sábado, 11 de abril de 2009

UN ENCUENTRO EN EL ZAGUAN


A los tres días de la vaina, regresábamos a casa hablando sobre toda la desgracia que le había ocurrido a él. Me costaba entender como después de ser tan vitoreado, fue vilipendiado y asesinado. Entrando al zaguán, un desconocido me dio las buenas noches y sin entender bien el porque, lo invité a comer con nosotros. Mi madre peló los ojos, pero el hombre al ratito le resultó agradable. Ella le pidió disculpas porque la única comida que había era arroz divorciado de la carne y los porotos. Éramos cuatro y sólo había dos huevos, así que mi viejita los hizo revueltos para estirarlos. Me apenó haberlo invitado a comer arroz casi pelao. Pero él dijo que el arroz es el resumen de la vida de quienes trabajan. Un campesino dejó su sudor en el campo, otro en el molino. Un trabajador lo transportó y otro lo despachó en la tienda donde lo compró mi madre. Y ella lo convirtió en alimento, que aunque poco, lo compartimos mi novia, mi madre, el desconocido y yo. Nunca me supo tan rico un plato de arroz casi pelao. Al terminar de comer, ellas fueron las primeras en reconocerlo. A mí me costó un poco más. Él salió por la puerta sin despedirse y, aún así, se quedó para siempre con nosotros.
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