martes, 20 de marzo de 2007

ESTRATEGIA ANTI ESTRÉS


Una vez escuché, en una de esas a veces sabias conversas de sobre mesa, que los Estados Unidos de América toleraban que la China continental y popular practicase la piratería de marcas y programas computacionales, simple y llanamente porque bastaba con que cada ciudadano chino se gastase, en promedio, diez centavos de dólar por día en productos estadounidenses, para compensar cualquier otra pérdida. ¿Qué? ¿Los diez centavos de un chinito sí tienen poder? ¿Por qué será? ¿Por qué son muchos? ¿Por qué pueden dejar de comprar hamburguesas? ¿Así que el comprar o no comprar determina las vidas de estados tan grandes como el chino y el del Tío Sam? ¿Ocurrirá lo mismo en la vida cotidiana de un coloquial ciudadano de a pie?
Me parece que sí. No. ¡Estoy seguro que sí! Señoras y señores, por favor, reconozcamos que un alto porcentaje de nuestro estrés diario está relacionado con comprar o no comprar. Hemos perdido la conciencia de que podemos dejar de ser cómplices de nuestras agonías y convertirnos en protagonistas de nuestras liberaciones. ¿Sí? ¿Y cómo? ¿Dejando de comprar hamburguesas? Quizá esa es la clave.
Tenemos que reaprender a conservar el poder y nuestro poder reside en saber que la decisión final de las compras es nuestra. Voy a caer en la tentación de dar un consejo no pedido, en recomendar una estrategia anti-estrés. ¿Qué tal si cada vez que vamos hacer la lista de las compras del mes, antes hacemos un listado de todas aquellas cosas que no necesitamos para ser felices? No es hacer la lista de cosas necesarias para ser feliz, es hacer la lista de las cosas que no necesitamos para ser felices.
De repente ya es tiempo que comencemos a vernos de otra forma y actuemos, consecuentemente, de otra manera. No sea que nos ocurra lo de Chinda, mi vecina. Hace un par de días me la topé y me confesó que no tenía con que poner la paila del medio día. Le di un solitario dólar y ella me pidió que la acompañara al mini súper del barrio. Allá lo primero que hizo fue comprar una soda, dizque para bebérsela mientras pensaba que comprar. Después de la soda a Chinda le quedaron 75 centavos para el almuerzo. Ya no tenía un dólar, tenía 75 centavos. Después de ese día no me quedaron muchas ganas de patrocinarle otra paila de medio día a Chinda; todo por una innecesaria soda.
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