatra. Es en esa pradera de incitaciones donde un taller literario surge como potro salvaje; potro cuyo relincho resuena en los cráneos en forma de pregunta: ¿Seré acaso un escritor?

Los talleres literarios no son instituciones donde, con el uso del papel carbón, salen poetas y poetisas seguidores de tal o cual receta. Del taller se toma lo que se necesita y no es una muleta sin la cual no se puede escribir. Dentro del taller debe haber mucho respeto. Un taller es una reunión de gente inundados por el deseo de escribir que se ponen a escribir, pero sobre todo, se ponen a leerse los unos a los otros. Yo te leo, tú me lees.

En Panamá hay una historia de los talleres. Ellos han incidido positivamente en el devenir de un grueso número de escritores. Los maestros Dimas Lidio Pittí y Pedro Correa dirigieron talleres que hicieron historia en los ochentas. En los noventa los más famosos fueron los talleres de los colectivos Umbral y José Martí. Actualmente hay pocos autores dedicados a eventualmente a dicha tarea. Carlos Fong y Héctor Collado son los escritores más dedicados a dicha labor. Consuelo Tomás y la nunca olvidada Mireya Hernández, también hicieron lo suyo. A todos los motivó el deseo de incentivar la creación literaria, a ninguno se le ocurrió hacer lo contrario. ¿Estaremos hablando de generosidad? Si los talleres escasean ¿es que la bondad escasea?
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