domingo, 12 de julio de 2015

DE LO LAMENTABLE EN EL INSTITUTO NACIONAL

“Toda solución sostenible al fenómeno de las pandillas y de la violencia en general, pasa necesariamente por la adopción de políticas integrales de atención al fenómeno de la violencia juvenil, la generación de oportunidades de inclusión social a los jóvenes, el fortalecimiento de la institucionalidad democrática y la lucha contra la impunidad.”
Jeannette Aguilar
Dicen las autoridades del Ministerio de Educación que el Instituto Nacional, el glorioso Nido de Águilas, prestigioso colegio que ha sido el buque insignia en las luchas patrióticas y sociales de Panamá, posiblemente está infiltrado por pandillas y que, por tal razón, las investigaciones que hay que realizar a las últimas protestas callejeras sobrepasan la capacidad de las autoridades educativas y hay que trasladarlas al Ministerio Público. En las últimas protestas fueron destruidos automóviles estacionados en la vía pública y quemados con una bomba Molotov los cuerpos de dos estudiantes y un profesor; las quemaduras son de segundo grado. La razón de las protestas fue por la aplicación de medidas disciplinarias llevadas adelante por docentes y administrativos del colegio. Días antes de los eventos, supuestos estudiantes encapuchados del Instituto Nacional hicieron circular por las redes sociales un video donde amenazaban a quienes aplicaban las medidas mencionadas, incluso, al Presidente de la República.
La medida anunciada por la Ministra de Educación de poco va a servir. Es la salida fácil que a la larga oxigena el problema. Aunque sí es delictivo el comportamiento de los jóvenes involucrados en los hechos, no es el de pandilleros comunes. El negocio de las pandillas es la venta de drogas y formar un alboroto en el área de las ventas es malo para el comercio. ¡Ah! Se me olvidaba. Durante las protestas había presencia policial que sirvió de testigo al vandalismo. Dicen que fue porque el Ministerio de Educación no autorizó su intervención.
Nada me dice que el Ministerio Público no hará lo mismo que la policía y el ministro de educación: mirar para otro lado. Porque por eso el monstruo está fuera de control.
Es imposible que a esta altura las autoridades del Ministerio de Educación, la policía, los padres de familia, el cuerpo docente, directivos, administrativos y estudiantes del Instituto Nacional no sepan quienes son los terroristas. No hay máscara que oculte el lenguaje corporal de alguien conocido. ¿Por qué, entonces, las dudas para proceder? Porque tienen mucho tiempo mirando para otro lado y están esperando que el problema desaparezca por arte de magia.
Olvidan que estos actuales “estudiantes no mirados” hoy tienen ejemplos funestos, desde las maras centroamericanas hasta las tropas combatientes del estado islámico. Y con la impunidad galopando a lo largo de la patria, esos muchachos quizás estén pensando: si ellos pueden, yo también puedo. ¿Qué significa que, a pesar de la cercanía de un profesor, un estudiante encienda una bomba Molotov arrojada a un tinaco? Para mí es obvia la respuesta: ese estudiante ya no reconoce como autoridad al cuerpo docente. ¿Por qué? ¿Será por qué ya está acostumbrado a verlo mirar a otro lado?
A partir de mañana, pudiera ser que, en el resto de los colegios del país las medidas represivas contra los estudiantes recrudezcan. ¿Lo harán por qué ellos sí miran a sus estudiantes? No, no es así. Lo harán por miedo. Y eso es lamentable.
Lo ocurrido en el Nido de Águilas es una metáfora de lo que ocurre en el país. Minorías estúpidas tienen secuestrada a la patria. Y son estúpidas porque sus coacciones no necesariamente se traducen en ganancias reales, mucho hacen por la sola sensación de abuso del poder. Todo esto sucede con la complicidad de las tontas mayorías que prefieren mirar a otro lado. Son tontas porque tienen un gran poder y optan por no ejecutarlo y lo hacen por no asumir la responsabilidad que implica el ejercicio del poder. Y eso es lamentable.

domingo, 5 de julio de 2015

DEL CARIÑO DE RIGOBERTO POR LOS LOCOS

“Voilà, Vincent, comienzo por decirte
Que descreo, si quieres tontamente,
Del afamado retintín de tu locura.
¿O será que los locos tienen que ser así,
Pastores de almas, marchantes, sontos y suicidas?”
Locos. Siempre los han llamado locos. Así los descalifican, a ellos, a los que evitan que el mundo pierda la cordura. A los poetas y pintores, a los músicos y danzarines, a los del teatro y a los del canto. Locos. Dementes. Así los llaman. Así los descalifican. ¿Y por qué? ¿Por qué?
Porque de la fealdad, la vulgaridad y monstruosidad hacen emerger belleza. Les basta la denuncia. Y siempre tienen la palabra correcta para hacerlo. Les basta su sagaz mirada. Esa que escudriña los pliegues del engaño. Por eso, por eso los llaman locos. Por eso los descalifican.
Sólo otro loco, perdón, sólo otro poeta entiende, comprende. Sólo otro poeta asume el compromiso de poner manos a la obra, esa, la de siempre, la de redimir la ternura, la de recordarnos quienes somos, sí, esa misma. La de siempre.
Rigoberto lo entendió. Sí, lo comprendió. Y vivió en el mundo de los locos, allá donde la amistad es posible, entre los orates, los que aún construyen la utopía. Y vivió entre los locos y les extendió su mano y cada vez que pudo, convirtió un apretón de manos en un abrazo cariñoso. Algunos tuvimos esa suerte, al resto, y nosotros también, nos quedan sus poemas.
“¿Loco tú?, ni en el sanatorio Saint-Remy lo daban por cierto;
De otro mundo, decían, sí eras Vincent,

De allá donde locura y pasión ponen obra por vida.”

domingo, 28 de junio de 2015

INSTANTÁNEAS DE DOLOR O TESTIMONIO DE UNA POETA

“El tiempo corre
Como los vagones
Que se siguen llenando”
Déborah Wizel
Hace algunos años le escuché decir al escritor Allen Patiño lo siguiente: si una imagen vale por mil palabras, la palabra gana, pues ella evoca millones de imágenes. Cada palabra tiene la posibilidad de provocar en nuestra mente muchas imágenes, y cada imagen mil palabras y cada palabra muchas imágenes, y cada…Magia del ejercicio mental de traducir las letras en figuras.
Quien rete las mentes del público se arriesga a su indiferencia. Podría toparse con individuos sin suficiente respaldo de imágenes y palabras, sin suficiente cultura. Porque al fin y al cabo, nuestra cultura impregna nuestro ser con ellas, las imágenes y palabras. Y este es el riesgo tomado por la poeta Déborah Wizel en su primer libro de poemas Instantáneas de dolor, invoca a las imágenes que deben ser conocidas por todo lector y al conocimiento histórico que debería tener todo ser humano que se precia de  serlo.
  Auschwitz, Srebenica, Nagasaki, Kigali nombres marcados por las grandes ignominias del siglo XX. Los campos de concentración nazis, la pesadilla bélica de las bombas atómicas, las limpiezas étnicas entre europeos, entre africanos; todos deberíamos tener registros de estos desastres provocados por la barbarie humana. Deby aspira que no lo olvidemos, sus versos no nos permiten ser amnésicos frente a ellos. No faltara aquel que pregunte: ¿Se puede ser testigo de estos eventos sin haber estado presente? ¿Se puede? Wizel lo logra a través de la más humana de las características de los humanos. Es bien común afirmar que abandonamos las cavernas gracias a nuestra inteligencia superior, pero ésta de nada hubiese servido sino fuésemos capaces de ponernos en los zapatos del otro; Déborah logra escribir sobre estos desastres no solamente investigando en bibliotecas y escuchando testimonios, también siendo empática y despertando la poca  o mucha empatía que aún nos separa de las manadas de fieras y bestias.
Déborah Wizel bien pudo contentarse con un libro panfletario, unirse a la fácil campaña anti campos de concentración nazis, pero Instantáneas de dolor es más que propaganda  políticamente correcta. Deby también le da voz a los asesinos, incluso, los convierte en humanos.
“Estas manos que te abrazan 
y te dan seguridad…
en el día asesinan        
golpean
torturan
y no por eso soy menos humano”
El poemario funciona hasta para el más grande de  los ignorantes, pues la empatía que encierra Deby en sus versos hace imposible que alguien que se precie de ser humano, no se identifique con el dolor plasmado en este poemario.

Instantáneas de dolor de Déborah Wizel es un poemario, no del simple rememorar el dolor, sino del actualizar nuestra humanidad. Deby nos regala sus poemas para que con sus versos invoquemos la poca o mucha empatía que aún nos separa de las manadas de fieras y bestias.

domingo, 21 de junio de 2015

EL CAFÉ DE RUNNELS: UNA PROPUESTA ESTÉTICA

“La justicia dramática y rápida de Runnels ha traído una paz repentina en el istmo como nunca antes se había visto. La mayoría de los cabecillas de los Dennieri han sido eliminados y los viajeros, al menos por ahora pueden cruzar en paz el istmo de Panamá, que ya no es acosado por vulgares salteadores de caminos. Es una gran obra de mérito cívico, e inclusive una manifestación y defensa de la Doctrina Monroe.”

Héctor Aquiles González Angulo

En el siglo XIX nació la famosa Doctrina Monroe y con ella los estadounidenses justificaron sus prácticas colonialistas. En el siglo XX la mayoría de las colonias dejaron de serlo, sea porque se independizaron o bien porque pasaron a formar parte del territorio nacional de la potencia colonizadora. La India se independizó del Reino Unido, Martinica pasó a ser territorio francés y Puerto Rico aún es una colonia estadounidense. Sin embargo, a pesar de que las estructuras coloniales desaparecieron, no ha sido así con su discurso justificador. Ese discurso hoy es denominado por sus estudiosos: colonialidad.
A la literatura le es imposible ser neutral en el dilema entre la colonialidad y el descolonialismo. El lenguaje, en sí mismo, es un elemento básico para el ejercicio del poder, sea para resistirlo o para aplaudirlo. Dadas así las cosas, ¿es posible la neutralidad de una obra literaria que aborda un capítulo histórico entre una ex colonia y su ex colonizador?
La novela El sheriff de Panamá de Héctor Aquiles González Angulo recoge un segmento de la historia panameña poco conocido y mucho menos divulgado. Y eso es un gran mérito. Pero aborda el tema desde el discurso predominante en la sociedad panameña, léase nuevamente la oración final del epígrafe de este escrito y se sabrá a que me refiero. Los asesinatos de Runnels, porque los linchamientos sin juicio previo son homicidios, quedan calificados como obras de mérito cívico y defensas de la Doctrina Monroe.
Podría argumentarse que así era la sociedad panameña en 1850, cierto, pero más cierto es que los lectores de la novela somos nosotros, los ciudadanos del Panamá del siglo XXI. En un país donde parte de su población defiende la mano dura contra la delincuencia, donde esa mano dura significa balas contra los delincuentes comunes y casa por cárcel, en el mejor de los casos, para los delincuentes de cuello blanco, ¿No podría Runnels levantarse como icono redentor a ese flagelo social? A esta altura de mi vida ya estoy tentado a archivar la palabra imposible.
A continuación, un ejemplo de como una obra literaria puede reflejar la estética maniqueísta de la colonialidad. Esa donde el colonizado es negro, feo y bandido y el colonizador es blanco, bello y justiciero.
“El campamento es grande y en ese preciso instante están cocinando y un olor a carne de monte impregna fuertemente el ambiente. A Runnels casi lo hace  vomitar. Puede ser zaino o armadillo. Algunos bandoleros toman grandes pedazos de carne y los mastican con gusto. La grasa les corría por los labios y ellos se los limpian con el brazo o con la camisa, lo que le parece sumamente repugnante.”
Hasta para comer los bandidos son groseros y eso le parece repugnante al justiciero.
“Lo primero que pide Runnels fue un café, que le fue preparado de una vez y como a él le gusta. Desde su época de Ranger tomaba esta infusión para mantenerse despierto, ya que eran muchas las horas de vigilia que había que hacer para cuidar el campamento o para mantenerse alerta de algún ataque de bandidos o indios. Se tomaba hasta cuatro tazas diarias.”
Runnels nunca derrama su café, a él le preparan el café, gracias al café el sheriff está siempre atento. En una sola ocasión Runnels ingiere unos panecillos preparados por su esposa, así que no tiene la necesidad de limpiarse la boca con las mangas. Quien come armadillo asado sí tiene que hacerlo. ¿Tendrá esta presentación de los hechos algún efecto en el lector?  
La colonialidad es un discurso político que tiene su propia estética. El colonizador es bello, el colonizado grotesco. Con las palabras el escritor construye valores estéticos y, una de dos, lo hace con la clara intención de decir lo que está diciendo o es desbordado por los conceptos que la sociedad le ha inculcado a lo largo de su vida. La literatura nunca es inocente.
Pienso que esto último le ocurrió al autor de El sheriff de Panamá. Estamos tamizados por paradigmas sembrados en nuestra alma durante siglo y medio de coloniaje estadounidense. No es cosa fácil descubrir dichos cánones en nuestro medio y mucho menos en nosotros mismos.
Sin embargo, hay algo muy importante que rescatar: Héctor Aquiles González Angulo está hablándonos del olvidado siglo XIX panameño. Vivimos como si nuestra nación hubiese nacido con la llegada a la presidencia de la república del partido político de nuestra preferencia.

Héctor, con esta primera novela, señala que antes del diseño del canal interoceánico ya había panameños. Y al decir que ya existía Panamá durante la construcción del ferrocarril entre 1850 y 1855, desdice que Panamá fue un invento de Teddy Roosevelt en 1903. Al fin y al cabo, de eso tratan las agudezas literarias.  

domingo, 7 de junio de 2015

DE LA ARROGANCIA DISIMULADA

“¿Por qué no podríamos aceptar la idea de que hay personas totalmente amorales que caminan por la calle y son absolutamente capaces de cometer homicidios o infligir mutilaciones sin experimentar sentimiento de culpa o escrúpulo de conciencia algunos?”
Michel Foucault  
El arrogante siempre busca situarse en algún punto desde el cual pueda menospreciar al otro. Todos conocemos cientos de ejemplos de la arrogancia en acción. Pero a mí me tomó un tiempo reconocer como altaneros presumidos a ciertos individuos que, a primera vista, parecen candidatos al santoral de la iglesia. Sí, sus acciones sólo huelen a mirra e incienso consagrados.
Tengo dos ejemplos, el primero es aquel que sufre sin comunicar su dolor a aquellos que lo aman, dizque para no provocarles malestar. En realidad, lo hace para no deberle ningún favor a nadie y en caso tal su dolor sea descubierto, la culpa crezca en los otros y así poderlos manipular.

El segundo es quien insiste en confiar, una y otra vez y a pesar de la evidencia, en un estafador; afirma que lo hace con la esperanza de que el timador se redima, pero en el fondo de su ser busca que dicha redención ocurra gracias a su propia virtud merecedora de todos los aplausos. Este último es el que considero el más pernicioso. En el fondo él necesita, anhela, desea, procura  que siempre el delincuente delinca; que nunca deje de hacerlo, porque así el mundo sabrá quien es el ser superior, y es él, el arrogante disfrazado de santo.

domingo, 24 de mayo de 2015

EL ESCLAVO HONORABLE

“¡Pero cuidado! ¿Vais al Congo? Respetad, no digo la propiedad nativa (las grandes compañías belgas podrían confundirlas con una piedra arrojada a su tejado), no digo la libertad de los nativos (los colonos belgas podrían ver en ello propósitos subversivos), no digo la patria congoleña (arriesgándonos a que el gobierno belga tome muy mal la cosa), digo: ¡Vosotros que vais al Congo, respetad la filosofía bantu!
Aimé Cesaire                                      
El sargento camina lleno de orgullo después de haber departido tragos con el capitán, el oficial respetó su honor, le permitió pagar la cuenta, la juerga fue larga, la cuenta fue grande; el salario del capitán triplica al del sargento. La mujer camina oronda hacia la iglesia, no tuvo que pedir permiso a su marido para salir a escuchar la misa, nunca le pide permiso para ir al oficio; es el esposo quien hace los mandados, quien paga las cuentas, quien asiste al colegio y vela por los estudios de los hijos, quien le compra la ropa a ella, así que ella no sale nunca del hogar, salvo para ir a misa y lo hace sin pedir permiso. El obrero camina encendido de honor después de enterarse que va a tener que seguir trabajando más allá de la edad de jubilación, su patrón nunca pagó las cuotas del seguro social; el obrero sospecha que, quizás, va a tener que trabajar hasta el día de su muerte, pero él es moralmente superior a su patrón y no se va a rebajar a mendingar en un tribunal lo que por ley le pertenece; la casa pierde y se ríe, hay un Dios en el cielo.
¿El honor de los oprimidos es una estrategia de explotación? Pues a veces sí que lo es. Cuando por él se renuncia a exigir el cumplimiento de los derechos ganados, cuando sirve para ocultar una situación tiránica, un saqueo. Cuando el honor despierta en el sometido la enajenante sensación de superioridad sobre el déspota y tontamente asume la actitud de esperar que sea el abusador quien rectifique, en ese instante, el honor se convierte en deshonra. 

domingo, 17 de mayo de 2015

PANAMÁ Y NICARAGUA SEGÚN RUBÉN DARÍO

"Los hombres son tan simples y unidos a la necesidad, que siempre el que quiera engañar encontrará quien le permita ser engañado."
Nicolás Maquiavelo
Las rutas interoceánicas de Nicaragua y Panamá tienen puntos históricos en común. Hitos de confrontación, pareciera. En realidad, siempre han sido los intereses de las potencias de turno los causantes de tales oposiciones. El capital internacional nunca ha dudado en hacer uso del chantaje y el soborno para así hacer caer a ambas naciones en la tentación de ofrecer por migajas sus virtudes geográficas. Tampoco le ha temblado la mano al hacer uso de la fuerza.
 Así lo deja claro el bardo nicaragüense Rubén Darío al denunciar en la crónica La República de Panamá de 1913 a los Estados Unidos de América por fortificar y declararse soberano en el canal de Panamá. El siglo 20 fue la centuria militarizada del territorio aledaño al canal por parte de la nación campeona, supuestamente, de la democracia. Desde las bases militares estadounidenses en territorio panameño se manchó de luto y dolor al resto de Latinoamérica. Por cierto, luego del atentado realizado por Rigoberto López Pérez, en el hospital militar de la llamada zona del canal murió el dictador Anastasio Somoza García.
Otro por cierto, la mencionada crónica bien podría usarla el actual gobierno panameño como parte de una campaña de promoción de su gestión gubernativa. Tan pronto deja clara su acusación contra el militarismo del imperio norteño, brinda flores y elogios al estado panameño y a sus dirigentes por los logros alcanzados en el progreso y desarrollo nacional.
También menciona el éxito sanitario que representó la eliminación de la endémica fiebre amarilla, batalla ganada por los estadounidenses en las ciénagas que rodeaban la ciudad de Panamá. La más joven de las repúblicas centroamericanas fue durante el primer tercio del siglo pasado una especie de protectorado donde eran los angloamericanos quienes prestaban servicios tan básicos como la recolección de la basura.
No es de extrañar, entonces, que el bardo nica afirmase, cuando aún no había finalizado la construcción del canal, que en suelo istmeño había crecido la población bilingüe y la gringofilia. La Panamá ocupada por las bases militares gringas es tan yanki como la Nicaragua asolada por Walker. Y a pesar de ello, el bilingüismo en Panamá y Nicaragua es fruto maravilloso de la fuerte influencia afroantillana y no hijo bastardo de las muchas invasiones de los marines.
La crónica El Fin de Nicaragua (1912) comienza describiendo la nefasta incursión de William Walker en tierras nicaragüenses. Mientras el filibustero asolaba Nicaragua, en Panamá el ranger y asesino de indios Randolph Runnels imponía el orden, el orden de los blancos sobre todos los otros colores. La irrupción en Centroamérica de ambos personajes fue consecuencia de la fiebre del oro californiana, evento que conmocionó la historia de las ambas naciones.
En el siglo 19 en Panamá existía la llamada la Franja Yanki, de diez millas de ancho y 40 millas de mar a mar en línea recta, franja que en el siguiente siglo sería la Zona del Canal, la ignominiosa colonia estadounidense en territorio panameño que fue causa de tanta desgracia. Por dicha franja se atravesaba el istmo a través del Camino de Cruces y del río Chagres y con el auge del oro, se construyó el Ferrocarril Interoceánico de Panamá. Para garantizar los intereses de dicha empresa Randolph Runnels fue contratado por la Howland and Aspinwall Company.
Randolph asumió con excesivo entusiasmo la tarea de liberar de salteadores de caminos a la futura ruta ferroviaria. Realizó por lo menos dos masacres de supuestos forajidos, una de 37 y la otra de 41 ejecutados. Además, se encargó de reprimir el descontento de los trabajadores que construían el ferrocarril. Randolph estaba convencido que así consumaba una profecía donde él fungía como el ángel exterminador cumplidor de un mandato divino. Con igual inspiración William Walker acometió cuatro expediciones en territorio nicaragüense, cuatro incursiones de sangre y saqueo. Walker y Runnels, dos asesinos con ínfulas mesiánicas que en nombre de nuestra redención nos trajeron el infierno.
Randolph Runnels murió en Nicaragua, después de haber servido como Cónsul de los EE.UU. en ese país. Sus restos descansan en el cementerio municipal de la ciudad de Rivas, en el sur de Nicaragua. Ciudad donde se libraron dos batallas contra Willian Walker.
Darío habla con enojo del clamor servil que pide desde la intervención yanki en asuntos internos, hasta la solicitud de ser anexionados a la unión anglo americana. En diciembre de 1989 fui testigo de este repugnante comportamiento. Mientras las tropas yankis invasoras llenaban las fosas comunes con panameños ejecutados, otros panameños las aplaudían  y hasta les compraban cervezas bien frías. Hay un dato paradójicamente curioso: en 1925 el presidente de Panamá Rodolfo Chiari pidió la intervención de las fuerzas armadas estadounidenses para aplacar un movimiento popular en contra de los dueños de casas de arrendamiento; y en 1964, su hijo, el presidente Roberto Chiari, durante los sangrientos eventos del 9 de enero rompió relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. Fue el primer latinoamericano en hacerlo.
Estas palabras del poeta niño me llaman mucho la atención: Mas, de hecho, el imperio norteamericano se extendía sobre el territorio nicaragüense, y la pérdida implícita de la soberanía era una triste realidad aunque no hubiese ninguna clara declaración al respecto. Para el mismo tiempo, sea por la fuerza o por la firma de un tratado, para Nicaragua y Panamá no hubo diferencia, nos convertimos en repúblicas bananeras permanentemente intervenidas. Meros cuadrantes del patio trasero de los Estados Unidos de América.
Dice Rubén en la crónica La Cuestión de los Canales (1902): La vieja cuestión del canal interoceánico se renueva de tiempo en tiempo. Hoy en día es un tema vigente y podría llegar a ser candente. No tanto por un enfrentamiento comercial entre Nicaragua y Panamá, sino por las afectaciones que dichas empresas, dependientes del comercio mundial, tengan sobre sus pueblos.
El canal de Panamá y el proyecto de construcción nicaragüense son empresas que responden a los intereses del capital internacional. Y esto de capital internacional hay que contextualizarlo, porque en más de una ocasión termina siendo un mero eufemismo. De los cinco multimillonarios más grandes del planeta, cinco son estadounidenses. De los diez, ocho. El 34% de las transnacionales del planeta son estadounidenses. Y eso que sólo estamos hablando de las empresas legales.
Los intereses capitalistas unieron y unen en el dolor las historias de Nicaragua y Panamá. Y sigue siendo así. Por esta razón quiero terminar con las palabras con las que Rubén Darío cierra esta crónica, palabras que aún, a pesar de algunos soñadores, tienen vigencia: Por Panamá o por Nicaragua, o por ambas partes, ellos buscan que América sea para los americanos. O para la humanidad que habla inglés.

domingo, 26 de abril de 2015

CÓMICAS EN VERSOS

“Es un observar constante, sobre lo que pasa en el mundo, y devolver en forma de arte aparejos de sobrevivencia para este valle de lágrimas.”
He decidido celebrar el día del Escritor Panameño escribiendo sobre un escritor panameño. Hoy opté por escribir un comentario sobre el poemario CÓMICAS DE BERLÍN del poeta istmeño A. Morales Cruz. Comencemos.
El autor juega con los títulos de los poemas o textos poemáticos tal como él los llama. Juega con mayúsculas y minúsculas (por ejemplo, no es Nadadores es NADAdores), juega a que encontremos varios posibles significados, juega a que asumamos nuestra responsabilidad, porque el hallar o no significados en un poema tiene un único responsable. La significación de los versos está totalmente en manos del leyente que acepte el reto de enfrentarlos, comprenderlos, vencerlos. Y así es en todo el poemario de Morales Cruz.
“En el camino
La felicidad trazada como un disparo”
Así que como la responsabilidad del significado es mía, voy a apostar y compartir un par de acepciones. A todo lo largo del poemario Cómicas de Berlín, A. Morales Cruz confiesa su tristeza existencial. Tiene una visión trágica de la vida, donde la felicidad es apenas un instante.
“El amor es más sencillo: no lúcido
Serio   compacto   sino
Saturno     cíclico     desdibujado
Es la lluvia corriendo en la ventana
Un deportista corriendo en la hierba     gratis
Y esperanzado”
Sin embargo, frente al amor no son estos versos una confesión de la derrota. Es una cosa muy interesante: para el autor la felicidad es efímera, pero el amor es gratuito y confiado.
“Blanco el día. Escribo en él, ríos de palabras
Unas rosadas, otras de agua lluvia, otras escapan como zorras.”
La poesía de Morales Cruz impele a olvidarse de la esclavizante lógica cotidiana y nos sumerge en el blanco más blanco de las palabras. Rota la caja, el sonido impone su sensatez, la musicalidad se convierte en el significado. Y es que el diccionario es superado por la imagen creada con el roce de las palabras entre sí, con esa chispa que es el color de los vocablos.
“No, este poema se habrá lanzado desde azoteas.
Lanzado del piso 30, con el pecho del cielo
Habrá hecho trizas este pavimento”
Dice el poeta Héctor Collado que la poesía es algo que ocurre, Morales Cruz coincide y va más allá: el poema o vuela o muere en el intento. Cómicas de Berlín puede ser un texto enigmático, pero un esfuerzo extra en la lectura, sea la segunda o la tercera, una lectura con alas bien puede ser la oportunidad para permitirse que algo ocurra en la imaginación. Ahora, la pregunta obligada: ¿el escritor debe o no pensar en el lector que se pierde en la niebla?
“Los años nos dejan un sabor a arrugas
En la boca
En el fondo del vaso de agua
No se ve más que un letrero
De desastres”
La vejez tiene mal sabor, el poeta no lo olvida, es más, con estoicismo la ve venir con su carreta cargada de ruinas. Para Morales Cruz, la poesía no es un enjuague bucal que disfraza los sinsabores, sino todo lo contrario, es un adobo que estimula las papilas.
“Como en los viejos tiempos
Pasa la edad sus cien pies”
¿Alguna duda sobre que piensa el poeta sobre la edad y su carga de años?
 “Me pareció que todo el mundo es un mundo”
Eso sí, Morales Cruz aprovecha cada verso posible para dejar clara su cosmovisión: la individualidad prima sobre el colectivismo.
“Un hombre es una orilla de tinta en el horizonte”
Esa es la misión del poeta, escribir y provocar al lector con lo escrito. Lanzar una provocación tras otra, hasta que el entendimiento común y silvestre se rinda, hasta que gane la intuición. No hay sentencias, sólo imágenes. En Morales Cruz el pintor y el poeta quedan conjugados en un artista visual, que no escribe palabras, las dibuja.
“El argumento: un abanico chino que se deshace
La obra provoca disturbios
Los niños en el computador”

A. Morales Cruz en Cómicas de Berlín anuncia un cambio de épocas, ya los  medallistas no están en la pista y el campo, ahora digitan un teclado. ¿Acaso el Homo sapiens evolucionará al Homo digitus? El abanico ininteligible desaparece, lo que viene es un tumulto de ¿rendiciones?

domingo, 12 de abril de 2015

MALAJI O LA EVASIÓN DE MALAQUÍAS

“Me provoca pensar en los tiempos pretérito, presente y futuro. Pero me irrita. Sé que he vivido y nunca supe del futuro. Sencillamente he vivido, transcurrido y ambulado en innumerables avenidas y círculos del  tiempo, y en ese trajinar he envejecido sintiéndome un niño entusiasmado por las preguntas y el asombro; quizá he sido un espécimen de la duda tratando de andar, viviendo en la incertidumbre que contiene alguna dimensión desconocida, con el ardoroso deseo de trastocarla.”
Henry Petrie
En las palabras que me sirven de epígrafe se encuentra resumida la trama de Malaji (Ediciones Pensar, 2012). Pero para ser sincero, al terminar de leer la novela sentí que dicho argumento evadía lo intensa y conmovedora que puede llegar a ser la vida de un hombre ordinario. Luego de viajar hacia atrás en el tiempo, viaje en el cual pudo haberse descubierto la razón de la negada soledad del protagonista, de su dolor; viaje que pudo aterrizar en contestarnos como un tipo pudo llegar a los ochenta años de edad sin quedar atascado en el tormento. Luego de entusiasmarnos con un personaje que vive con intensidad en este mundo que a veces huele a rosas, a veces hiede a estiércol. Luego de plantear un gran drama humano, la novela se decanta por un periplo místico realizado por el mismo protagonista, en un universo paralelo. Tiene su gracia, pero no me basto. Mejor comienzo por el principio y así podré explicarme.
“Despertó. Desde niño contempló las estrellas, quiso vivir entre ellas, tal vez lo logró”. La pieza única de la primera parte no es fácil de entender a la primera lectura, es un anticipo de todo lo que viene; de manera cruda narra como las tinieblas envuelven este mundo, pero también declara, con valor, que detrás de las sombras se encuentra la luz que quema los ojos. Hallar esa preciosa luz ¿sólo habitando entre las estrellas? ¿O ese tesoro se puede encontrar en el mundano corazón humano?
“Me siento morir, a pesar de haber despertado. La muerte amenaza y espero afrontarla con altivez. Nada más ridículo que llegar a viejo y temer morir”. En el capítulo 1 de la segunda parte hay otro indicio de lo que viene. También de lo que pudo venir.
La muerte como portal a otra dimensión, es la promesa que las religiones llevan miles de años realizando. Ver la muerte directo a los ojos y no temblar es el más humano de todos los discursos. Humano, pues deja en manos del hombre o la mujer, según sea el caso, la decisión de cual ha de ser la actitud final: el miedo o la dignidad. ¿Acaso ese no es el dilema de la existencia?
Este capítulo y toda la novela describen días comunes enriquecidos por los diálogos asombrosos de Malaquías. En este capítulo y en toda la novela el autor demuestra la sabiduría de un octogenario, de su conocimiento adquirido al vivir y reflexionar la vida, de su afán por compartir su erudición con quienes están sedientos de ella, incluso, con aquellos que la reniegan.
“No creo en esas cosas, pero quien dice que la vida no tiene secretos. Podré ser ateo, pero la energía existe. Siempre hay enigmas”. En el capítulo 5 de la segunda parte comienza a justificarse el desenlace final, el que no me basta, donde la magia intangible triunfa sobre los hechos medibles. Ciertos discursos postmodernos me despiertan algunas aprensiones. Comparto una anécdota personal: tuve una amiga que pregonaba militantemente su ateísmo; sin embargo, nunca viajaba sin un frasco lleno de rocas. Lo primero que hacía cada mañana era posar en él su mano para absorber su supuesta energía. Mi amiga no era atea, no vivía sin Dios, simplemente había reemplazado al Señor de las barbas por unas muy llamativas piedras. Aquí la ruptura de un espejo y el sepelio que sufren los restos de cristal sirven de excusa para convertir el drama humano de Malaquías en un evento que escapa de sus manos y que sólo es responsabilidad de ¿las estrellas? Por cierto, el viejo protagonista de esta novela es un ateo muy preocupado por las cosas de la Biblia.
“Don Malaquías, siempre me ha llamado la atención, su soledad, sus conceptos. Es verdad que hemos tenido encuentros apurados, como usted dice, pero he disfrutado cada minuto de su compañía. ¿Sabía usted que tiene un encanto especial? ¡Wao! ¿Quién no quisiera ser un octogenario solicitado sexualmente por una joven profesional? A Malaquías los años no sólo le trajeron arrugas y sapiencia, también un encanto especial que, supongo, fue fruto del lidiar y superar los traumas que acompañan y atormentan a todo ser humano. Pero lo que supongo se me convirtió en pregunta, y sin contestar. La respuesta es el mismísimo Santo Grial: ¿Cómo envejecer sin quedar impregnado con el olor a la decadencia?
“Y se durmió, por primera vez, en la paz del sueño”. El capítulo Desaparición de Lázaro de la tercera parte es una pieza poética. Sin mencionar la palabra suicidio me queda claro cual fue la decisión tomada por el joven Calixto Stuart. Bello y sugerente, este capítulo resume el alivio que encontró el amigo de Malaquías con su extrema y lamentable solución. Es obvio que quien escribió esta novela tiene aliento de poeta. Sólo así se explican los riesgos tomados en el manejo del lenguaje. ¿Cómo se dice: me refugiaré a ellas o me refugiaré en ellas? (página 146, párrafo 3). La tentación eterna del poeta, el buen sonido por encima de la rigidez gramatical.

La tercera parte es magistral. Viajar buscando, pensé, la raíz del dolor y de la alegría. Me quedé esperando. Puedo aceptar, entender y comprender que un niño, en su imaginación, trate escapar del sufrir viajando a las estrellas; pero que el destino de un sobreviviente, no, llamar a Malaquías sobreviviente no le hace justicia… pero que el destino de un héroe condecorado por la vida se defina con un viaje metafísico, sin concretar el drama bien planteado en la segunda y tercera parte de la novela, no me es suficiente. Prefiero ver las tinieblas y oponerles resistencia. ¿Acaso ese no es el reto? En mi opinión, que bien pudiera estar equivocada, la cuarta parte de la novela llamada Crónica de Malaji es una evasión al dolor humano y por ende, a las posibles soluciones normales y cotidianas llevadas adelante por gente mundana como el viejo Malaquías.

domingo, 29 de marzo de 2015

UN ANALGÉSICO LLAMADO MITO

“En la vida no hay premios ni castigos, sino consecuencias.”
Paco Moreno
¿Qué tan doloroso sería admitir que se odia a la propia familia? Se supone que nadie decente reconocería públicamente sentir tan terrible aversión hacia la propia parentela, así nos lo han hecho creer. Pero el sentimiento existe y mantiene despierto al dolor. Hasta que se es curado por el tiempo. Pienso que lo que ocurre es que se termina por maquillar los recuerdos. Así la vergüenza de la niña al ver a la madre alcohólica coquetearle al adolescente que le gusta a la niña, queda disminuida a un punto donde no pueda mantener insomne al dolor.
También ocurre algo parecido con las conversas diarias; omitimos ciertos detalles, subrayamos otros e inventamos algunos. Todo con tal de seguir adelante, sin frustraciones, con la vida diaria. Así los amigos tuvieron en la universidad las grandes aventuras amorosas, cuando en realidad sólo eran clientes de ciertas damas que, por lo general, trabajan de noche.
¿Es este comportamiento una patología? No soy psicólogo ni nada parecido, no puedo decir si lo es o no lo es, lo que sí puedo decir es que constantemente inventamos mitos para amortiguar el dolor, la vergüenza y la culpa. Para no acusar y acusarnos.
Pienso que el asunto se convierte en problema cuando el mito pasa de ser un analgésico a un anestésico. El primero suprime el dolor sin que se pierda la totalidad de la sensibilidad, cosa que sí ocurre con el segundo. Un insensible no se percata de su realidad y termina por enajenarse.
Viendo así las cosas, para que el inventar mitos no se convierta en enfermedad, nunca hay que olvidar que se trata de eso, de una mentira. Pero eso es muy difícil. Se necesitan ciertas cualidades, todas muy especiales; hay una que sobresale: aceptar que se es un mentiroso. Por cierto, aquel que necesita un analgésico llamado mito para soportar la vida diaria, nunca podrá aceptar, aunque sea en secreto, que es un mentiroso. ¡Maldito círculo vicioso!

domingo, 22 de marzo de 2015

ASÍ HABLÓ EL OTRO ZARATUSTRA

“¡Hoy me di cuenta que mi éxito no se trata de diplomas ni de una carrera llena de logros, me doy cuenta que mi éxito ha sido ver hasta hoy cada amanecer!”

Yessi Pedroza
Así habló el otro Zaratustra, el apenas nutrido, el tropical y tercermundista. El que mira los partidos de fútbol mientras come patacones, mientras bebe cerveza fría; él se disgusta cuando hace filas en los bancos, cuando lee en los periódicos el estado de mal salud de la nación. Él no fue a la universidad, pero tiene en su casa una biblioteca con libros que sí lee. Ese es él, sí, el otro Zaratustra. Un día habló, habló después de entender, o mejor dicho, comprender que ya amaneció y que ya no quedan excusas para el miedo a la oscuridad. Así habló y esto fue lo que escuché, mejor dicho, entendí, mejor dicho, comprendí:
Hoy es el día, hoy es el día, escuchen y comprendan. Comprendan y hablen. Hablen y nunca más callen. Escuchen, escuchen. La realidad es lo que existe, lo que existe es la realidad, nada existe fuera de la realidad.
La causa primera de la realidad no es el ser, la esencia inmodificable, es el devenir, el constante acontecer. El devenir es primero, el ser es después. Así que la realidad no es estática, siempre está en movimiento. La vida es el más interesante cambio que sufre la realidad. La vida es permanente transformación. El conocimiento es fruto del experimentar la vida, el conocimiento siempre está cambiando.
La vida no es un fenómeno que se sufre en solitario, la vida es un evento comunitario. Para vivir en comunidad lo más conveniente no es guiar el comportamiento habitual con creencias indiscutibles, sino con reflexiones dialogadas realizadas por los involucrados sobre su experiencia en la realidad. Sin diálogo no hay comunidad. Las creencias indiscutibles tarde o temprano terminan en totalitarismo.
Toda creencia es una arbitrariedad. Lo arbitrario disfraza la realidad y la vida disfrazada, no es vida conveniente, es vida correcta para aquel o aquellos que imponen la arbitraria creencia.
La vivencia prima sobre el creer. Para mantener la vida fuera de la cárcel de las creencias indiscutibles, hay que vivir la vida y reflexionar lo vivido y dialogar lo reflexionado y decidir juntos o en solitario sobre que hacer y hacerlo y seguir viviendo la vida. Así se demuele la cosa dogmática y se construye la persona humana.
El más perfecto compromiso de la persona humana, no es más que la conveniente realización diaria de las pequeñas tareas. A eso se dedica la persona humana.
Así habló el otro Zaratustra, el apenas nutrido, el tropical y tercermundista. Y con la mirada de un infante que ríe sin dar excusas, prosiguió el discurso mientras su piel era bañada por los rayos del sol recién nacido que evaporaban las gotas de rocío que aún quedaban en su cabello.
Y el otro Zaratustra habló, me habló.
La gran maestra es la vida y la vida es una experiencia. Mi maestra es la experiencia. La mayor experiencia que he tenido es llegar a ser yo mismo y ese evento me convirtió en un hombre feliz. Ser yo mismo no significa que alcancé una esencia incambiable; ser yo mismo significa que estoy conciente, aquí y ahora, de los cambios que están ocurriendo y ocurriéndome.
Mi felicidad consiste en pensar en libertad, en sentir en libertad y asumir la actitud que mejor me parezca. Sé que no puedo hacer y decir lo que me de la gana, puedo ofender a quienes me rodean. La libertad me ha obligado a ser responsable.
La responsabilidad es la habilidad de vivir en la verdad, de ver y aceptar lo hechos tal cual son, de asumir la realidad sin disfrazarla. Quien vive en la verdad es humilde, que es algo totalmente distinto a vivir humillado. Soy un tipo humilde, pero no permito que me humillen.
Soy humilde porque, por más que me duela, intento vivir sin desfigurar a la realidad; estoy aquí y ahora, y tengo una guerra permanente contra las preguntas malditas: ¿por qué a mí? ¿Por qué a mí no? También contra los detestables hubieras: si yo hubiera, si yo no hubiera.
En mi patria íntima soy libre, soy yo mismo, soy feliz. Sin embargo, sé que mi mundo interior tiene que negociar con el mundo que me rodea. Estoy aprendiendo a dialogar. Y me está costando dos mundos. Cuidado tres. Pero la vida ha sido muy buena conmigo, así que me siento obligado a aprender a dialogar con aquellos que me rodean. Además de ser soberano en mi patria íntima, he comprendido que la felicidad, mi felicidad, no es la risa permanente, también es el dialogo entablado con mis próximos para buscar el bienestar de la comunidad.
Y el otro Zaratustra siguió hablando, hablándome.
Lo que me importa, me importa y lo que no me importa, no me importa. Lo que me importa está aquí y ocurre ahora mismo. Lo que no me importa está lejos y fuera de este tiempo. El ego, mi ego, nunca está aquí y ahora, mi ego no me importa. El ser, mi ser yo mismo, siempre está aquí y ahora, mi ser sí me es importante. Mi ego es mi inconciencia, mi ser es mi conciencia. Y por estar conciente pude crecer y crecer me hace feliz. Cuando nuevamente caigo en la inconciencia no puedo crecer, no puedo ser feliz.
Y ese es mi dilema, puede que también sea el tuyo. Debo decidirme cada día entre gastar 24 horas en buscar excusas para mantener vivo el miedo a vivir o invertir 86 400 segundos en permitir que la vida me tome de la mano y me de razones para llorar o reír.
El otro Zaratustra así me habló.

domingo, 8 de marzo de 2015

DECIDIR O NO DECIDIR, ESE ES EL DILEMA

"Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino."
Viktor Frankl
Cuando nacemos somos empujados a tomar una decisión: vivir o no vivir. De eso se trata la famosa, y creo que desusada, nalgada del médico. La madurez, entonces, debería consistir en decidir autónomamente y no motivados u orillados por los otros.
Pero el acto de decidir necesita cubrir condiciones emocionales, existenciales y hasta políticas. Decidir también es un problema técnico. Partamos del supuesto de que quien vaya a tomar una decisión ya cubrió todos los prerrequisitos mencionados y tiene claro sus objetivos. Tiene resuelto el problema de la coherencia, es capaz de actuar de acuerdo a lo que piensa y  siente. ¿Qué necesita? Necesita un método que le facilite tomar la más correcta y conveniente decisión. Y de eso se trata este artículo, de una propuesta que a mí me funciona. La he llamado  la metodología de la aurora, pues se trata de un ciclo de pasos que me recuerdan el amanecer.
Así va el método: veo la situación a resolver sin juzgarla. Me veo en ella, igualmente, sin juzgarme. Trato de comprender y conocer sus elementos componentes, el efecto que cada uno tiene sobre la totalidad. Me hago conciente de las emociones que me despierta la situación en general y sus elementos en particular. Ahora sí, comienzo a juzgar la situación y sus componentes, a desechar y a estimar opciones; me doy razones y escucho mis sentimientos despertados por cada una de ellas. Finalmente, decido y vigilo mi decisión. Y vuelvo a empezar. Procuro que mis decisiones me permitan seguir decidiendo.

La metodología de la aurora es para renovarse constantemente. No con principios y leyes, sino con decisiones. ¿Decidir qué? ¡Decidir lo que quieras! Por lo menos, así me funciona a mí.

domingo, 1 de marzo de 2015

NUESTRA GUERRA

“La USÍA (Agencia de Información de Estados Unidos) es nuestra agencia para llevar a cabo la guerra cultural.”
Documento Santa Fe II          
En los años 80 del siglo pasado, la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA, elaboró los Documentos Santa Fe. Estos escritos contienen propuestas estratégicas para contener la acometida comunista en América Latina. Y por supuesto, para consolidar en la región la hegemonía de los Estados Unidos de América.
Dos cosas me llaman la atención de estos documentos. Primero que responsabilizan a los militares yankis de transmitir a los militares latinoamericanos los valores democráticos. ¡Tortuoso eufemismo! Lo segundo es que coinciden con los postulados de Antonio Gramsci: quien conquiste la cultura de una nación, conquista el poder de esa nación.
Mientras muchos comunistas se dedicaron a acusar de reformista al intelectual italiano, la comunidad de inteligencia gringa fortaleció, aún más, el asedio a las culturas nacionales y mentes de los individuos. Por ejemplo, lo poco que todavía quedaba de los valores comunitarios fueron defenestrados y esa destrucción fue vestida con el camuflaje de libertad y democracia.
Ahora los pueblos originarios deben perpetrar elecciones tal y como la realizan los bostonianos; debieron despedirse de sus formas tradicionales de elegirlas. Así la lealtad a la comunidad queda sometida al uso de la tecnología.

Comprendo, porque al igual que la CIA sé que estamos en medio de una guerra cultural, que un aula de clase es un campo de batalla, un libro es una trinchera y el Internet es una torre desde donde un francotirador puede disparar sus reflexiones. Según el último balance, esta guerra la están perdiendo los pensantes y la ganan los idiotizadores. Pienso que ya no es posible mantenerse neutral en esta guerra. Hay que tomar partido. ¿De qué lado estas?

domingo, 22 de febrero de 2015

TÚNICA DE LOBOS O EL DOLOR ES UNA SABIA FIERA

“Un animal oscuro parecido a un lobo salió de pronto de la nada, sus ojos brillantes me dieron mucho miedo. Algo me hacía subir y subir, mirándolos como un solo ser. No supe si te mordió, si te comió o si se hicieron amigos. Desperté sobresaltada; pero me tranquilicé cuando te miré sonriendo con papá en el retrato sobre mi mesa de noche.”
Hace poco declaré en público que me gustó mucho leer la novela Túnica de lobos de la escritora nicaragüense Gloria Elena Espinoza de Tercero. Se me preguntó el por qué. Preferí no contestar y me comprometí ha hacerlo por escrito, con toda la paciencia necesaria. ¿Paciencia necesaria? Sí, el sosiego preciso para probar un punto. ¿Cuál? Probar que María Esperanza, la narradora, es fruto de las habilidades literarias de Gloria Elena, la autora. Quizás la primera nació siendo un alter ego de la segunda, pero al final terminó convertida en un gran personaje literario. Pienso que en la novela, a diferencia del testimonio personal, autor y narrador, gracias a la ficción, nunca son la misma persona. Esta obra es perfecta para elucidar el tema. Tengo la impresión que quien me cuestionó se molestó, pero la verdad prefiero su enojo a no aprovechar la oportunidad que me dio su pregunta: escribir un artículo.
Antes una breve reseña. La obra empieza con una última reunión familiar antes de separarse debido a mudanzas por estudios y trabajo; la familia va a quedar repartida entre Estados Unidos, donde empieza la novela; Australia y Nicaragua, donde termina. María Esperanza, la narradora, comienza a dar detalles sobre la lenta aparición de su enfermedad, una muy terrible enfermedad y sobre su aún más lenta admisión de su condición de enferma. Al final acepta compartir su dolor y amar. Es interesante como el título de la novela y el nombre de la narradora sirven de resumen de toda la obra. Canis lupus (lobo), Lupus Eritematoso Sistémico (enfermedad inmunológica), túnica (vestidura que cubre el cuerpo), sarpullido enrojecido (síntoma del lupus que cubre el cuerpo del enfermo); María (mujer sufrida), esperanza (estado de ánimo positivo).
Bien, al grano. Quien apenas conozca a la autora, quien sólo conozca sus datos más revelantes, que es mi caso, podría ingenuamente ver en este texto narrativo una autobiografía disfrazada de novela. Esto podría ser fácil de confirmar, bastaría con observar a ciertos personajes de la Ciudad de León de los Caballeros, que a pesar de aparecer con otros nombres, pueden ser reconocidos en la novela.
¿Tiene alguna gracia literaria escribir la propia historia? Esta es la pregunta que no quise contestar a la ligera y que espero hacerlo, con objetiva prudencia, en este escrito.
El merito de una buena novela no estriba ni en el tema ni en lo extraordinario de sus personajes; una excelente novela tiene un exquisito lenguaje. Una palabra tras otra palabra, una oración tomada de la mano con otra oración, un párrafo escoltando a otro. El desfile, alegórico o marcial, de las páginas. Eso que mantiene al lector conectado al libro desde su inicio hasta su final. Eso es una buena novela.
“Siento secarme como un arbolito florecido, al cual van cortando sus únicas flores…Y el corazón se hace loco y palpita desbocado, más aún que cuando conoció la muerte con la anciana Lois. Mi corazón está…está… ¿cómo puedo decir que está mi corazón.”
El lenguaje en una novela permite filosofar o erigir metáforas, y siempre contando una historia unida por su hilo conductor que, por esas maravillas del mismo lenguaje, puede tener una interpretación para el autor y otra por cada lector fascinado y atrapado. Gloria Elena tiene esa facultad. Y no es de gratis. Tengo entendido que es una escritora con todas las de la ley, entregada al oficio de leer, tachar y escribir. ¡Como si fuese una jornada laboral diaria de cualquier oficinista! No es por lisonja que puedo afirmar que esta túnica no es una mera bata de enfermo, es una capa de mago bueno.
“¡Qué problema el de la vida! El hombre a lo mejor no se da cuenta de la necesidad de la muerte, jejeje…sigue buscando el elixir de la juventud.”
Hay en Túnica de lobos una cosmovisión que dilucida sobre el dolor, una especie de filosofía del pesar. ¿Qué hacer cuándo estamos separados de los seres queridos por grandes distancias geográficas? ¿Cuándo la pobreza y la injusticia hincan sus espuelas en nuestros lomos y estómago? ¿Cuándo ya no sabemos comunicarnos? ¿Qué hacer cuándo la enfermedad toca la puerta, no le abrimos y no tiene la cortesía de aceptar retirarse en buena lid?
“…Entonces no puedo ser feliz… Pero tampoco podés arreglar el mundo María Esperanza. Sí, no puedo arreglar el mundo… ¿Qué puedo hacer? tan sólo orar… y buscarme.”
Si bien es cierto la narradora, que no es la autora, monologa con ella misma, más cierto es que el lector queda atrapado en esa continuidad de voces trocándose en dialogante obligado. La novela deja claro que ellas, sus palabras, no están para servir de catarsis a nadie, sino para ennoblecer con su aliento de humanidad, a nosotros, los que nos topamos con su lectura.
Al regalarnos esa cadena de palabras, la narradora termina dialogando con nosotros y nos da la señal de alerta: hay un laberinto donde cualquiera se puede perder, basta equivocarse en presencia del dolor. Al ir leyendo fui recordando dolores que nada tienen que ver con enfermedades inmunológicas, pero que si van minando poco a poco el cuerpo, el ánimo, el alma.
“¿Acaso tenemos el dolor por causa de nuestro pecado? No, el dolor es propio del mundo, sin dolor el mundo sería cielo y es mundo, María.”
El mundo es mundo y no es cielo porque el dolor existe; nosotros estamos en el mundo y el dolor puede estar en nosotros, ¿qué hacer? Dice la narradora: buscarme. ¿Buscarse? ¡Sí! ¿Y eso aplaca el dolor? ¡No! Pero nos hace estar concientes de algo importante: aún en medio del más fiero de los padecimientos estamos vivos y mientras lo estemos tenemos la opción de no rendirnos, de luchar. Buscarnos y encontrarnos y entender que en medio de la soledad y el silencio impuestos por el sufrimiento, el amor respira. Todos sufrimos, todos hacemos sufrir a otros. Todos decimos que deseamos amar. ¿Eso es verdad? ¿Queremos vivir sin dolor o amar?
“¿He entendido la vida? ¿Me he ocupado de vivirla, de sufrirla, de preocuparme, de volver al pasado, de promoverme, de tener la aprobación de todos? ¿Y mi aprobación? ¿Aprobada en qué? En amor debería ser… ¡Cuánta soledad!”
Quien se busca, quien se busca en medio del dolor, quien se busca y se encuentra, se sabe vivo. Y la vida sólo es vida en la conciencia de su final. Hoy es el día de quien está conciente de la certeza de su muerte. Hoy es el día de ver el dolor que sufre el otro y solidarizarse con él. Hoy es el día de dejar que ¿el otro vea mi dolor?
“…A veces es doloroso pensar…es mejor escuchar al universo. El espíritu siempre quiere trascender a Dios, por eso no hay felicidad completa antes de la muerte. ¿Por qué debo referirme a la muerte?... es parte de la vida, ¿no?”
¿Tiene alguna gracia literaria escribir la propia historia? En este caso no lo sé y no lo sé porque Túnica de lobos va más allá de la memoria de la autora. Esta novela presenta diversas causas del dolor y sus diversos planos: la enfermedad individual, la separación familiar, la pobreza nacional, el universal flagelo de la guerra. Y sobre todo, esta novela reflexiona sobre como seguir siendo humanos frente a todo ese sufrir. ¿Cómo? Buscando, buscándose; sin dejar de ver al afligido, sin dejar de ser solidarios, disfrutando lo que se tiene. Ese instante sin dolor.
“Somos efímeros y dentro del corto tiempo tenemos felicidad y sufrimiento. Vemos como castigo al dolor, la enfermedad y la ruina. Practicamos la religión aplicándonos arbitrarios significados de premios y castigo; por eso no encontramos el verdadero amor, la verdadera fe, el disfrute del trabajo, el empeño en algo.”
Túnica de lobos no es un simple testimonio, es una novela. Ahora otro punto. Gracias a la pausa otorgada por la paciencia necesaria, por la que opté para contestar mi primera inquietud, descubrí otra pregunta. ¿Qué es ese libro de páginas sin escribir que tanto menciona la narradora?
Antes de responder, un paréntesis. En esta novela abundan los regionalismos nicaragüenses; sin embargo, los entendí sin saber a ciencia cierta su significado. ¿Por qué? Porque están contextualizados, porque sus palabras vecinas les dan sentido. Por ejemplo, perrozompopo, dinosaurio, insectos. ¡Ah! Lagartijas; por cierto, en Panamá las llamamos limpiacasas. Un glosario hubiese sobrado. Ahora sí, ha contestarme.
En las buenas novelas no hay accidentes. Sus elementos (acción, personajes, ambiente) en conjunto nos conducen a través del universo creado por el autor. Las distracciones gratuitas no son propias de la gran literatura. María Esperanza menciona reiteradamente su libro. Túnica de lobos apunta a la gran literatura, así que t Túnica de lobos tal libro no puede ser un percance. Si el lobo y sus aullidos son el dolor que se acerca y que finalmente llega, ¿qué es el libro? ¿Un llamado de atención?
“¿Hay frío en la eternidad? La eternidad es hoy, ahora…”
Dice la narradora que en su libro, que no es su diario, están sus seres queridos. No afirma que se encuentran sus recuerdos, sino que ellos están. Hace unos años le dije a un amigo, después que él me diese la noticia del Alzheimer de su progenitor, que lo que el guardaba de su padre en su corazón, también era su papá. ¿Somos lo que pensamos? ¿Lo que sentimos? Las huellas que dejan en nuestro ser las vivencias llegan a tener vida propia, más si son compartidas con nuestros seres queridos. Una suma de memorias, experiencias, expectativas, ¿eso somos? El susodicho libro absorbe las ideas de María Esperanza, la narradora, se empapa de su ser y no dice nada, sólo retazos, fragmentos. No hay nada y hay todo en ese  libro. ¿Qué será?
“Una mirada es una historia… Una mirada puede imprimirse para siempre, no como un retrato, sino viva como si estuviera viendo. Una mirada da sentido a la vida. Acaso es lo único que se puede atesorar al final de la existencia de un ser querido, aquella mirada impregnada en nuestros ojos para siempre… para siempre… para siempre…"
Si la narradora propone buscarse, ¿será que el libro es el lugar donde hay que buscarse? ¿Lugar o actitud? ¿Actitud u oficio? ¿Será el libro el oficio de auto conocerse? ¿De construirse? ¿Será que María Esperanza, la narradora, escribe en el libro, su libro que no es un diario, las palabras necesarias para rehabilitar lo trastornado en ella por los colmillos del lobo?
“Voy a escribir a como sea en mi libro… Ahora voy a dibujar una pirámide… explayo mi alma y encierro la pirámide entre una esfera que da vueltas… Y ahora te pregunto, libro: ¿quién puede ver la pirámide. El desvelo me hace estragos. Helena me ve triste en el comedor y me invita a su dormitorio. Siempre nos ha gustado platicar, unas veces en serio y otras en guasa.”
María Esperanza, la narradora, contesta nuestras inquietudes con preguntas y reflexiones, con estampas de humanidad y ternura y todo a pesar de los aullidos del lobo, los aguijones del dolor. María crece en conocimiento sobre ella y su propia familia. Y nosotros crecemos con ella.
“Me gusta leer entre líneas el libro de la vida.”
María Teresa aprende, a la mala, que a veces hay que leer literalmente; el dolor, nuestro dolor, también es el dolor de quienes nos aman y por más buenas que sean nuestras intenciones al mantener en secreto nuestro sufrir, no podemos evitar que el dolor, nuestro dolor, los alcance. Amor también es compartir los propios dolores. Es decir, ser solidario también es aceptar la solidaridad del otro. El libro, nuestro libro, también es el libro de ellos.
“Mi libro es como mi conciencia, mi propia vida, la que no se dice con palabras, la que no se puede traducir.”
 El libro, el libro de María Esperanza de Martínez, la narradora, ¿en qué idioma está escrito? ¿Qué es aquello que no es tan difícil comprender y hacer entender? El libro de María Esperanza sólo se puede traducir en vida. En vida compartida. Amor.
“…No…no lo puedo creer, lo estoy pensando pero es falso, absurdo, tenebroso; casi un sacrilegio en contra del amor por mi familia. Yo comprendí que el amor es darse. En este caso darme es ocultarme, cual un adefesio en la cueva de la noche, en la túnica del disimulo, en mi grito mudo; pero ya no lo puedo ocultar, ya no puedo…”
Y la vida tiene alegrías y tiene dolores. ¡Qué bonito compartir las alegrías! Pero jamás los dolores, si acaso cuando el otro es el sufriente. Arrogancia del que se cree invulnerable. Miedo del que niega la propia fragilidad. Somos enérgicos y también somos lánguidos, la montaña y el valle. Cuando somos fuertes protegemos al amado, ¿y cuándo somos débiles? ¿Qué?
“Es necesario compartir el dolor con mi familia. ¿Por qué lo oculté tanto? Pensé que era pasajero, quise evitarles sufrimiento. Y, no. Es bueno conocer el sufrimiento como parte de la vida. Nadie se escapa de la muerte ni del sufrimiento y hay que enseñar a soportarlo, a ofrecerlo y sobre todo, a vivirlo.”
Este artículo termina con palabras de la propia narradora. Antes de cederle el turno reitero el punto inicial: Túnica de lobos no es un mero texto testimonial, es mucho más que memoria y calco de la realidad, es una obra rica en recursos literarios, tanto narrativos como poéticos, que tejen el manto que envuelve al lector de inicio a fin. Por eso es una novela y es una buena novela por el buen uso y manejo de tales recursos literarios. Además, nos regala reflexiones sobre la vida, el amor, el dolor y la muerte. ¿Acaso no son estos los temas que tanto nos afligen? Y la buena literatura nos conmueve, ¿verdad? Ahora, pues, las palabras, bellas y fieras, de María Esperanza de Martínez, la narradora, y agradecemos a Gloria Elena Espinoza de Tercero, la autora, el haber creado a tan humano personaje:
“Desearía apuntar en mi libro, para recordar los instantes fértiles de la vida, cuando el dolor de otro se hace propio”.